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viernes, 7 de junio de 2013

Poimên

“Saldremos a la viña, casi al amanecer
y, si brotó ya la vid y floreció el granado,
tendrás entonces mis amores.
La mandrágora exhala su dulce cautivador aroma.
Bajo nuestro dintel, hermosa resplandece
la fruta joven y la madura que para ti, 
amado mío, con tanto celo he guardado.”
(Shir Hashirim 7, 12-13)

“Al respirar, pon atención.”
(Terence McKenna)




Todo sacramento, siempre y cuando no albergue en sí el señuelo de la inerte impostura, ofrece, a quienes -osados- participan virginalmente de él, una ampliación de conciencia tal que muestra límpido el cielo y hace resplandecer a las diminutas estrellas como soles brutales.  Esta ampliación de conciencia resulta tan vital y necesaria para la entera humanidad que todas las culturas, sin excepción, conocen su cultivo, recolecta y meticulosa preparación. Sin los sacramentos, cada ser humano permanecerá así disminuido, atrofiado, aborregado, a merced de otros tóxicos subyugadores y, por ende, mucho más rentables al vigente sistema de dominación, que termina pues manejando (administrando) todo aquello que, lejos de liberar, "engancha".

La sabia maniobra del siglo quiere así destruir, a toda costa, el campo semántico del entheógeno, para que dichas sustancias, de origen animal, vegetal y mineral, queden ahora reducidas únicamente al ámbito químico y farmacológico de la mera alucinación recreacional, debidamente incentivado y promovido, eso sí, al encontrarse -por ley- fuera de ella. Perversa confusión… perversa intoxicación. Perversa estrategia.




Nada como salir en pos del trébole, arropado por los tuyos, allí donde la naturaleza aún se abre generosa a cuantos hombres y mujeres perciben el poder y la sabiduría que se esconde tras cada detalle aparentemente insignificante, para quienes, conocedores que desaparecen en lo conocido, se aúnan en un impersonal conocer, en un proceso interactuante sin dueño ni esclavo, llovizna suave y salutífera que tiernamente hace posible -y prosperar- el oro de una vida vivida desde lo real: la atención.


¿Conseguí tu atención? Ya puedes seguir, entonces, dilapidándola a raudales en tu compulsivo y adictivo zapping preferido: ¿Qué será lo siguiente? ¿Qué será lo siguiente? ¿Qué será lo siguiente? Vivimos en el vértigo, el tiempo de la supercomputación cuántica. Un tiempo en el que todas las cosas, también tú, también yo, suceden (sucedemos) simultáneamente. Si aún no crees lo que te digo, tan sólo presta atención. (¡Y no te distraigas!)




miércoles, 24 de octubre de 2012

El encinar de Mamré

"El sentido de las corrientes o fuerza electromotriz es tal
que se opone siempre a la causa que la produce,
o sea, a la variación del flujo"
(Heinrich Friedich Emil Lenz, 1833)
 
"Yo dormía, pero mi Corazón velaba."
(Shir HaShirim 5, 2)
 
"...Y, en su momento, habrés de retornar todos a vuestro Sustentador:
y entonces Él os hará entender realmente todo aquello en lo que solíais diferir."
(Qurân 6, 164. El Ganado)

 
 
 
 
No es la primera vez que reconozco que en mi vida, como en la de cualquier otro ser humano, hay sombras porque hay luces: Solve et coagula. En el entorno de la Medina de la Alhambra, próxima a la Medina de Granada, se encuentra situada la Huerta del Arquitecto (Yannat al-Arif), los jardines del "Conocimiento" cuya arquitectura sutil de plantas, flores y agua fue construida y levantada justamente para poder meditar en serio sobre el Conocimiento, para llegar a alcanzar los más elevados estados del Alma humana contemplando la Belleza. En ellos se encuentra uno de mis rincones favoritos. Cuando atravesando un umbral custodiado por leones se asciende la "Escalera del Agua" para llegar a los Altos Palacios, sube como fuego bajo una bóveda natural de laureles lo que más tarde habrá de descender necesariamente en disolución. Una vez más: Solve et coagula.
 
