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domingo, 8 de septiembre de 2013

Veneno apacible

“Así como nunca se arrebata la oscuridad a los dos mundos,
la oscuridad del alma iniciada, a caballo entre ambos,
majestuosa, silente y sabia, es la oscuridad suprema.”
(Mahmud Shabistari)
 
“Rester soi-même.”
(Michel de Montaigne)

 



 
Quiere nuestro hiperactivo siglo XXI impedirnos seguir siendo nosotros mismos tras la usura de la cronometración vital, allí donde ya no queda tiempo ni para la reflexión sedente ni para la itinerante, aquellas donde se rumian y caminan los pensamientos. En el estrecho lapso de una serie, de una partida de Angry Birds, de un apresurado vistazo por los titulares digitales, el timeline del Twiter o el muro del Facebok, pocos frutos magistrales cabe esperar de esta deslumbrante, vertiginosa y aciaga época. Sin espacio para la reflexión y el silencio, estamos pues abocados a un mundo sin aristas ni artistas.

 
 

Señalaba el maestro Manuel Vicent nuestro actual desinterés por el amanecer que se extiende centelleante sobre el mar, el oro cegador sobre los rastrojos que nos regala la siega de agosto, el que madura en los membrillos por el temido San Martín porcino, el que relumbra al viento en la podredumbre de la hojarasca otoñal, en el sillar románico que enciende el sol a media tarde, el las obras de Klimt y Matisse, en las letras capitulares de los códices de vitela, aquel oro que nos envuelve como una dádiva, al cero por ciento de interés,  en el mosto que fluye al final de la vendimia y que sabe dorar el crepúsculo en la copa que llevamos, ya sabios,  de la mano a nuestros impacientes labios, mientras aguardamos la promesa del brillo solar, que reestrena la vida para nosotros, cada mañana.

 
 

El oro esencial que entrega la mirada serena sobre las “Oras” no es el oro por el que se afanan y pleitean los voraces mercados. Una mirada que verá trocar en nosotros deseos y necesidades artificiosamente construidas por otras quizá más genuinas por las que sí merecerá la pena tu batallar, por las que tendrá sentido y será necesario derrochar el efímero caudal de una vida, agotar el propio camino que crearon, en su solitario andar, tus pasos. Bien mirado ¿cabe mayor codicia que la de marcarse y seguir el propio rumbo, en ese estado de consciencia crepuscular donde las cosas no son sólo posibles o simplemente probables, sino inevitables, necesarias? Aún puedes rescatar tu tiempo de la cadena de la prisa, de la impostura impuesta. Festina lente.
 
 
 

jueves, 11 de julio de 2013

Cuenta nueva

“Es el coraje del héroe
lo que remueve obstáculos imposibles.”
(Terence McKenna)

“¡Sí se puede!”
(Desencantados indignados)





El cuestionamiento de la creencia obligatoria así como de la costumbre de mundanizar lo ulterior y limitar lo ilimitado, deja al alma, desprovista de certezas y en la zozobra de quien cuestiona su fundamento esencial, sumida en la noche más oscura. La ausencia de rumbo interpela la docilidad ante un timón supremo al que se confía, en intimidad, el pormenor de la propia vida, sin caer en el error tribal de confundir conciencia y conveniencia.

Cara a cara ante el Creador, la creatura realiza y desvela su propio enigma, en una búsqueda incesante, arrollada por la eficacia de un secreto impulso que la desborda. Es la experiencia de la aniquilación suprema, la que contrarresta la usurpación de cualquier organizada idolatría. Quien siente en sí y sobre sí esta fuerza primordial anterior a todos los conflictos, esta hondura previa a la de todos los abismos, quien es deslumbrado por la fértil luminosidad de la tiniebla, abarca en su abrazo los entresijos de la muerte.

Nada puede sustituir este vínculo directo entre creatura y Creador. Por más que pretendan los soberbios gestores de imperios que administran los premios y castigos del rebaño, nada puede ser más sagrado ni, para quien sabe, puede haber peor traición: “Lej lejá.”



viernes, 15 de febrero de 2013

Escrutar el corazón

“El mundo será ungido
por la belleza.”
(Fedor Dostoiebsky)

"Sólo seremos verdaderamente felices
contribuyendo al bienestar ajeno."
(Noboru Kaetsu)
 

 
Resulta notoria la aficción de los príncipes a morderse y devorarse mutuamente. La eficacia de la oración nace únicamente de un vigor corporal capaz de soportar los embates del espíritu y blandir la espada flamígera con brazo fuerte. Se trata de sostener discretamente el ancestral organigrama que, aunque alejado en las antípodas de las necesidades del rebaño, satisfaga los voraces intereses de la intemporal curia, amparados tras el secreto que guardan los milenarios muros de soberbia: corax gules,corax sable.

 

Han regresado a mis pasos las frágiles flores del almendro, entregando generosas la efímera belleza que tejió perseverante el invierno. Las reformas que Mater Ecclesiae necesitaba con urgencia están prácticamente finalizadas, a la espera de que los últimos retoques borren todas las huellas del extravío del Espíritu Santo. Desde la biblioteca aguardan silentes rosas, limoneros y naranjos la obra certera de la primera luna llena de Pascua. Ya todo vuelve a estar bajo el pertinente control, bien retirado de las miradas del Mundo.
 
 
 

domingo, 2 de diciembre de 2012

Lógica sagrada



“La palabra que del corazón sale al corazón llega.
El resto no pasa de las orejas.
(Al-Suhrawardi)

 

 

 

Frente al symposio, en el que necesariamente ha de tener lugar una comunión de Cuerpos, Almas y Espíritu, el diálogo resulta un proceso divergente y delusorio, acuerdo o desacuerdo, en todo caso nunca concordia. La aparente diversidad del simposio, oculta una unidad que se da en un grado más elevado e íntimo, la de conspirar, ser “una misma respiración”.

 

Cuando Parménides, en su calidad de sacerdote de Apolo, entregó la lógica divina a los hombres lo hizo para que ésta sirviera de escalera operativa al Cielo Olímpico. Esta lógica sagrada no habla sobre la realidad, sino desde ella, buscando transparentarla, no sustituirla. Una palabra que no disfraza sino, desde su poder, revela lo inefable. Quien domina esa palabra era y es quien merece el nombre de mago, una palabra que se abre a lo inesperado y lo desconocido.

 
 
 

La lingüística moderna nos ha acostumbrado a reducir la mecánica del habla en términos de verbos, sustantivos, adjetivos y pronombres, ocultándonos la verdadera dimensión sagrada de la comunicación, su irreductible misterio, levadura tan sutil como imparable. Aquel, y no esta mueca hiper-tecnológica que pretende hacerse pasar por desarrollo y progreso, sí que era un mundo verdaderamente global, mucho antes incluso de que hollara la tierra Bucéfalo, dócil bajo Alejandro.

 

No eran necesarios satélites de comunicaciones, bastaba compartir un único mundo imaginal y conocer el modo de llegar a él, para después partir. Otro tiempo, otro espacio y, en buena lógica, otras leyes nuevas. Comerciar así con lo sagrado y el don de su lógica. Un verdadero arte fenicio, no del todo olvidado, desde P’eime Nte-Ré, sobre la necesidad de hacerse así joven al envejecer, conservando empero un alma antigua: sabia.