“Con cantos y danzas
se adelanta Zaratrustra.”
(Fiedrich Nietzsche)
“¡Qué maravilla!
El puente avanza sobre el
torrente-“
(Tradicional Zen)
Aquella imagen que nos parece inmóvil,
transcurre como una maravillosa danza en el fluyente tapiz de luz que discurre nuestra
retina, danza de la que, tal y como sucede con el resto de los procesos
sensoriales que transcurren simultáneos a ese dinámico acontecer visionario, nosotros somos totalmente inconscientes. Por extraño que resulte, somos ciegos al
proceso que genera y prefigura cada una de nuestras miradas. De este modo,
tantas cosas ocurren ahora mismo a nuestro lado e incluso en nosotros mismos, y
nos constituyen esencialmente, de las que apenas sabemos ni sabremos nada. Danzamos
con el universo. A nada que prestemos algo de atención, nos daremos cuenta
puntual de que somos parte observadora de su propia y permanente danza, pero
esa parte “que danza dándose cuenta”, sólo es memoria, Gestalt impermanente,
recuerdo de impresiones que yacen -y suceden a otras- muertas. Aquello que vemos,
nuestra propia mirada, es tal porque, por mucho que nos cueste asumirlo, ya no
existe. Apresado el instante, yace muerto, al igual que la verdad al contarla.




