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domingo, 13 de octubre de 2013

Sombras otoñales

“Ni astros, ni infiernos.
Todo es producido por
el Espíritu en nosotros.”
(Paracelso)

“Todo vencedor se sabe fraude.”
(Alejandro Magno)





¿Cuánto dura un sueño? En realidad, siempre que hay vocación real, no hay prisión que valga. ¿Cómo conseguiste si no guardar y resumir todos tus años pasados, el tapiz de toda una vida, en la estrechez de este mínimo y fugaz instante? Quizá tu fuiste el único tejedor de la red ensueños que hoy te aprisiona. Nadie sino tú sembró este sufrimiento -que ahora te atenaza- en ti. Tuya fue la firme decisión de abandonarte al sortilegio y servidumbre de una nueva pócima. ¿Quién si no tú eligió y adoptó el disfraz que ahora llamas deteriorado cuerpo?

¿Cabe mayor misericordia que la de regalarte un nuevo comienzo, una vida sin pasado ni futuro, una octava más alta, tras el equinoccio de cada instante? ¿Cómo explicarles nada de esto a los que labran la tierra con la mirada gacha? De despertar en despertar, no habrá ningún tirano pensamiento que pueda debilitarte. Hojas marchitas, incapaces ya de lastrar la radical labor de la otoñal savia, toda vez que fue descubierta su naturaleza. Despertado el genio de su sueño, regresan fuegos fatuos y fantasmas al engañoso pantano de la esperanza y comienza la magia. ¡No te extravíen las formas!



miércoles, 22 de mayo de 2013

Sacra disidencia

"Quien mira desde su interior
sabe que todo es nuevo."
(Paracelso)

“Llega un día, sin que haya marcha atrás posible,
en que descubrimos que (lo que creímos) 
nuestras mezquinas vidas subjetivas 
no pertenecen sino a una nueva actualización 
aquí y ahora de lo universal.”
(Carl Gustav Jung)




Intentar conocer el enigma de cualquier ser humano, no desde aquello que aparentemente está siendo, sino en función de lo que puede llegar a ser, constituye el reto que supone un acercamiento metapsíquico focalizado en los pormenores del devenir experiencial y ontológico de lo sagrado, allí donde la sospecha siempre rinde más réditos que la evidencia. Desde las instituciones religiosas y políticas se promueve una espiritualidad espuria y anquilosada, con el fin de evitar por cualquier medio que las personas experimenten –o promover activamente su total alejamiento de- lo verdaderamente sagrado.


Nadie ha de constatar en sus propias carnes, por el bien del orden constituido, que porta en si un poder creador autónomo del que no es consciente y cuyo contacto con él podría transformarlo y liberarlo. Nada más potencialmente peligroso para disolver las rígidas estructuras del stablishment social, más revolucionario y más efectivamente anti sistema que la “mirada interior”. Se ha de impedir a toda costa que aquello que duerme en nuestra inconsciencia, nuestro mito personal, tome la palabra y cobre vida, desenmascarando así el endeble delirio subjetivo cotidiano.


Toda vez que sintonizamos con lo sagrado inconsciente en nosotros, cobramos mayor consciencia del mundo, del prójimo y de la trascendencia de nuestra ocasión vital. Una vez que hemos descubierto que la nuestra es una aventura espiritual, tan ineludible como intransferible, todo adquiere, al fin, sentido. Nuestra vida se convierte así en una respuesta inequívoca a tan profunda llamada.




jueves, 21 de febrero de 2013

La promesa del Kauzar


“La meditación posibilita el trato
con la fuente de la enfermedad,
haciendo posible la cura”.
(Hisham Kabbani, Vademecun)
 
“El médico entretiene al paciente,
mientras la propia vida le cura”.
(Paracelso)

 

 

En la espiral del dolor, que no es otra cosa quizá que nuestra necia resistencia al natural devenir, se encuentra la gradiente física, emocional, mental y espiritual, estas tres últimas, comúnmente identificadas bajo la etiqueta de “sufrimiento”.

 

Basta pues con alinear nuestro focos energéticos (lata’if, chakras, seffirot) en conciencia, desde la misma corriente del ser, recordando que nuestra propia vida (préstamo), por más que nos distraiga la analgesia de la inconsciencia, no es sino una prolongada enfermedad con muy mal pronóstico.



miércoles, 25 de julio de 2012

El ojo y el espejo



"La luz del cuerpo es el ojo;
de esta forma, si tu ojo es uno,
todo tu cuerpo estará lleno de luz.”
(Mateo 6, 22)


“Por doquier reina el arbitrio de la dualidad,
salvo en esa flama pura, vero asiento del alma,
en el que todas las cosas se reúnen,
para así ser una.”
(René Descartes)





El principio de correspondencia, que otrora inspirara el árduo afán científico de Hipócrates, Galeno, Paracelso, Giordano Bruno o Isaac Newton, ha sido relegado a superchería mágica. Al hombre y mujer modernos les escuece la razón eso de imaginarse influidos por instancias tan altas como las del cosmos, para explicar la actual sobre acidosis heliogénica.

Allí donde nuestras vidas no son sino meras peonzas al albur de los heliomagnetismos, selenomagnetismos y geomagnetismos tormentosos que tienen lugar de marzo a mayo, en julio y en octubre, resulta muy difícil eso de reivindicarse con libre albedrío y responsabilidad sobre los propios actos, como demostraron sobradamente los trabajos de Oleg Shumilov, Michael Rycroft, Kelly Posern y el Eclesiastés.

Las pautas autolíticas, los desordenes cardiológicos y la producción de melatonina son afines al ritmo cósmico. La epífisis (piña simbólica, tertium oculus, janua sellata), vestigio retinal pseudoatrofiado, actúa como una suerte de transductor magnético, capaz de unir “lo que está arriba con lo que está abajo”, al ser humano con el todo del que es parte. Los pensamientos, que erróneamente consideramos auto producidos y creemos propios, son materia cósmica: sutil noosfera, que abre en el serpentino ascenso entrecruzado de la Psychotria viridis y la Banisteriopsis caapi, culminando el bastón de Asclepios. Siete semanas bastan para arrancar la flama pura, el invisible sol que yace vivo en la piedra.