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martes, 12 de junio de 2012

Flame


“Hoy en día la  política sigue siendo el arte
de generar situaciones violentas de abuso contra el pueblo
que hagan necesario el uso de los medios de la guerra.”
(Renè Girad, Clausewich en los extremos, 2010)


"El mejor modo de encubrir intervenciones estratégicas
es bajo el paraguas internacional de humanitarismo:
nada tan conmovedor como la tragedia humana.
La defensa de nuestros intereses estratégicos
frente las amenazas de terceros puede llegar a exigirnos,
aunque siempre de un modo encubierto,
el necesario deber de provocarla."
(Enrique A. Besante, Los escollos de Siria, 2012)




Vivimos tiempos de extrema violencia, mitigada por la necesaria distracción que ejercen los medios de comunicación, encargados de mostrar "la realidad" que conviene a los intereses económicos que los sostienen y respaldan, para mejor manipulación y control de la "opinión" y -sobre todo- la "insumisión" popular. El fluido social ha de ser convenientemente canalizado para que sea útil y no se desborde. A no ser que convenga lo contrario, claro.


Carl von Clausewich, estratega clásico de la confrontación moderna, sostenía que la guerra era cualquier acto de fuerza para doblegar la voluntad de nuestro adversario en prevalecimiento de la nuestra. En ella, decía, se ponen en juego tres factores esenciales:


1. El egoismo mezquino de los intereses oligárquicos que sostienen el gobierno.
2. La racionalidad militar para estimar la probabilidad de tomar las mejores decisiones que alteren a conveniencia el cálculo del equilibrio de fuerzas.
3. El odio irracional de los pueblos, que ha de ser potenciado y alimentado hasta alcanzar umbrales de violencia animal.


No hace falta grandes dotes intelectuales para saber cuál de estos tres factores es el más frágil y complicado de manejar, hasta el punto de que se vuelva contra los otros dos. Estamos ante una de esas ocasiones en que la sobre-extensión de la tragedia humana parece conveniente a los intereses de unos pocos, de ahí que resulte, de todo punto, imprescindible, necesaria. ¿Vamos a consentirlo dóciles? El egoismo alimenta el odio y lo gestiona con el cálculo. Comienza el juego. La suerte está echada.






jueves, 31 de mayo de 2012

Los restos malolientes de Polinices

"Señores, de nuevo los dioses
han restablecido el orden en la ciudad,
en su justo punto y con firmeza,
tras haberla sacudido con ingente embate."
(Sófocles, Antígona)

"Ninguna sociedad puede legitimar un poder
que abusa de la máscara democrática
para garantizar la libertad salvaje y el lucro ilícito
en la sombra de unos pocos"
(Tio Gilito, Memorias de un neoliberal)





¡Sálvese quien pueda! Ahora que hasta la honorabilidad de los jueces -y su ensoberbecida impunidad- es puesta en tela de juicio, parece conveniente recordarle al Emperador la fragilidad de su efímero trono y la inconveniencia de recurrir para sutil alimento de su mejor pompa a trapaceros sastres. La prudencia invita a seleccionar muy cuidadosamente la compañía en la que se ejecutan actos que deben permanecer protegidos por la discreción, esto es, secretos.

Sociedad paranoide, pulverizada y escindida -más allá de sus átomos más elementales- contra sí misma hasta la saciedad, brutalmente condenada a ser descreída y al espejismo de sentirse libre, que ya no confía nisiquiera en los aduladores que fingen confiar en ella... ¡y grátis!

Egocéntricos e individualistas hasta la médula. Por mucho que nos aflija el tener que reconocerlo, alguién ganó esa batalla. Ahora toca tratar de reunir las escasas fuerzas, restañar las heridas de la insolidaridad, y sumarnos a otros que estén dispuestos a luchar y reclamar, a salvo del par Estado-Capital que nos pastorea, la plaza del bien común, sentido último de la soberanía del pueblo, asunto demasiado importante como para delegarlo a profesionales de la política y otros menos interesados mercenarios.



Por más que traten, una vez más, de contrarrestar la insumisión con la catarsis, ningún acto, por pequeño que sea, será inutil, ni siquiera el del enterrar a los muertos. De tan vistas y recurrentes, las maniobras teatrales del poder ya no distraen ni entretienen a casi nadie, son completamente ineficaces para mitigar el hambre. Es lo malo que tiene abusar de ases en una partida con mafiosos, que puedes llegar a la morgue, pero a trozos: "Hacienda somos todos, pero yo administro los cuartos públicos como me sale..."

