“Conocer el mundo sin salir de casa
y al Tao del Cielo sin asomarse a
la ventana.”
(Lao Tsé, TTK 47)
“Para sosegar mi alma, me serví
de la naturaleza.
Incapaz de hallar silencio
interior en mi corazón,
busque deleite reparador en cada
horizonte.
Así de extraños fueron mis
viajes.”
(T’u Lung, Los viajes de Mingliaotsé)
Hubo un tiempo, por estas fechas,
en que solía acariciarme el corazón visitando rumbo a Oriente a aquellos que me
acogieron, y entre los que me sentí, hermano. Era un viaje efímero, mas tan
indeleble su huella que aún se deja atrapar entre los laberintos del alma.
Aún recuerdo las nocturnas
caminatas a la espera de otra lágrima de San Lorenzo, en silencio, entre
tropezón y tropezón, parecía que la tierra, celosa quizá del estrellado cielo,
reclamase nuestra atención. Recuerdo el dulzor de la generosa higuera junto al
umbral del mas, al rayar la mañana, las sonrisas cómplices bajo las arcadas del
mikvé, la procesión de diosas al caer mágica la noche sobre el unísono respirar
de las almas, el susurrar de chascarrillos iniciáticos al calor del ágape
fraternal.
Han pasado ya algunos años. No supe
destilar en mí la esencia divina, palpar el tuétano de las rocas y paladear el
fruto de la vida eterna. Fui incapaz de nutrir mi virtud con dulzura ni logré
abandonar mis deseos al viento y proseguir viaje. Pero aún recuerdo cómo entre aquellos muros
amables y gracias al embrujo de aquellos polvorientos caminos, recobré para
siempre la fe en la belleza.