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jueves, 4 de diciembre de 2014

Soledad Activa



Libro gratis


"Sabemos por Aristóteles que a la esperanza no le gusta entrar en escena, sin que antes no le haya preparado al público una buena dosis de peligro inminente. Así, todo aquello que previamente se nos había vendido como exigencia del guión -o del equilibrio presupuestario impuesto por la infame y villana Troika-, no busca sino obtener un oportuno, reparador y catastrófico golpe de efecto, valga la redundancia. Así también la vida de cada ser humano tramada como un aparente thriller no se resuelve, la mayoría de las veces, sino como divina comedia.
Pregunten si no al Guionista."


lunes, 24 de diciembre de 2012

Natalis solis invicti

“Soli, invicti comiti.”
("Al Dios Solar, compañero invencible".
Inscripción de un medallón romano)
 
“Agios o Theos,
Agios Iskyros,
Agios Athanathos, eleison imas”
(Trisagio griego)
  

“Era la luz en las tinieblas,
más las tinieblas no lo entendieron”
(Juan 1, 5)






El Adviento constituye un periodo magnífico de espera espiritual. Miramos la gélida noche invernal esperando -quizá la gracia de que nos llegue- una Palabra desde el Cielo (nivel macrocósmico), o tal vez miramos atemorizados la negritud de nuestra alma escéptica y desesperanzada, presa del miedo y el desencanto vital, sumida en tantos desengaños que destilan un tedio amargo que parece allí instalado para siempre y reseca de un modo certero nuestro corazón a fuerza de padecer continuos sufrimientos (nivel microcósmico): ¿Hay peor lugar para el renacimiento de la Luz?

 
Y sin embargo es allí –en medio de la plena oscuridad de nuestra alma- donde tiene lugar el milagro cotidiano, la victoria inesperada de la Luz que brota en el centro de aquella negrura y que –al principio de un modo insignificante, semejante a un grano de mostaza ( Mt 13, 31-32)- traza los contornos donde se unen el Reino y los Cielos, el establo semi-derruido – Virgo genitrix- que será Morada Axial y Corazón de Luz tras su total rendición a la Acción del Espíritu. Un alma que se sabe esposa de la Luz y madre de la Palabra: Comunión e Invocación.
           
 
Siguiendo la Tradición y asistidos por nuestros Maestros espirituales, protegidos por el Guardián de este santuario “improvisado”, invocaremos –quizá desde el silencio –pero en actitud adecuada de sumisión, fidelidad, perseverancia y esfuerzo de concentración- la llegada victoriosa del sol en los horizontes cósmico e íntimo, para sorpresa de nuestra permanente tendencia a la auto-afirmación y dispersión profanas.





Situados en el Axis Mundi –estado de Gracia pasivo y activo- desde donde Cielo, Tierra e Infierno (macro y microcósmicos) nos contemplan y claudican (2 Fil 10), invocamos la presencia del Sol Invicto, involuntarios garantes de su Reino.


En el día del “Sol Nuevo” (Dies Solis Novi) comienza un nuevo ciclo (año). Por lo que nos cuentan los arqueólogos, esta divinidad solar tenía un lugar privilegiado entre los dioses primordiales (Dei Indigetes) y sus rastros abundar por doquier, ya sea en forma de símbolos, signos, hierogramas, rudimentarias anotaciones en calendarios y estelas astrológicas, en distintas dibujos realizados sobre vajillas, armas (labrint arcaicas), utensilios y ornamentos, cavernas, círculos rituales de piedra… Su representaciones más habituales son en forma de carro solar, discos radiales y cruces de todo tipo (sobre todo svásticas).


Los solsticios, por su carácter de fenómeno natural, albergan una significación simbólica y espiritual especial, ya que al ser percibidos por los sentidos, sobrecogen de un modo intenso y ayudan al ser humano a restablecer una comunicación (comunión) con aquello que le trasciende.


Con sus fases –ascendente y descendente- el Sol, luz de los hombres y de los campos, constituye el símbolo cósmico por excelencia. El solsticio de invierno, antesala de los rigores estacionales, constituía un punto crítico que se vivía con especial dramatismo, sobre todo por la inmersión en las zonas polares en la pesadilla de una interminable noche. El punto más bajo de la eclíptica mostraba un astro mortecino, el momento donde la “luz de la vida” parecía apagarse, desaparecer, precipitándose en la tierra helada y “desolada”, engullido por las aguas, por las sombras de los bosques, para desaparecer de forma irremediable.
          

Pero entonces, contra todo pronóstico, ese débil faro celeste remonta su posición, adquiere fuerzas para elevarse de nuevo, desprendiendo una claridad renovada. Y es entonces cuando de nuevo –tímidamente- se abre paso la vida, renace la esperanza de un nuevo ciclo, un inicio, un comenzar. La “Luz de la Vida” triunfa y resplandece otra vez. El “Héroe Solar”, vencedor sobre sí mismo, conquistador de sí (el término “jaina” -Jainismo- significa conquistador, al igual que Mahavira), surge del abismo invernal, renace de las aguas heladas. Más allá de la sobrecogedora oscuridad y del frío mortal se experimenta y se vive un nueva liberación: el Árbol Simbólico del Mundo que sostiene la Vida se anima con fuerzas renovadas.
 

 
 
 

domingo, 23 de diciembre de 2012

No sabéis cuánto


“Goza del día misericordioso,
reflexiona en el adverso.
El Eterno opuso ambos, uno a otro,
para que nada se encontrara tras Él”
(Eclesiastés 7, 14)
 
“El ciego deambula
satisfecho de cuanto en su provecho hace.”
(Qurân 27, 4)

 

 
 
A los que sellaron su corazón a la verdad, prefiriendo lo superfluo a lo necesario. A cuantos, aferrados al cuerpo que habrían de abandonar, tiraron la toalla ante la mínima incomodidad. A los que olvidaron recordar y recordaron olvidar. A aquellos que se esclavizaron a llevar las riendas en lugar de liberarse de ellas, y a los que se ataron a los impulsos y a los sentidos. A todos los turistas de GPS, tan interesados en la cantidad como aburridos en la calidad. A los modernos ridículamente disfrazados de postmodernos y tan a la moda. Os amo a la antigua, no sabéis cuánto. Feliz buena noche y navideño amanecer.
 
 
 

sábado, 1 de diciembre de 2012

#Anima desanimada


“Vino que alegra el corazón,
olíbano que ilumina el rostro
y el pan que nos da fuerzas.”
(Salmo 104, 14-15)

 

 

Recorro las calles oscuras, comprobando como se agotan los últimos resquicios del alma en las miradas asustadas. Tiene que ser así. El eco interminable de las redes sociales termina por agotarse buscando inútilmente su fuente, infinito es el poder de la dispersión. El mercado, en su brutal anestesia, ha terminado autofagocitándose sin darse cuenta.

 
Miedo. Todo testigo así se redime. Su mirada es siempre oración. Alejado de la ilusoria comodidad de la espiritualidad impostada, la verdad no admite regateos.


Sufrimiento sagrado, por mínimo que sea su agónico aliento, ahora que el pábilo humea. Silencio. Silentium. Muein.