Siempre hay algún listo que confunde sus expectativas, deseos y pretensiones de poder, con su derecho a gobernar y respaldar la "libertad" de unos pocos: "No te cortes, tú déjame mandar (administrar) a mí y sepulta siempre que quieras a tus seres queridos... faltaría más. Por cierto, recibe mis oficiales condolencias y mi más sentido pésame. La vida sigue."

Dejad que los muertos entierren a los muertos. Lo dicho, toda vez que la pasta está puesta a buen recaudo y lejos del fisco, sálvese quién quiera, tenga posibles o simplemente pueda. Hasta que los dioses reestablezcan el Orden con ingente embate... ¡Qué bueno es contar con la amistad y el beneplácito de los Creontes! La recompensa de servir en la cocina del pudiente. Estar allí donde hay más y mejores "bollos".

Cuántico y elemental, mi querido Sófocles. Simple física de partículas.


  

martes, 7 de febrero de 2012

Las arenas de Pancaya

“Totaque thuriferis Panchaia pinguis arenis”
(Virgilio, Geórgicas, Libro II)




Benito Jerónimo Feijoo, en su celebérrima obra[1], dejo constancia de la existencia de una tierra peculiar, en la que crecían y sangraban libres la Boswellia Sacra y el Commiphora Myrrha: la mítica Pancaya.
Como ocurre en cualquier lugar “carente de sitio” real (utopos), esto es, imaginario, no existe un acuerdo unánime sobre su precisa localización. Según nos cuenta el ensayista y polígrafo benedictino, Plinio la sitúa próxima a Heliópolis, Pomponio Mela y Borges en territorio de los inmortales trogloditas, Servio en la Eudaimon Arabia, Diodoro Sículo la describe ínsula del actual y “caliente” mar arábigo, aromática encrucijada de civilizaciones desde hace más de treinta siglos.



Pero el primero que nos dió cuenta de su importancia crucial fue Evémero quien, en los fragmentos que nos han llegado de su “Re-escritura Sagrada”, nos menciona la lápida en la que aparecían escritos los nombres de sus tres primeros reyes fundadores.
Dos grandes portentos fueron los que alumbró esta privilegiada extensión: el Anka, Bennu o Ave Phoenix, símbolo de triunfal renacimiento tras la destrucción, y la primera sonrisa de Balkis, aquella capaz de hacer perder la cabeza y el corazón al mismo Salomón, años más tarde, la sabia y hermosa reina de Shai´ba. No sé a  cual de los dos se ha de otorgar mayor importancia.


Dicen que esta prodigiosa ave instructora renace cada 500 años para enseñar a los hombres el secreto de su inmortalidad, para así librarlos de su humano exilio. Primero a Adan y luego a Set, Enoc, Matusalén, Lamec, Noé, Sem… hasta llegar a Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, David, y su hijo, Salomón. En este rey, justo por sabio, como Noé, se reúnen dos ramas distanciadas de la misma enseñanza ignea: La semítica y la yemení.
Dicen que el grupo que más fielmente aún guarda las enseñanzas del Phoenix es el de los Shabeos, descendientes de la reina de Shai`ba, que en la región esenia conocemos como mandeos, pero que ellos así mismo se denominan nasoreos o nazareos. Ellos fueron quienes acompañaron a Jesús, durante su retiro en las arenas del Mar Muerto, instruyéndole como soberano de los tres reinos[2]. El mismo Bennu fue su examinador y quien le impuso el kirqa, tras las pruebas. Gracias a ellos, conocemos completo uno de los primeros códigos de normativa comunitaria de nuestra especie que aún se conserva, los “doce mandamientos”: Respetar al Maestro interior, proteger la vida, respetar la Salud propia y la ajena, decir verdad sobre lo que se piensa y siente, decir verdad cuando se testifica, moderar los instintos, no servirse de los espíritus extraviados, honrar el cuerpo y respetarlo, no abusar de sustancias sagradas, practicar el desinterés, celebrar la muerte natural, sacrificar los animales ingeridos con el respeto que merecen cuantos donan su vida por otros, proteger así la libertad e independencia de la comunidad.
Quizá habremos de tener en cuenta este código de convivencia que hoy yace casi olvidado bajo las cálidas arenas de Pancaya, sepuntado por los rigores del implacable “cuarto vacío”[3], para volver a empezar. Una tierra nueva donde hombres y mujeres nuevamente libres se organicen social y sexualmente desde la plena igualdad y el respeto mutuo. Una tierra nueva en la que un nuevo cielo tenga al fin un “topos” real. Esa será la heroica tarea de los supervivientes.










[1] Teatro Crítico Universal, Tomo IV, Discurso X, epígrafe VI
[2] Mateo 4, 1-11; Lucas 4, 1-14
[3] Rub al-Jali