“Como el lituus encarcela a los
treinta dioses,
así muestra el jecur los secretos designios del cielo.”
(Aule Lecu)
Pese al esfuerzo de la historiografía
oficial por mantener este suceso despreciado en el más absoluto de los silencios,
186 años antes de la era común, un maestro arúspice griego, desconocido e
itinerante, introdujo en Etruria la práctica secreta de ciertos ritos nocturnos
que buscaban, con idéntica clandestinidad que en nuestros días, poner en
peligro los intereses de la aristocracia. De su oscura escuela provienen
nombres tan prestigiosos en el arte prospectivo como los de Aristón de Tesalia,
Cleofonte de Corinto, Dionisio de Cartago, Nicias de Caristo, Polícrates de
Tasos o Timóxeno de Corcira. ¿Qué saberes ocultan pronósticos, augurios y oráculos,
capaces de poner en peligro el tremendo poder que cabe suponer a todo un
Estado?

La actual simulación
computacional de nuestros superordenadores, vástagos de la secreta inteligencia
artificial y del diseño de sistemas expertos, pretende interrogar y aventurar,
mediante modelos e indicadores, el enigma del futuro, desde motivaciones no
siempre obvias. Desde el origen de los tiempos de los post-neandertales, la vida adivinatoria,
sujeta siempre a las limitaciones del incierto potencial humano, presenta idénticas vicisitudes
y necesidades, examinar los restos de aquello que hubo de ser sacrificado en el
ara. Perdido el saber que hacía efectiva la disciplina etrusca, el “Colegio
Oficial” vendido al imperio, fue incapaz de detener su caída. Ahora que somos
capaces de generar hígados a medida a partir de células madre, no somos capaces
de desentrañar las sombras que nos atenazan en el elocuente mapa de la sangre. Pese a conservar el lituus, sin
duda el progreso mutiló a los modernos escrutadores sus preciosas alas. Al menos, ahora nos queda siempre el acicate y el consuelo de disfrutar la "segura" sorpresa y tener así garantizado, manu militari, el incierto futuro.
