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viernes, 11 de octubre de 2013

Retorno

“En polvo y ceniza.”
(Oseas 14, 8)

“Revivió el hueso reseco; se halló lo perdido.”
(Ezequiel 37, 14)




Los ciegos seres humanos se afanan en los humildes trajines del cotidiano discurrir. Nacen, viven y mueren dentro del estrecho escenario de sus rancias y pequeñas tragedias, anhelos imposibles y desdichas mundanas, ante la mirada aparentemente indiferente del universo. La verdad sucede de un modo bien diferente, pues no es sino a través de la trama urdida de pequeños gestos, medias palabras, brotes de hiedra arañando delicadamente el muro de ciudades invisibles y abismos entre líneas, como se recrea a cada instante el sombrío secreto ancestral que sostiene con precisión los mundos que inventa reales. Es la venda de los sentidos y la razón la que nos oculta estar ya en un paraíso nunca perdido.


Tras su aparente serenidad, nuestras vidas esconden titanes a punto de desatarse. Hagamos de la vida una atenta ascesis de la resignación, del miedo, también de nuestra mezquindad volcada siempre en los otros; descubramos nuestra condición esencial de ser mero reflejo de la sorprendente monotonía, de una sencillez que, a todas luces, resulta tan increíble como insondable. Quien supo ahondar sin apegos en los entresijos del alma humana, sabe que ninguna mirada real caerá en el olvido, en un mundo que considera que todo lo que no sea hacer dinero es vanidad y que sobreponerse a la cotidiana adversidad no tiene nada de heroico.



jueves, 5 de septiembre de 2013

Daat

“El Eterno me condujo a un valle rebosante de huesos resecos
y allí me preguntó: ¿Vivirán estos huesos?
¡Profetiza desde el Espíritu, hijo del hombre!”

(Ezequiel 37,  1)




Vivimos en un mundo lo suficientemente oscuro como para que nada resulte ser como aparenta ni nadie necesite ya ser coherente con lo que enseña. Nada de lo que creemos saber impregna nuestras vidas ni siquiera aspira a ser realmente vivido. Allí donde el sagrado fuego de la discrepancia nos permite advertir que todo es cuestión de perspectiva, la certeza de saber si nuestra mirada es la adecuada es lo que entrevera toda fe de sus necesarias dudas. Por eso, tras atravesar los umbrales de la vida, aún necesitamos seguir estudiando, esto es, seguir abiertos al aprendizaje que deja la escucha atenta. Ni el más excelso manual de sexología suple la experiencia del revolcón amatorio junto a alguien con suficiente pericia. Así, donde la mayoría opina, conoce sólo quien verdaderamente conoce.



jueves, 8 de noviembre de 2012

La princesa fenicia


“Se apagó la belleza en tu corazón,
corrompió tu sabiduría tanto esplendor,
con inmoral comercio profanaste tus santuarios,
devorado en tu propio fuego redujiste en ceniza.”
(Ezequiel 18, 16-17)

“…y en la tarde te amanecerá una luz de mediodía
que, lejos de causarte daño o consumirte,
cual stella matutina te hará renacer.”
(Job 11,17)

 

 
 

Hemos de ser muy prudentes a la hora de establecer certezas a partir de nuestros esquemas mentales previos, no vaya a ser que caigamos en la cegadora neblina del prejuicio, sin estar cualificados (no digo calificados) como jueces. No hay nada tan engañosamente complejo como la simplicidad.

Como saben demasiado bien los intoxicadores profesionales, no siempre guarda correspondencia el continente con el contenido. Los intoxicados lo descubren demasiado tarde. Tras el señuelo virgo se ocultaba, engañador engañado, un desesperado dragón de siete cabezas, bajo los efectos de su propio veneno.
 

 
 
Acallada la mortífera palabra, rasgado su envolvente velo, regresó salutífero el silencio. ¿Adónde podrá agarrarse el ego? ¿Dónde encontrará asidero sino en el amor? Reposan las miradas de los amantes en la belleza muda de su silencioso reflejo, sin necesidad ya de decir ni decirse nada. Nihil obstat.

