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martes, 26 de junio de 2012

Anatomía del Viaje

“Por mucho que busques,
no podrás encontrar al Amado
hasta que Él te encuentre:
hasta ese momento… no te rindas,
¡Y SIGUE BUSCANDO!”
(Rumi)







Todo viaje supone, en cierto sentido transicional, una alteración de las condiciones previas de las que partimos. La labor del estratega o tour operateur es la minimizar, hasta donde sea posible, las consecuencias ingratas características de dicha alteración, para lo cual suele ser necesario el plantearse por adelantado la mejor ruta a seguir entre origen y destino, desde el confortable examen del mapa antes de la partida, y los servicios de un guía instruido sobre los avatares del ignoto territorio. Cabe entonces entender en él un desplazamiento interior “real” y otro desplazamiento exterior “metafórico”, ya que lo esencial de un viaje siempre es la auto transformación que “pese a nosotros” tiene lugar.



La inercia a postergar la partida siempre encubre nuestra cobardía a abandonar lo confortable, por ya conocido, frente a la incomodidad que presumimos al cambio ignoto. Nadie quiere ser el primero en abandonar el lastre de su historia, de su casa, de su la soberanía territorial, de su hegemonía, de su estatus comunitario, de sus trienios, de sus privilegios ganados a pulso, sangre, sudor y lágrimas, a cambio de tener que enfrentarse a la incertidumbre de un nuevo hogar, por acogedor que éste se las prometa: Más nos vale lo malo conocido… Pero resistirse a partir, apostar por el last minute - low cost supone las más de las veces optar por una prisa y brusquedad sumamente ingratas, tan netamente desestabilizadoras.



Los países han decidido esto último, optando por confiar en la guía last minute – low cost de las finanzas BRICS (ladrillo) como garantes de la transición. “Claso elol, tovarich”. Un crucero de placer por el viejo Mediterráneo, ya tan navegado, requiere seleccionar escrupulosamente una compañía Salik-al-Haq sin reparar gastos. La miopía del ahorro frente a la comodidad, sale tan cara… Y es que ya casi no quedan viajeros, especie en peligro de extinción, ante la brutal avalancha de turistas “de paso”. Abróchense los cinturones, les habla el comandante del Central European Back, vamos a despegar… el aterrizaje es imprevisible, pero ya les iremos contando las turbulencias sobre la marcha. ¡Demasiado tarde para desembarcar!



Quizá hubiera sido mejor confiar en un “pastor de gacelas”. Encontrarás el lugar de reunión sólo si te dejas llevar por el silencio del desierto. Y aprovecha cada oasis, para mirarte el Alma, viajero. Allí nos encontraremos. Hasta siempre.





sábado, 16 de junio de 2012

Amar cada espacio


“No se conoce a nadie por lo que piensa,
sino por lo que verdaderamente ama.”
(San Agustín, Confesiones)
 
“Quien persevera en su locura,
terminará siendo sabio.”
(William Blake)





Este miniblog ha tenido la fortuna de ser elegido por “Musgo de estrellas”, un blog de los de verdad, especializados en la supergalaxia Zen. Resulta esclarecedor y reconfortante  acercarse allí, de cuando en cuando, o siempre que resulte necesario, para encontrar así inspiración y la paz presente que de ella –toda vez que estemos abiertos- emana reparadora. En un post reciente, se habla del miedo y la inseguridad como pecados de extravío. Pero lo que más me llamó la atención fue el modo en que reclamaba gratitud, allí donde habitualmente, en ese estado zombificado al que también se hace referencia, no solemos entenderla debida.

Hay instantes en la vida de todo ser humano los cuales, plenos de misterio, al asalto en medio de la nada, requieren de toda una exégesis, santifican al demonio de nuestro sagrado egoísmo y le hacen entregar dócil sus ígneos secretos. Pero la visita de tales obnubilados instantes, mágico encuentro entre miradas y opuestos, siempre nos bendice en un lugar, tan humilde y silencioso que tras acogernos, pasa desapercibido. Toda nuestra asombrada gratitud se la lleva el instante. Nada queda para el mudo aquí creador que lo ha hecho real, posible.



Nuestro anhelo de lo divino reposa sobre el perfume invisible del lugar, que nos acoge con tal perfección que no perturba ni la visión ni la memoria, que no se entromete, que no reclama protagonismo alguno y no se cansa. No transcurre, nos deja ser en él. El lugar nunca falla, nunca abandona, nunca reniega y desiste como tantas veces nosotros. Disponible siempre, promesa necesaria y desinteresada. Hay en él mucho más que una moral, que una ascesis, más que una doctrina y más que una experiencia: nos acoge. Aquí está la llave de la restitución del hombre y del mundo en lo Eterno.