 
 
Parece que –de alguna manera- el Eterno exalta la necesidad de hacerse con el Conocimiento mediante una vida que nos es entregada como privilegiado proceso de búsqueda y aprendizaje. Basta con levantar la mirada al cielo para admirarse con la extraordinaria variedad y riqueza de reclamos que nos salen al paso, en los ritmos y cambios constantes que ofrece la naturaleza, en el orden implícito que gobierna a las especies de los distintos reinos (incluido el humano), los misterios del Alma y su secreta estructura, los ocultos accesos que dan acceso al ámbito Superior desde el ámbito interior… las huellas sutiles y preciosos vestigios que dejaron a modo de guía cuantos nos precedieron en el Camino, Camino que sólo se conoce por experiencia directa, recorriéndolo paso a paso y no –como piensan muchos- hablando. Cuando se mira bien, y no desde la desatención y distracción más irredentas, todo –incluso nuestra propia mirada- nos habla de Él. Lo demás: soberbia o –lo que no es sino otra variedad de lo mismo- ignorancia.


Como cualquier texto sagrado, el libro de nuestra existencia requiere de su correspondiente exégesis, de su adecuada hermenéutica, para poder ser comprendido y asumido como Dharma propio. Llegar a entender la lengua única de los acontecimientos exige de quien ose atreverse a ello una preparación especial; el poder llegar a dominar el complejo vocabulario de la Realidad y sus apariencias, conseguir aproximarse a los posibles significados de sus variopintas e impermanentes formas, requiere de una sofisticada técnica no al alcance de cualquiera, se trata de un verdadero Arte. Negro sobre blanco, aquí cuenta cada letra, cada signo de puntuación, donde cada pausa, cada rasgo caligráfico, cada énfasis teje y desteje el sentido (o sinsentido) de toda una vida, de todo un encadenamiento de muertes y vidas.
 
 
 
 
 
Cada creador es dueño y señor de toda su creación, y es a través de su poder creador como a cada instante la destruye y recrea. Creaturas creadas para crear, al fin y al cabo, es así como creamos y recreamos constantemente la historia de nuestra vida. Guiada por el pulso efímero de nuestras emociones y demonios, nos debatimos entre los errores del pasado y los miedos futuros, sin saber muy bien quién o qué somos, surcando mares previstos, adentrándonos de cuando en cuando por sendas inesperadas, y a veces (tantas) huyendo, siempre en busca de nosotros mismos. Hasta ese día en que el destino nos fuerza al reencuentro con el instante presente y crucial, allí donde a cada momento decidimos entre la encrucijada de ser (y regresar) o no ser y permanecer (un tanto más, un rato más, quizá otro año, otra existencia…) en el confortable extravío, allí donde al menos las máscaras son visibles y no nos resultan totalmente irreconocibles, diríase que hasta ciertamente familiares, donde la vida transcurre aparentemente sosegada entre esto y aquello, mecidos en la calma de la vorágine predecible y cotidiana… hasta que llega y nos asalta a traición ese temido reencuentro del que no sabremos a ciencia cierta hasta cuándo seremos capaces otra vez (la definitiva) de zafarnos.
 
 
 
Ya nadie sacia su sed nocturna bebiendo del Alf Layla wa-Layla. Los nómadas dejaron de contar cuentos cuando se mudaron al la ciudad. Con tanto blog, tanto facebook y tanto twiter ya nadie tiene tiempo para nada ¿Qué será entonces de los hakawati, de los hlykia, de los fellah menghu? ¿Dónde irá a parar toda su valiosa enseñanza? ¿Qué será del poderoso rocío? ¿Qué será del canto de aquellos que anhelan liberar su pena?


Continuamente regresamos a nuestro afán egoico de control como quien levanta un castillo de naipes. Pero tarde o temprano, es necesario e inevitable un nuevo encuentro con la Verdad que nos ocasionará a un tiempo un dolor inexorable así como un incontenible anhelo de vida. No hay otra manera. Tiene que ser así.

