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jueves, 16 de julio de 2015

Adivina, adivinanza...



"Gusta el verano de rodearse de cuentos, de misteriosas historias a la luz del sagrado fuego, entreveradas de la magia de la música suave, el arrullo de unas olas que tornan, el placer de los cuerpos desnudos prestos al dulzor de su acople imprevisto, el indecible anhelo de felicidad, la melancolía de una noche que se sabe más efímera, el tiempo que en vano se aferra a la nocturna brisa estival, la memoria de un sol que se aproxima de nuevo a su otoñal morir, sembrando nuestra senda de un manto amarillo que se apresura a borrar nuestro rastro, sin dejar huella.

Nada malo cabe esperar del sueño insomne de una estival noche de luna nueva…"

 ¿O quizá sí?


¿Quieres descubrir el enigma gratis?


miércoles, 19 de junio de 2013

Delirio disidente

“El deseo prometeico de suplantar a Dios
es totalmente inherente al ser humano.”
(Jean Paul Sartre)




En mayor o menor grado, todo ser humano siente un cierto grado de fascinación hacia el sistema operativo en el que se haya inscrito y del que él/ella mismo/a forma parte reguladora. Su esencia creadora le insta a observar un orden que, por natural, presume divino, mediante un distanciamiento reflexivo que le permita (la posibilidad) de hackear al mismo Dios. Tratar de adueñarse así de su propio misterio, reconstruir su propio código, ampliar los límites del tiempo (inmortalidad), del espacio (ubicuidad) y del sentido (autoconocimiento). Cumplir el ansiado deseo de la auto-re-programación divina en nosotros, que termine por burlar el abismo de la disolución a la que necesariamente parecemos abocados como creaturas. Volver a la usurpada condición paradisiaca a golpe de tecnología (fisio, bió, info). Dios debe haber dejado las contraseñas de acceso a sus secretos por alguna parte.




Poco a poco hemos ido empleando el tiempo que hurtábamos a sudar el pan, a encontrar el modo de que (primero) lo suden otros por nosotros y (segundo) que lo suden las máquinas, suplantando la “condena natural” por la “liberación técnica”. Hemos suplantado, orgullosos, al tecnócrata máximo, el supremo artífice del universo. Hemos desvelado la trama y urdimbre que celosamente protegía el demiurgo en su afán por garantizar nuestro dócil (sudoroso) sometimiento a la supervivencia. Ello explica la proliferación de puestos de mercadillo que gritan a los cuatro vientos “compro y vendo oro”. La pericia alquímica se adquiere en talleres de fin de semana. En cada pequeño gesto, creamos –doméstico y cotidiano big-bang- de nuevo el universo, una y otra vez, el universo. Bien mirado, prodigiosos poderes se ocultan en la eternamente tuneada soberbia de la manzana.



jueves, 13 de junio de 2013

Aquí. Ahora.



Yo estaba equivocado, más equivocado aún quizá que ahora. Mi vida estaba dirigida mucho más por las apariencias de un ideal heterónomo que por el reconocimiento de la verdad; por la búsqueda de dinero más que por la búsqueda del verdadero sentido. Vivía dirigido por todo tipo de presiones externas, desoyendo los deseos íntimos de mi corazón. Incapaz de ver las cosas como son, como siguen siendo, sufría porque ignoraba e ignoraba por qué sufría. Tuve avidez y falsifiqué el amor como el que más.


Detenido en los pormenores del tronco, ignoraba así el milagro del árbol; atrapado en la hermosura del árbol, desapercibía el cántico del bosque; ensimismado en la sinfonía de ser uno en la magia de la caminata, olvidaba arroparme en el silencio. Perdía lo más importante, al mismo tiempo que caía en el espejismo de que sentir, pensar y creer que progresaba. Yo también era, aún sigo siéndolo, quizá un tanto menos, una isla arrogante. En pos de ser más y más estratégico, renuncié al proyecto de alcanzar ser humano. Vendí de saldo mi alma al diablo.


Mucho me costó comprender la necesidad de conformarme con mucho menos, lo importante que es saber quedarse quieto, allí donde encuentres tu casa provisional. Decepcionado, muy tarde descubrí que el vertiginoso asalto de nuevos deseos no es sino parte de un distractor carrusel del mundo. Fracaso tras fracaso, adquirí la neutra distancia de Apolo, conocí el efecto reparador de la conciencia presente, purificando el espejo de mi alma. Sabio dolor así transmutado, eco que aún reverbera, dulce Beatriz, en distancia. Quizá. Tal vez. No sé.



sábado, 2 de marzo de 2013

Medir la conciencia


“Amo a quienes unidos me aman.”
(Proverbios 8, 17)

 

 
 

¿Cómo medirnos la conciencia, cuando cada día asumimos que el abismo se ensanche más y más entre nosotros? ¿Acaso hemos olvidado que el silencio entre dos notas, del modo más misterioso, las une para siempre en nuestra alma? ¿Sucumbimos de nuevo a la llamada del pasado que intuimos en el canto de las sirenas?

 
Quizá nuestra vida no nos pertenece. Del vientre a la tumba, estamos unidos a cuantos nos precedieron en el pasado, a cuantos acompañan hoy nuestro presente. Así, en cada crimen cometido, en cada gesto amable, alumbramos también, de un modo irremediable y preciso, sin saberlo, nuestro futuro.

 
No suele ser buen esclavo quién recorrió las vidas y los mundos. Incluso ahora que las mismas fuerzas ocultas que mueven el mundo agitan nuestros corazones y se revelan certeras en nuestro interior,  guiando por la senda del eterno retorno de nuevo nuestros pasos. Antes de que podamos darnos cuenta, regresamos al ara del sacrificio.
 
 
 
 

lunes, 7 de enero de 2013

Alberca invernal


"Precipitado en sus juicios
clama el ignorante por males
que entiende bienes."
(Qurân 17,11)






Una obra de Arte es aquella que tras ser vivenciada, contemplada, escuchada o leída con suma atención, nos transforma, de modo que ya nunca volvemos a ser los de antes. No siempre adopta una forma física tangible. A veces basta un instante, un gesto, una mirada, tan sólo un encuentro fortuito, pasajero y efímero, un furtivo rayo de luz, una caricia, el roce del viento, una risa lejana que conmueve nuestra alma y nos entrega una nueva mirada tras la que todo cambia irremediablemente.



La conciencia de la Presencia, de la divina inmanencia en nosotros, nos vuelve seres muy cuidadosos, llamados a pensar, hablar (escribir) y comportarnos como quién camina por un denso zarzal con su mejor ropa. Plena consciencia a quién se halle en plenitud de la Presencia. La soberanía radica en el auto dominio de la propia existencia, desde la certeza: “Quien se conoce a sí mismo, conoce a Su Señor.”