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domingo, 17 de junio de 2012

Sacrosanta celda


“La Naturaleza gusta ocultarse.”
(Heráclito de Éfeso, 123)
 
“Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor es Uno.
Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma y con todas tus fuerzas.”
(Deuteronomio 6, 4-9)









Los arduos caminos de experiencia, a través de un largo proceso de ensayo error, conducen a la maestría del viajero caminante, cambian su mirada, la abren a mundos que, hasta llegar a ser tanteados, explorados y conocidos, sólo parecían irreales a la aventura de la conciencia.

Los sistemas de creencias han de ser destruidos y reconstruidos sin tregua. Cada esquema que parece definitivo solo es aquel que tarda más en ser redefinido y replanteado. Cada verdad lo es en la medida que es provisional, transitoria aquella que una vez sentimos como certidumbre y hoy descubrimos certera contradicción. Tanta impermanencia resulta psico-depredatoria, no hay ego que se resista. Nos vuelve dóciles, indefensos, sumisos.






¿Dónde queda nuestra autonomía? ¿Dónde fue el pensamiento libre? ¿A quién o a qué extrañas fuerzas pertenece el diseño de nuestra actuales creencias, nuestra idea de lo que está bien o mal, de lo correcto o incorrecto, nuestros gustos y costumbres? ¿Quién o qué estableció nuestros sueños, nuestras expectativas, nuestras esperanzas, nuestro sentido del éxito o  fracaso? ¿Nuestra complacencia, nuestros deseos y miedos, nuestra cobardía, nuestra avaricia, nuestro “nuestro”?

Arcónticas sombras fugaces sobre el barro, intrusos que se adueñaron de nuestra voluntad para ser nuestra voluntad. Incapaces ya de reconocerlas, interceptado como está nuestro nous, cautivo y desvirtuado, nos consolamos, acostumbrados a su inflexible y vampírico mando, llamándolas “mi mente, nuestra mente”, sin percibir la invisible sintaxis de la colmena forastera que nos conforma. Ahora dicen que las pinturas de Altamira, fueron pintadas por chamanes neanderthales, en absoluto silencio, mucho antes de que llegara el Nuevo Orden Mundial: ¿Con qué intención? “¡O tempora, o mores!”





martes, 7 de febrero de 2012

Las arenas de Pancaya

“Totaque thuriferis Panchaia pinguis arenis”
(Virgilio, Geórgicas, Libro II)




Benito Jerónimo Feijoo, en su celebérrima obra[1], dejo constancia de la existencia de una tierra peculiar, en la que crecían y sangraban libres la Boswellia Sacra y el Commiphora Myrrha: la mítica Pancaya.
Como ocurre en cualquier lugar “carente de sitio” real (utopos), esto es, imaginario, no existe un acuerdo unánime sobre su precisa localización. Según nos cuenta el ensayista y polígrafo benedictino, Plinio la sitúa próxima a Heliópolis, Pomponio Mela y Borges en territorio de los inmortales trogloditas, Servio en la Eudaimon Arabia, Diodoro Sículo la describe ínsula del actual y “caliente” mar arábigo, aromática encrucijada de civilizaciones desde hace más de treinta siglos.



Pero el primero que nos dió cuenta de su importancia crucial fue Evémero quien, en los fragmentos que nos han llegado de su “Re-escritura Sagrada”, nos menciona la lápida en la que aparecían escritos los nombres de sus tres primeros reyes fundadores.
Dos grandes portentos fueron los que alumbró esta privilegiada extensión: el Anka, Bennu o Ave Phoenix, símbolo de triunfal renacimiento tras la destrucción, y la primera sonrisa de Balkis, aquella capaz de hacer perder la cabeza y el corazón al mismo Salomón, años más tarde, la sabia y hermosa reina de Shai´ba. No sé a  cual de los dos se ha de otorgar mayor importancia.


Dicen que esta prodigiosa ave instructora renace cada 500 años para enseñar a los hombres el secreto de su inmortalidad, para así librarlos de su humano exilio. Primero a Adan y luego a Set, Enoc, Matusalén, Lamec, Noé, Sem… hasta llegar a Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, David, y su hijo, Salomón. En este rey, justo por sabio, como Noé, se reúnen dos ramas distanciadas de la misma enseñanza ignea: La semítica y la yemení.
Dicen que el grupo que más fielmente aún guarda las enseñanzas del Phoenix es el de los Shabeos, descendientes de la reina de Shai`ba, que en la región esenia conocemos como mandeos, pero que ellos así mismo se denominan nasoreos o nazareos. Ellos fueron quienes acompañaron a Jesús, durante su retiro en las arenas del Mar Muerto, instruyéndole como soberano de los tres reinos[2]. El mismo Bennu fue su examinador y quien le impuso el kirqa, tras las pruebas. Gracias a ellos, conocemos completo uno de los primeros códigos de normativa comunitaria de nuestra especie que aún se conserva, los “doce mandamientos”: Respetar al Maestro interior, proteger la vida, respetar la Salud propia y la ajena, decir verdad sobre lo que se piensa y siente, decir verdad cuando se testifica, moderar los instintos, no servirse de los espíritus extraviados, honrar el cuerpo y respetarlo, no abusar de sustancias sagradas, practicar el desinterés, celebrar la muerte natural, sacrificar los animales ingeridos con el respeto que merecen cuantos donan su vida por otros, proteger así la libertad e independencia de la comunidad.
Quizá habremos de tener en cuenta este código de convivencia que hoy yace casi olvidado bajo las cálidas arenas de Pancaya, sepuntado por los rigores del implacable “cuarto vacío”[3], para volver a empezar. Una tierra nueva donde hombres y mujeres nuevamente libres se organicen social y sexualmente desde la plena igualdad y el respeto mutuo. Una tierra nueva en la que un nuevo cielo tenga al fin un “topos” real. Esa será la heroica tarea de los supervivientes.










[1] Teatro Crítico Universal, Tomo IV, Discurso X, epígrafe VI
[2] Mateo 4, 1-11; Lucas 4, 1-14
[3] Rub al-Jali