 
 
 
Ya no quedan jóvenes aprendices que se atrevan a aprender el arte tradicional de conducir la orquesta mediante la virtud del gesto y, tras agarrar la batuta mágica y adoptar el orden inicial, batir la anacrusa y re-crear el mundo y sus pulsos esenciales a través de la plomada, el triángulo o la cruz. Sólo nos cabe sentarnos al rescoldo del fuego en este otoño cansado y recordar el dulzor de los días agrestes.

El mensajero, grato. La noticia, buena. Retorna el corazón al que retorna la alegría. El nafs-i-ammara captor ha sido, al fin, muy a su pesar y por contra, cautivo y desarmado. Ojalá que no perdamos nunca esta alegría que nace de la bienaventuranza. La libertad recién estrenada nos descubre mucho más ligeros, y nos deja solazarnos en el gozo y la sorpresa de esta nueva mirada, que ve con cariño las debilidades y miserias humanas y sabe reírse de ellas, especialmente de las propias, lejos de sarcasmo. Saberse tan pequeño, esa es su grandeza. Eco sonríe con ternura, y su sonrisa nos trae de regreso y nos rescata. Al fin jugamos en serio. Y es tan divertido. Tan fácil, tan cerca. Y yo que me sentía tan importante.
 
 
 
 

domingo, 2 de septiembre de 2012

Keter Elión


“Así, al ocultar tu rostro,
también nos salvas.”
(Isaías 45, 15)

 




Así como nosotros ocultamos nuestro quehacer visceral bajo el saco epidérmico, y este último aparece protegido del pudor y los rigores invernales bajo varias capas sucesivas de mudas, atuendos, mandiles, galones e insignias, de igual forma el núcleo esencial de la realidad se oculta en la condensación jerarquizada de los mundos en sucesivas miríadas de planos y formas que muestran su rostro público a la mirada extraña. No los necesita la mirada íntima, que sabe cuanto se oculta bajo ese universal manto y conoce la estructura y sus entrañas.

 
Ni siquiera los amantes penetran los húmedos y oscuros recodos perfumados de la epidermis, abiertos tan sólo a la mirada experta y benefactora del cirujano o a la más aséptica del forense, aquietado el cuerpo, ya sin pasión, por la anestesia latente o definitivamente detenido por la muerte. No basta la perspectiva anatómica, hace falta vivir en el cuerpo, habitarlo durante el breve lapso de una vida, para saber qué alma guarda dentro y lo permea todo. Igual ocurre con el Anima Mundi, campo escalar que misterioso impregna el conjunto de universos.


Pero de los diferentes tipos de potencias o facultades y vitalidades contenidas en la esencia intrínseca del alma entera, cada uno de los órganos del cuerpo recibe el poder y la vitalidad asignada a éste conforme su capacidad y carácter — el ojo para ver, el oído para escuchar, la boca para hablar, etc. Así, la manera en que los diversos órganos corporales expresan y manifiestan facultades diferentes no se debe a un alma diferente, o parte del alma, inherente en ellos, sino que dependen de ella merced a su propia capacidad y composición diferente, igual que la luz, sin perder su propia esencia clara y lúcida, ilumina de un modo distinto las diversas estancias ocultas y escondidas de una casa.

 

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sábado, 18 de agosto de 2012

Lunáticos


“El rezo que espera al sol
es diferente cada mañana.”
(Néfesh Ha’jaim)

“Cuando me levanté para abrir al amado,
ya se había ido.”
(Shir Ha’shirim 5, 6)



Son muchos los que, al considerarla una entelequia, se resisten a creer que alma humana (su alma) cabalga sobre las onduladas olas del tiempo. Así, cuando ésta se halla en la cresta, besa y es besada por el cielo. Más adelante siente, en su descenso, el dolor de la pérdida de su amado. En la base, tocando tierra, sólo queda el consuelo del recuerdo y nostalgia, y un ardiente deseo de volver a remontar. Estos estados descendentes y ascendentes los experimenta el alma de manera recurrente a lo largo del año en momentos muy precisos, tan precisos que podría decirse que poseen una “exactitud lunar”.



