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jueves, 5 de septiembre de 2013

Daat

“El Eterno me condujo a un valle rebosante de huesos resecos
y allí me preguntó: ¿Vivirán estos huesos?
¡Profetiza desde el Espíritu, hijo del hombre!”

(Ezequiel 37,  1)




Vivimos en un mundo lo suficientemente oscuro como para que nada resulte ser como aparenta ni nadie necesite ya ser coherente con lo que enseña. Nada de lo que creemos saber impregna nuestras vidas ni siquiera aspira a ser realmente vivido. Allí donde el sagrado fuego de la discrepancia nos permite advertir que todo es cuestión de perspectiva, la certeza de saber si nuestra mirada es la adecuada es lo que entrevera toda fe de sus necesarias dudas. Por eso, tras atravesar los umbrales de la vida, aún necesitamos seguir estudiando, esto es, seguir abiertos al aprendizaje que deja la escucha atenta. Ni el más excelso manual de sexología suple la experiencia del revolcón amatorio junto a alguien con suficiente pericia. Así, donde la mayoría opina, conoce sólo quien verdaderamente conoce.



viernes, 5 de julio de 2013

Dioses en la balanza

“El divino ser humano era originalmente doble.
Perdió así su perfección al ser dividido por la mitad.”
(Aristófanes)

“Ianum dicunt quasi mundi vil caeli
vel mensuum ianuam.”
(Isidoro de Sevilla, Etimologías)




Los seres humanos, al igual que les ocurre a los dioses, al contradecirse se trascienden. ¿Puede haber algo aún más elevado que aquello capaz de trascenderse a sí mismo? Quizá por ello la fría castidad de Diana necesita de su furor cinegético, los excesos dionisiacos del reposo purificador, la mesura apolínea del fértil frenesí musical, el locuaz Hermes recomienda con total vehemencia el silencio, Minerva gusta defender la paz bajo su atuendo marcial, Marte babea dócil ante los encantos cordiales de Venus, la cual, a su vez, sólo se entrega paradójica a quien, en férrea lucha y con furor heroico, verdaderamente la merece…

La dinámica tiene lugar gracias al necesario contrapunto. El error de Paris fue dejarse deslumbrar por una belleza meramente sensorial, ignorando ponderar la infinita sutileza de la majestad y la sabiduría, que no admiten posible discordia. Es así la parcialidad sesgada la que, al tiempo que termina por extraviarnos, verdaderamente nos deshumaniza. Es la pereza de la mirada sensorial la que se abandona a la defensa de intereses espurios, ignorando que sólo en la totalidad tiene posibilidad de aunar discordancias la armonía. ¿Qué clase de misericordia es la que no ama a su enemigo y deja de lado al diablo? No, ciertamente, la de un Dios.




Así, el mismo Logos cortante, que diseña el espejismo de la creación con voz vibrante, reúne como Mitos lo ficticiamente separado en el más absoluto silencio. Sin espejo, no hay reflejo que valga. Revela menos Hermes por todo lo que cuenta, que la silente Atenea por lo que tan sabiamente calla. Allí donde lo ausente resulta lo esencial y lo marginal fundamental, la razón resulta una herramienta muy peligrosa y resbaladiza en extremo. Quizá por ello los manicomios pasados, presentes y futuros rebosan de exégetas que aún no se saben (reconocen) escindidos (esquizofrénicos). No se debe buscar en la periferia su centro. Quizá también por ello Heracles no dudo al resolver la ordalía laberíntica de elegir, entre Virtus y Voluptas, tertium datur, más allá de toda loa y reconocimiento, a las dos.


Lo dicho: los dioses, al igual que les sucede a los héroes, al complicarse la vida como sólo ellos saben hacerlo, la trascienden. Los tibios perecen.




miércoles, 12 de junio de 2013

Sufrimiento transformador

"Duhkha."
(Sidharta Gautama)




El gran viaje del alma, lo que busca todo buscador, consiste quizá en averiguar aquello que hay que conocer. Al igual que les ocurre a los insectos con el proceso de la metamorfosis, está en la estructura del ser humano atravesar un proceso transformador. Una vida sin un destino al que llegar, se antoja una vida desprovista de sentido. Estamos, lo queramos o no, llamados a florecer y fructificar, pese a que para ello tengamos que afrontar todo tipo de dificultades y aprender cosas que duelen. Y aquí estamos.


Puede nuestro crecimiento ser únicamente horizontal (más dinero, más poder, más bienes) o aspirar a introducirse en la dimensión vertical (de la que no cabe hablar, sino callar, esto es, hacer, experimentar). Nada tan contrario a la aventura como el confort, el bienestar adocenado, la ciega confianza los espejismos del progreso tecnológico. La idolatría religiosa ha terminado por secar el sentido espiritual de la vida, con una eficacia que resulta encomiable. Y, lo más triste de todo es que, avergonzados del propio naufragio, sufrimos intensamente, sin saberlo.