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viernes, 22 de junio de 2012

Quid pro quo


“La bebida mitiga la sed,
la comida calma el hambre,
pero no existe oro suficiente
con que aplacar la avaricia.”
(Plutarco)

“Es la necesidad de muchos
lo que mueve la insaciable codicia
de unos pocos.”
(Eduardo Galeano)





Todo el mundo teme aquello que desconoce. Por eso, quienes adquieren poder sin legitimidad para ello, lo que más temen no son los riesgos que podrían correr los valientes por amor a la libertad, ni el ejemplo de los justos que podría arrastrar a las masas en su contra, sino la virtud de los sabios, que les recuerda lo que son, aunque no saben cómo.
La virtud recuerda a los tiranos de medio pelo, incluso a esos macro tiranos que ahora llamamos “mercados” por su capacidad para “comprar deuda” de países y continentes, por “interés” (la dichosa prima de riesgo) que compensa psicológicamente al prestamista de no recuperar nunca su “tesssoooro”, les recuerda digo, de dónde obtuvieron su “capacidad inversora previa” y el alto precio que tuvieron que pagar, ya que tuvo que salir fiduciaria su Alma.

Día tras día, operación tras operación, negocio tras negocio, tratan de borrar la huella de “su primer golpe”, el día que traspasaron la barrera inhumana y no pudieron ya regresar. El sabio les recuerda “su deuda” y actúa como incómodo testigo de un pasado que, al ser revisitado, incomoda sus “fastos inversores” y les resta algún brillo. Pocos griegos saben que el Euro, antes de ser monetario logo fue una letra mágica de su prodigioso alfabeto. Estas cosas siempre se van olvidando, con "el paso" del tiempo.





Todos sabemos que para adquirir una compra a menor precio del nominalmente previsto, resulta pero que muy conveniente desprestigiar el servicio que se espera disfrutar o el bien mueble o inmueble que se busca adquirir, en el turbio casino de la oferta u la demanda. Si no, que se lo digan al “huésped” que lleva suficientes milenios a sus “curiosas bajas espaldas” tratando de desprestigiar y minusvalorar, hasta la saciedad, la importancia de aquello con lo que trafica y es su vital sustento: el Alma humana.

Ha tenido tanto éxito en su intensa campaña de desprestigio, que las actuales generaciones ya la regalan, pues ni siquiera creen que algo así exista. Al ser formados en su mayoría en escuelas laicas, saben por los grandes divulgadores de la ciencia de vanguardia, que si, tras el ominoso pacto, aún conservas el cerebro en su sitio, no has perdido nada de importancia. Los de escuelas aún religiosas, necesitan mejores ofertas. Al ser mucho más astutos, piensan: ¡nadie da “algo” por nada! Mi padre (q.e.p.d) sostenía con convicción aquella máxima popular que afirma que "para follar, con putas; para beber, borrachos". No se debe escatimar nunca la calidad de los buenos profesionales.


Como sostenía Homero, por boca de dos ancianos asomados a la muralla, "una mujer como esa (Helena de Troya) bien vale una guerra." Y añadió raudo Goethe por boca de su Fausto: "Y un buen pacto, un buen pacto". Cosas del quid pro quo y la deuda soberana. ¿Qué sabe la prima de riesgo de "ofensas" y padresnuestros? A ella solo le "interesan" los pactos, las deudas... No nos dejes caer en la tentación, et libera nos ab malo. AMEN.




miércoles, 20 de junio de 2012

¿Truco o trato?

"El lenguaje político está diseñado
para que las mentiras parezcan verdades,
el asesinato una acción noble
y el viento algo consistente"
(Eric Arthur Blair, 1945)

"En esta época de desasosiego y pobreza,
apostar por decir la verdad es el acto revolucionario
y querer ver lo que tenemos delante de los ojos
requiere de un esfuerzo de honestidad constante."
(Félix Rodrigo Mora, 2012)




Todas las sociedades, orientales u occidentales, saben que el único modo de poder sobrevivir es tener a sus respectivas poblaciones engañadas mediante un hábil truco: la hipnosis social[1]. A través de estructuras que se amparan en criterios arbitrarios de reparto de poder, pero se sustentan bajo el subterfugio de tan grandes como ficticios principios “éticos”, mantienen el orden, esto es, perpetúan cómodamente y a conveniencia los distintos sistemas de dominación.