Desligión. Secreto. Conocimiento.
 
 
 

viernes, 5 de octubre de 2012

¿Insufrible exilio?


“Trabajando en el campo, el verso llegó a mi boca.
Ahora sé que un río es luz, que hay una nueva primavera
y aún un nuevo modo de conocer.”
(Simón Bar Yojai)
 
“En cada letra encontrarás
numerosos mundos.”
(Hayim Vital)

 

 

 

Uno puede soportar la invasión y el exilio babilónico, 200 años de cruzadas, incluso las atrocidades del exterminio. Lo que resulta de todo punto insoportable es una realidad alejada de su fuente primigenia. Una separación abismal que requiere para su disolución del concurso colectivo de fuerzas sobre humanas, capaces de reunir amada con amado, amado con amada.

 

Esta crisis parece no tener fin, nos exige que asumamos eterno su tormento, nos paraliza instalándonos en una impotente irredención ante la que nada hay que podamos hacer, salvo un sordo agitarse y patalear. Un complejo y dinámico proceso sin sentido ni propósito. ¿Cabe mayor crueldad? ¿Cómo superar esta extensión infranqueable entre creador y creatura? ¿Qué teme la divinidad al refugiarse en los recovecos del infinito, tan lejos y ausente de su obra finita?

 



 
La inmanencia requiere un salto a otro mundo cuya separación del nuestro agónico hace posible la dialéctica interacción. La relación y el encuentro sólo son posibles desde la separación que se reconoce. Esta separación es creadora de permanente reunión: Creación.

 
 
Lo eternamente ausente así se encuentra en todas partes, en todas se reconoce, es posible -desde la mirada oportuna- en cada pensamiento, en cada palabra, en cada gesto, en todo tiempo y lugar. Ningún intersticio subatómico se halla libre de su gloria. Bendito sea en su omnipresente ausencia, el campo escalar, del que somos –lo queramos o no- necesaria vicisitud. Imaginaria posibilidad que, bien mirada, lleva la marca de la santidad.
 
 
 
 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Los hijos de Tzadok

“Si se nos hubiese permitido ver y captar
la vitalidad y espiritualidad en cada ser creado,
su parte física quedaría prácticamente anulada,
y se nos volvería así transparente.”
(Tania, Puerta de la Certeza)
 
"Debemos todos crear un mundo de ficción
en el cual sólo nosotros podamos vivir".
(Marcel Proust)
 






 
 
 
¿Cómo cabe encontrarse esperanza en la desolación? Cuando los desesperados, los perdedores, los vencidos, se dieron cuenta que no podían cambiar la realidad, entonces inventaron a Dios. Sólo en momentos de desesperación, de catástrofe, de necesidad, de urgencia existe la posibilidad de un Dios al que acudir, con el que tratar de conectar.

Así, aunque algunos creen que cesó toda posibilidad de revelación profética, los ángeles del Heijal aún revelan sus secretos a quienes ascienden a ellos. Poco a poco, aquella luz que quedó atrapada en los rincones del mundo, es ahora rescatada. Y, a nada que te esfuerces, tú mismo podrás encontrar esa luz en cada persona, en cada cosa. Y, desde ese mismo momento, en un instante, esa cosa, esa persona, desvelarán para ti su mensaje: se volverán entonces transparentes. Aquello que revela su verdadero significado (raíz) se vuelve a nuestros ojos medio, excusa, algo que, al cumplir su objetivo comunicativo, ya es por eso mismo del todo insignificante.

El paraíso no es pues un lugar: es ese estado. Un estado imaginal que siempre puede competir con el dolor, la angustia y el sufrimiento real que nos aflige. No importa que el universo entero esté en el exilio, que nada parezca tener sentido, sobre todo nuestro dolor, nuestro profundo sufrimiento. Siempre será posible así retornar a la eternidad si al menos uno sólo de nosotros recuerda anclar su corazón en la esperanza.