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martes, 21 de mayo de 2013

Símbolos del instinto


“Para lograr suplantar aquel Dios,
creado a nuestra inflada imagen y semejanza,
hubimos previamente de matarlo en nosotros.”
(Carl Gustav Jung)




En estos tiempos, en los que aceleración y enajenación tecnológica van a la par, resulta muy complicado asumir de manera consciente que el mal que presumimos objetivo -cuando en realidad es proyectado- en los demás, radica en el fondo arcaico e ignoto de nuestra propia alma. Son muy pocos los que se atreven a descender al oscuro ámbito de su fondo primitivo, asumir las propias tinieblas y vivir el temor primordial, con la exigua esperanza de alcanzar siquiera una tenue y promisoria luz.

Nuestra alma parece constituida por una delicada urdimbre de fuerzas y potencias lo suficientemente poderosas, y tan peligrosas o útiles para ser tenidas en respetuosa consideración, lo suficientemente grandes, bellas y razonables para contemplarlas y amarlas. Quien renuncia a enfrentar su propia responsabilidad y desoye su propia voz interior, resuelve ser así disuelto y arrastrado en el magma impersonal y doctrinal del egrégor colectivo.

Lo social entonces sólo podrá ser así sanado mediante una radical acción terapéutica sobre nosotros mismos. No somos meros pacientes de la época. El monstruo se gesta, eón tras eón, desde cada uno de nosotros. Cabe luego al poder político y mediático lo de transformar la inconsciencia del propio mal en devastadora epidemia. No vemos fuera sino la proyección de cuando gestamos dentro. Nuestra inconsciencia fue y sigue siendo la raíz que nutre y da forma al mal.



miércoles, 15 de agosto de 2012

Alacena del corazón

“Algunas almas se muestran cuál pura luz de luna.
Otras, más irisadas, ofrecen ofídicos rasguños pálidos.”
(Plutarco, De sera Numidis Vindicta, XXII)






La metafísica de la luz siempre distingue entre la mirada divina, la mirada sagrada y la ceguera. Así la luz y las tinieblas pueden ser consideradas bajo esta triple perspectiva tan ajena a convenciones y consensos, inmersa en la fértil elocuencia transformadora en la que se estructuran los distintos órdenes  simbólicos, la que garantiza la reflexión paradójica, aquella que resplandece luminosa para el alma.

De algún modo que aún no comprendemos bien, el alma sabe que toda luz proviene del interior. Sin esa luz, el mundo enmudece en la sombra, se torna huella. Desde ella, en cambio, la total oscuridad se revela fuente luminosa. Esa forma de estremecer el lenguaje y torcerlo más allá de toda posible polisemia fatiga y agota cualquier clase de lógica, sobre todo para quienes aún confunden alma y retina.

La mirada divina construye la necesidad. La mirada sagrada revela la arbitraria posibilidad del azar. La ignota ceguera nos oculta nuestra total falta de libertad y nos inventa responsables. ¡Como si fuera posible escoger la mirada o el alma de la música se agotase en la partitura! Sabiduría ensoberbecida que confunde cifra y descifra, hermenéutica con coleccionar diccionarios de símbolos, el 1,3 y el 1,6, palpando a tientas, tropezando con las sombras, sin ochema ni auge, incapaz de encontrar, caleidoscópica luz sobre luz, la alacena del corazón.





martes, 10 de julio de 2012

Simbólica sincronicidad


“Congruo es occultus compages
subter supter animadverto.”
(Iamblico de Calcis, De Vita Pytagorica)

“Los átomos sólo son tendencias,
meras posibilidades de la conciencia.”
(Werner Heisenberg)






Cuando menos queremos escuchar, es cuando más nos habla todo. Esta perseverancia dónde todo se unifica en la tozudez del símbolo, bien menospreciada bajo el eufemismo “casualidad”, nos conmueve el alma, capta nuestra atención, nos permite descubrir -quizá por un instante y contra toda apariencia- que no estamos solos, que somos parte de un algo mayor que también lo sabe. Arrambla con el sesgo de selección y confirmación de cuantos se obstinan en buscar alguna clase de explicación causal, para ratificar su mágica creencia de que en la predictible estructura del universo no es posible tolerar ningún tipo de superstición: las pseudo y paraciencias "traen muy mala suerte".



Atravesar el mágico espejo del universo, sin otras armas ni sortilegios que la mirada, y formar parte “activa” así de su dinámico reflejo: creados para recrearnos, para construirnos como una posibilidad. ¿A dónde podremos llegar, capaces de lo más alto y lo más bajo? ¿En dónde habremos de situar (limitar) nuestra ilimitada capacidad de resonar como Unidad? ¿Dónde termina la mirada capaz de abarcar todas las perspectivas, ávida de situarse tras cada nueva mirada y “verse” a sí misma: Observar simultáneamente la observación, el observador y lo observado. Testigo único.


Infinita bifurcación diabólica, como alpha. Infinito recurso autoacabado en sí mismo, como omega. Infinito laberinto de espejos en el que cada reflejo juega a atraparse y ser atrapado en la próxima paraidolia, en una nueva apofenia sin término, el vértigo inacabable de una nueva madriguera tras la madriguera, de una nueva palabra tras la palabra. ¿Cómo puedes llegar a conocerte, cuando tal conocimiento, en el mismo instante de producirse, te transforma? Ya lo decían los clásicos: “Somnium mentis ianua infinitum est”. Y en esas redes, más que andar, torpemente pataleamos . ¡Qué casualidad!