La gran habilidad de las escuelas esotéricas siempre ha consistido en desvelar el “truco social” a ciertos sujetos y que estos mantuvieran –a cambio- el juego, como si nada hubiera ocurrido. Esto es, crear una legión de grandes sujetos éticos (ordenados) sin la necesidad de sostener ningún tipo de infierno, purgatorio, institución penitenciaria o subterfugio kármico: esos son los verdaderos "maestros a sueldo”.


Como señaló George Orwell[2], todos los sistemas necesitan de enemigos (amigos) que les ayuden a “recortar” el pastel poblacional cuando este adquiere un tamaño un tanto desmesurado: la guerra entonces, está servida a conveniencia de ambas partes, que alimentarán odios y miedos ancestrales al “enemigo” (amigo) para con ello ir tirando unas décadas más.


¿Pero quién está detrás de toda esta macro-operación? Existe alguna entidad pre-hipnotizadora escondida tras el hipnotizador social de cada macro-territorio, que perversamente disfruta de la “Alianza de Civilizaciones para mantener esas Guerras Periódicas mutuamente rentables” para ambas partes. ¿Quién se halla tras esta suerte de macro-timo cósmico?


Ha llegado la hora de disipar la niebla. Ese el objetivo que persigue esta obra. Desenmascarar al artífice de la upâya[3], de la estrategia general que mueve el mundo desde dentro de nosotros mismos, que dirige el guión de pastores, lobos y ovejas, que mantiene el artificio y el engaño, generación tras generación. Quién más se divierte con todo esto. Vamos a ponerle un nombre, aunque sea provisional. Vamos a referirnos a “ello”, ya que no es humano, aunque sí inteligente, con una etiqueta cortés, protocolaria, que lo traiga a la luz y lo otorgue existencia: “el huésped”.




[1] El término pertenece a Allan Watts, El Gran Juego, Kairós, 1993


[2] Pseudónimo del periodista Eric Arthur Blair, que escribió 1984 (en 1949) y Rebelión en la Granja (cuatro años antes).


[3] Término sánscrito que significa “treta”, “medio hábil” para conseguir un fin… como el “trick o treat” de Halloween para hacerse con un gran botín de dulces y golosinas.

lunes, 18 de junio de 2012

Ne scire


“Recién despierta, no puede mirar del todo las cosas brillantes.
 Hay que acostumbrar, pues, al Alma a mirar por sí misma.
 (Plotino, Eneádas I, 10)

“La alegría perfecta excluye el sentimiento mismo de la alegría,
pues en el Alma colmada por el objeto
no hay rincón disponible para decir: yo"
(Simone Weil)







Una ciencia que preferencia lo aparente frente a lo real, que confunde sensible con sentido, magnitud con medida y correlación con control, no puede ser sino tachada de alucinatoria. Sólo bajo un estado de conciencia delirante puede llegar a creerse la falacia que dependencia tecnológica y potencial humano son conceptos ligados, un espejismo materialista del que ya hicieron gala estoicos y epicúreos, incapaces de asimilar la identidad entre incorpóreo y real, que la forma provenga de lo informe, y el acto de la vacua potencia. Parece de sentido común la precedencia lógica entre inteligencia y materia. Pero el sentido común no abunda tanto como pretenden hacernos creer las herramientas “estadísticas”, tan infectadas de medias, modas y perversiones típicas como pueblan –metastizan- el cáncer terminal del Estado.


La conciencia creadora ha de ser necesariamente anterior al Universo creado. La conciencia de lo creado, parte necesaria de este creado Universo, guarda una mayor proximidad a la fuente. Antes y después, causa y causado, espacio y tiempo en su idéntica relatividad se reúnen, toda vez que sepas verlo con claridad. No te obstines en el “ne scire” de los necios. Deja que la verdad abra tu mente, para que puedas así verla “cara a cara”. El espacio imaginal carece de espacio y, por ende, de tiempo. ¿Dónde y en qué momento cabría la osadía de tratar situarlo? ¿Cómo hablar de aquello que precede a todo “discurso” y es además su fuente? No se puede hablar del Alma, cuando no es sino ella quien habla, previa al logos, tras la palabra.


