“Mejórate a ti mismo
y habrá un granuja menos en el
mundo.”
(Thomas Carlyle)
“Empeñados en ser valiosos a
nuestro prójimo,
basta con iniciarse en la larga y
solitaria empresa
de perfeccionarnos a nosotros
mismos.”
(Robertson Davies)
Prisioneros del espejismo de un
desarrollo y progreso infinitos, solemos imaginarnos el futuro viviendo entre mágicos
y sofisticados electrodomésticos que nos hagan la vida más fácil, en lugar de conviviendo
en una comunidad de seres humanos mejores. Y en la cómoda espera de ese futuro tecnológico
pluscuamperfecto, no conformamos en sobrevivir zombificados en una compulsión de
consumo ostentoso, espiritualmente atolondrados y atrofiados en nuestro propio
ensimismamiento alimentario, productivo, reproductivo y restaurativo, vegetando en
manzanas de colmenas urbanas, salpicadas de iglesias y bares donde encontrar algún
consuelo espiritual al absurdo vital asumido y un cómodo simulacro de comunidad.
Encorsetada, esclerotizada, abandonada
a sí misma, entregada a una inercia avariciosa y explotadora que socava los
fundamentos de su propia humanidad, ahora que es más necesario que nunca, nuestra
sociedad se resiste a evolucionar y crecer hacia algo mejor. Nadie quiere
abandonar sus objetivos e intereses personales en aras al bien común. Desde la
conformidad, hemos aceptado la intromisión del caos que nos mantiene aislados,
hemos cedido a las fuerzas de la disolución. Bastará de nuevo con que una
pequeña minoría creativa de individuos auto-mejorados vuelva a organizarse y
comulgar en secreto, semillas de eternidad de las que brotan imperios y los
mantienen mientras no olvidan. La élite comienza siempre desde lo más bajo.
Sólo desde el abismo del alma se comprende que “sine vera ecclesia, nulla salus
est”.

