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lunes, 12 de agosto de 2013

Día de mercado

“O jugamos todos
o se rompe la baraja.”
(Tradicional popular)

“Hace bien.”
(Muletilla de herborista)




No todos tienen el coraje, la fuerza o la sencillez de admitir haber sufrido, en alguna ocasión, la tentación de levantar el velo gris que separa nuestro instante del incierto venidero, conocer el pálpito futuro y traducir así su intención, iluminándola aquí y ahora, en el presente, viendo a través de la misma mirada divina, aquella únicamente capacitada para predecir el acontecer, con la misma precisión que la que el asesino, oráculo perverso, conoce la última hora de quien termina siendo su efectiva víctima, al actuar como letal e infalible genio de su destino. Cualquiera puede otorgar lengua a una vela, mas pocos saben descifrar su locuaz llama, capaz de disolver paredes y fronteras, de iluminar ojos y dientes.


Arrancar sus secretos al futuro puede tener un alto precio adivinatorio, insospechado para quien  se aventura sin el debido arte, por más provisto de “cauris” que marche o, incluso, si ha tenido la fortuna de tropezar con un nido de migalas. La ordalía siempre compromete a los antepasados, vivos o difuntos, como saben bien los discípulos de Heilliger y los que prosperan y viven del atemorizador negocio de la toga. La sentencia adivinatoria despierta curiosidad y suscita el interés no sólo de aquellos a quienes verdaderamente “interesa”. Algunos famélicos gallos y gruñientes lechones continúan aún vivos al no haber engordado lo suficiente. ¿Quién reparte? 



martes, 9 de julio de 2013

Mantis

“Inalcanzable para el débil, temible para el pusilánime,
prometedor para el héroe, muchos son los nombres del destino.”
(Virgilio)

“No se entretiene en juzgar el pasado
quien se ocupa en diseñar y construir el futuro.”
(Friedrich Nietzsche, Aurora)





Paradojas del arte falsario, en nuestros días presumimos más de conocer las cosas futuras que, irreconocibles tras la pericia del amaño histórico, las pasadas. Las que de todo punto han de permanecer ocultas, gracias al imperio de la distracción y el entretenimiento ovinos, son las presentes. Que nunca han gustado, ni el lobo ni el carnicero que contrata al pastor, desvelar ni el tiempo ni el modo en que harán efectivos sus intereses, cobrando al rebaño la justa deuda de su apacentamiento y manutención. ¡Qué tiempos aquellos en los que la profecía respondía a la nostalgia de un conocimiento, no del porvenir, sino del designio de Dios!

Ahora que el orden tecnocrático nos mantiene alejados del sagrado sistema operativo e interfiere toda posible conexión ajena a sus intereses pecuniarios, el furor mántico quedó reducido a la sorda reclamación del consumidor por el descontento del servicio. Quedaron bien desfasados los trances y éxtasis oraculares, los delirios proféticos y la onírica premonitoria de antaño, por los servicios de telefonía y televisión inmediata de los pintorescos nabí de nuestros días, tan populares y famosos como ridiculizados. La prospectiva científica, por su parte, está mucho menos pendiente de los riesgos planetarios que de volcar su cuantificable saber profético en detectar las tecnologías emergentes que habrán de garantizar a las potencias imperiales su hegemonía económica por la buenas o, llegado el caso, diseñar el futuro a golpe de drones y primaveras, por las malas.

Ahora que sabemos que las democracias afines al régimen no se improvisan, los future issues y el foresight se han convertido en un asunto de elevado interés estratégico legal y profesional. Hoy, como ayer, los futuros no ya posibles sino preferibles están manos del control de la divina aunque menos caprichosa probabilidad. Como ocurre en el póquer,  los codiciados comodines, también llamadas cartas salvajes (wildcards), siendo altamente improbables, tienen un impacto decisivo el la buena marcha financiera de la partida. Sólo los mejores jugadores tienen preparada el alma para afrontar heroicamente los vaivenes de incertidumbres y riesgos. Hoy como ayer, tienes el deber de salir del útero protector que ahora te sirve de carcasa y dar respuesta a la misma eterna y crucial pregunta: “¿Qué espera de mí el futuro?”