Podría incluso establecerse una equiparación entre la “cresta” y el plenilunio, la “caída” y el cuarto menguante, la “nostalgia” y el periodo “sin luna” (luna nueva), y finalmente, entre el anhelo del reencuentro y la “creciente”. Esta montaña rusa anual presenta trece hitos que siempre comienzan en la “primera luna llena de primavera”. Somos, pues, almas lunáticas, atrapadas la cárcel de un trayecto solar. Cárcel que, una vez que se conoce bien, inmediatamente (ipso facto) deja de serlo.



Pese a lo que muchos piensan, el alma humana no es uniforme. Posee cualidades, matices diferenciados. Todos estos matices están sujetos a la triple recurrencia lunar. Es necesario pues un reseteo inicial de estos cuatro matices (en distintos momentos del año): fase mutable. Es necesario que aparezca una clara intencionalidad en cada uno de ellos (también en distintos momentos del año): fase cardinal. Y es necesario (una vez más, en momentos del año distintos) que se intensifique dicha intencionalidad de manera focalizada: fase fija. Sólo resta por desvelar cuáles son esos cuatro matices del alma humana: su bios terrestre, su pathos acuático, su thymos ígneo y su pneuma aéreo.



La clave está en hacer trabajar -a cada instante (ya que cada instante requiere su trabajo específico)- todos estos matices como una sola unidad, y luego juntarse (ser uno) con otros capaces de hacer lo mismo en un solo pulso. Las mismas palabras tendrán mañana un efecto completamente nuevo. El instante no es mero escenario pasivo sino, muy al contrario, nuestro más valioso capital; nuestra vida misma. Vamos, todo es cuestión de relajarse primero (agua lustral), y luego sólo poner un poquito de atención e intención perseverante. Si no eres alguien desalmado, no pierdas la oportunidad… ¿Hace falta decirte más?




martes, 5 de junio de 2012

La septima "jotarnot"

"Quizá no te de tiempo a ver el resultado.
Quizá esté más allá de lo que ahora eres capaz.
Lo que importa es la acción:
haz lo que debes."
(Mohandas Karamchard Gandhi)

"Hace días que no sé cuántos días hace.
Hace días que me digo... mañana
y espero."
(Joan Manuel Serrat, Helena)




A la mayor parte de los arquitectos de este mundo les desagrada que los forasteros entren, como Pedro, por su casa, sin pedir permiso. Así establecen numerosos cercos de seguridad, a distintos niveles. No cabe atribuir a la paranoia tal actitud de desconfianza. Antes bien, parece legítimo dicho deseo de preservar, junto con la del habitáculo, su intimidad.
El uso de Internet y de cajeros automáticos nos tiene bien acostumbrados al uso de claves y contraseñas. La criptografía actual es una disciplina emergente, no sólo al alcance de los servicios de inteligencia estatales o transnacionales. La seguridad nos parece a todos un asunto de lo más prioritario.



Como bien nos recuerda el Cantar de los Cantares, la inefable experiencia de entrar en los aposentos de palacio es un asunto reservado para pocas y, no digamos, pocos. Con lo fácil que resulta confundir el mármol con el agua, lo más probable es que muchos aventurados viajeros terminen su odisea con el culo al aire o, lo que no se sabe si es peor, consumidos por el purificador fuego.

Sin desdeñar la innegable utilidad de nombres, himnos, lemas, pases, contraseñas, passwords, keywods, logins, llaves, ganzúas, sigilos, consignas, marcas, oraciones, jaculatorias, sellos, salvoconductos, licencias, patentes, combinaciones y permutaciones imposibles, y demás santos y señas, la pureza de corazón es la clave maestra que otorga el valor necesario para afrontar con total éxito todas las pruebas, incluida la laberíntica escitala espartana de Ulam. Los demás habrán de contentarse con el resplandor del Rostro (Sar ha-anim), allí donde no valen tanques, misiles crucero ni palancas. Sólo quien regresó indemne y en paz lo sabe: "¡Ábrete, sésamo!"