No le perdonaron a Sócrates el agravio comparativo de su lucidez, los que presumían de saber, y en el ágora se ponía de manifiesto que no sabían tanto. ¿Cómo entonces justificar las abundantes dracmas con que habían de dotarse los pingües salarios? Difícilmente. No creo en la ciencia que se utiliza para recortar los presupuestos de una ciencia en la que tampoco creo. Perdónenme: soy bastante escéptico. Y al serlo, “creo” estar en lo cierto. Tropel enajenado que dicen actuar y “recortar” enarbolando la razón. Psicópatas deshumanizados abducidos por el “ajuste presupuestario”, que llaman a la codicia “inversión” y a la usura “deuda honesta”: ¿A qué esperan? ¡salgan corriendo! ¿No han tenido ya suficiente Circe y sobredosis de Calipso?




miércoles, 1 de febrero de 2012

Apocalípticos e Integrados

“Desventurados aquellos que invocan un ídolo
y son escuchados. Pierden su pro­pia conciencia,
porque no pueden creer ya que serán escuchados
por sí mismos”
(Gustav Meyrink, El ángel de la venta­na de Occidente, 1927)


“Se alzó un clamoroso y penetrante sonido
brotando de su boca,
haciendo reventar nuestra masa de eter
en una intensa llama roja sin nombre,
tan brillante como abrasadora.
Así acabó todo”
(Edgard Allan Poe, Diálogo entre Eiros y Charmión, 1839)




Las últimas producciones de la factoría Hollywood han demostrado que la ficción apocalíptica es rentable, ya que, muy por encima de la tragedia colectiva, supone nuestra extinción individual, que es la que, en último término, más nos preocupa. Así, al menos, nos consolamos acudiendo como espectadores de primera fila a un espectáculo que no queremos perdernos. ¡Qué lejos estamos de tratar de alcanzar esa comunión espiritual íntima con la destrucción absoluta, capaz de revelarnos la Verdad que somos![1]
En 1965 mi admirado piamontés creo una suerte de falsa dicotomía en la que situar al género humano o en la que dejar a cada ser humano situarse a su plena conveniencia: los apocalípticos y los integrados.
Por apocalíticos nuestro semiólogo entiende aquella categoría de seres humanos pesimistas, no tanto a cerca de su propia condición como hacia la de sus semejantes, a los que considerarían aferrados a la nostalgia de un tiempo que ya nunca habrá de volver.
Los integrados, mucho más optimistas o ingenuos, serían los que identifican futuro y progreso humano.
Nosotros vamos a tratar de trastocar dicho tendencioso campo de significacias, por otro tanto o más tendencioso si cabe, pero mucho más de nuestro gusto, conservando, eso sí, idéntica terminología de la que nos hacemos eco, en esta ocasión.
En nuestra realidad-tunel actual, podemos encuadrar en la categoría de apocalípticos a los que saben que lo único capaz de derrotar la dominación del “dragón” es la verdad. La revolución es, pues, una batalla por y para lograr que la verdad triunfe sobre la hipnosis.
Integrados son ahora -en nuestro particular modelo- todos aquellos que consideran al dragón prácticamente inderrotable y por ello optan por situarse estratégicamente en las concurridas cercanías de su venenoso pezón, sabedores de que “más vale joder que ser jodidos” o, en un tono quizá algo más conciliador, aquello de “el primero, capador”.  Ellos -los integrados- son los que sostienen, defienden y alimentan, “algo menos” hipnotizados que el resto, la hipnosis del dragón. Vamos, los más interesados en que la bestia se perpetue y funcione, ad eternum.
Queda pues por dilucidar lo que el dragón representa. Y para ello, nada mejor que beber de los clásicos. En este caso, de Homero, quien nos representa al dragón en todas sus posibilidades bajo la forma de la bella hija del Titan Atlas, que reinaba en la también hermosa isla de Ogigia, y de la que ya tuvimos buena ocasión de explayarnos en otro lugar.