Prognosis

“Como el lituus encarcela a los treinta dioses,
así muestra el jecur los secretos designios del cielo.”
(Aule Lecu)




Pese al esfuerzo de la historiografía oficial por mantener este suceso despreciado en el más absoluto de los silencios, 186 años antes de la era común, un maestro arúspice griego, desconocido e itinerante, introdujo en Etruria la práctica secreta de ciertos ritos nocturnos que buscaban, con idéntica clandestinidad que en nuestros días, poner en peligro los intereses de la aristocracia. De su oscura escuela provienen nombres tan prestigiosos en el arte prospectivo como los de Aristón de Tesalia, Cleofonte de Corinto, Dionisio de Cartago, Nicias de Caristo, Polícrates de Tasos o Timóxeno de Corcira. ¿Qué saberes ocultan pronósticos, augurios y oráculos, capaces de poner en peligro el tremendo poder que cabe suponer a todo un Estado?




La actual simulación computacional de nuestros superordenadores, vástagos de la secreta inteligencia artificial y del diseño de sistemas expertos, pretende interrogar y aventurar, mediante modelos e indicadores, el enigma del futuro, desde motivaciones no siempre obvias. Desde el origen de los tiempos de los post-neandertales, la vida adivinatoria, sujeta siempre a las limitaciones del incierto potencial humano, presenta idénticas vicisitudes y necesidades, examinar los restos de aquello que hubo de ser sacrificado en el ara. Perdido el saber que hacía efectiva la disciplina etrusca, el “Colegio Oficial” vendido al imperio, fue incapaz de detener su caída. Ahora que somos capaces de generar hígados a medida a partir de células madre, no somos capaces de desentrañar las sombras que nos atenazan en el elocuente mapa de la sangre. Pese a conservar el lituus, sin duda el progreso mutiló a los modernos escrutadores sus preciosas alas. Al menos, ahora nos queda siempre el acicate y el consuelo de disfrutar la "segura" sorpresa y tener así garantizado, manu militari, el incierto futuro.



domingo, 11 de noviembre de 2012

Bancarrota imperial


“Los pecados del rey
siempre los termina pagando el pueblo.”
(Dicho tradicional popular)

 

 

Por si las cosas se ponen demasiado turbias, los líderes del progreso han decidido cobrarse cuanto antes el precio de su info-tecno-químico obsequio, envuelto en el papel de regalo de la sobre inhumana globalización que, tan acostumbrada a los grandes números, se desentiende del pequeño sufrimiento de la chusma de contribuyentes y marginados. Papá Noel y los Reyes Magos traerán reducciones en sanidad, bienestar y seguridad social a todos los que, expulsados de sus trabajos y casas, no puedan llegar a costearse el selecto club del progreso: solis sacerdotibus.

 
 

La “paralización” de desahucios solo pretende dar siquiera un poco de oxígeno a los caballos apocalípticos y permitirles hacer su tarea sin tanto ruido mediático. La prensa desglobalizada no se desmantela en dos días. A los infra seres humanos les aguarda un destino instrumental: ser desechados en la cuneta del progreso tóxico como condones usados. El ímpetu juvenil terminará siendo desgastado por sobredosis de “botellones” mezclando temor e inquietud.

 
 

Como en la útil contienda civil española, queda abierta la puerta a escuadrones de la muerte, junto a costosas guerras contra los ciudadanos díscolos que quieran entrar por la fuerza a un Club que no fue, en ningún caso, pensado para ellos: “El futuro”. El lastre ciudadano terminará agostado entre intermitentes inundaciones, plagas, incendios y apagones. ¡Jo, que fácil! ¡Cómo mola ser profeta en la era Internet! ¿Contamos aciertos? Lo confieso, he hecho trampas… todo esto ya está pasando. El templo se hunde, permanece aflote empero el lúcido capitel.