Ser conscientes de que torpes o diestros, dormidos o despiertos, todos ocupamos a cada momento un espacio que no siempre amamos. Un lugar que hace posible aquello que nos importa, donde nuestra Alma rompe sus ataduras, donde nuestro corazón late más allá de sus límites, donde –al asentarse serena- se renueva mágica nuestra mirada y, con ella, el mundo, la existencia. Donde descubrimos lo pequeños y mezquinos que pueden llegar a ser nuestros más ambiciosos sueños. Donde sabemos que somos posibles, porque tenemos espacio. Un espacio amable desde el que aprender a acoger sin prejuzgar, desde el que descubrir lo que significa “amar” y “ser amable”. (Gracias, Ane)



martes, 5 de junio de 2012

La septima "jotarnot"

"Quizá no te de tiempo a ver el resultado.
Quizá esté más allá de lo que ahora eres capaz.
Lo que importa es la acción:
haz lo que debes."
(Mohandas Karamchard Gandhi)

"Hace días que no sé cuántos días hace.
Hace días que me digo... mañana
y espero."
(Joan Manuel Serrat, Helena)




A la mayor parte de los arquitectos de este mundo les desagrada que los forasteros entren, como Pedro, por su casa, sin pedir permiso. Así establecen numerosos cercos de seguridad, a distintos niveles. No cabe atribuir a la paranoia tal actitud de desconfianza. Antes bien, parece legítimo dicho deseo de preservar, junto con la del habitáculo, su intimidad.
El uso de Internet y de cajeros automáticos nos tiene bien acostumbrados al uso de claves y contraseñas. La criptografía actual es una disciplina emergente, no sólo al alcance de los servicios de inteligencia estatales o transnacionales. La seguridad nos parece a todos un asunto de lo más prioritario.



Como bien nos recuerda el Cantar de los Cantares, la inefable experiencia de entrar en los aposentos de palacio es un asunto reservado para pocas y, no digamos, pocos. Con lo fácil que resulta confundir el mármol con el agua, lo más probable es que muchos aventurados viajeros terminen su odisea con el culo al aire o, lo que no se sabe si es peor, consumidos por el purificador fuego.

Sin desdeñar la innegable utilidad de nombres, himnos, lemas, pases, contraseñas, passwords, keywods, logins, llaves, ganzúas, sigilos, consignas, marcas, oraciones, jaculatorias, sellos, salvoconductos, licencias, patentes, combinaciones y permutaciones imposibles, y demás santos y señas, la pureza de corazón es la clave maestra que otorga el valor necesario para afrontar con total éxito todas las pruebas, incluida la laberíntica escitala espartana de Ulam. Los demás habrán de contentarse con el resplandor del Rostro (Sar ha-anim), allí donde no valen tanques, misiles crucero ni palancas. Sólo quien regresó indemne y en paz lo sabe: "¡Ábrete, sésamo!"





viernes, 1 de junio de 2012

Sombra tras la Luz

“Cuando veas a la esclava alumbrar a su ama,
a los descalzos, indigentes y pastores
competir por la construcción de edificios,
la Hora estará muy próxima.”
(Hadiz de Yibril)



Como señalaba acertadamente el ogro de Shreck, todos los seres humanos estamos construidos como las cebollas, por capas. Exteriormente mostramos un comportamiento motriz y verbal. Tras él, hay todo un complicado edificio de creencias que, mientras nos funcionen como es debido, sin demasiadas grietas o fisuras descaradas, solemos dar por ciertas, sin entrar en mayores complicaciones. Finalmente, se encuentra el persistente tirano vital al que, entre somníferos, ansiolíticos, analgésicos y comida baja en calorías, tratamos inútilmente de engañar.

Según nos muestra este sencillo esquema argumental, podría decirse que nuestro comportamiento motriz y verbal se correspondería propiamente con el cuerpo, nuestro provisional sistema actual de creencias con la intrincada amalgama neuronal que teje lo psíquico, y el centro de la cebolla, la certeza más intima y biológica, con el núcleo espiritual. Así, podrás disfrazarte y decir mentiras a otros, autoengañarte hasta lograr una total autocomplacencia, pero dentro de ti hay algo que no cambia, pero observa permanentemente los cambios que se suceden de forma impermanente: el testigo que permanece inmóvil, asistiendo al remolino cambiante de lo que “llamamos” real.




Dicho testigo constituye la esencia de lo espiritual, la sombra de conciencia tras la que se ilumina la Luz. Uno de los puntos más privilegiados desde los que realizar cualquier clase de observación, toda vez que uno se atreva a intentarlo. No resulta fácil mirar un espejo sin ser distraído inmediatamente por el reflejo.

Hay algo hermoso y desconcertante en los espejos, que al igual que le sucediera a Narciso, nos fascina y atrapa sin remedio. Algo que nos recuerda a nosotros, que nos resulta provocadoramente próximo y familiar. Tal vez porque nosotros mismos no somos sino una especie de constructor de arquetipos, de modelador de lo real, que ha olvidado que lo es. Un hacedor de reflejos sin memoria, cuya capacidad de olvido le hace confundir, en más ocasiones de las que sería conveniente, imagen con semejanza. Un olvido que, en tanto que es del todo inconsciente, representa una brutal servidumbre.

El secreto atanor, horno invisible de la conciencia, teje el mundo y, al reflejarlo, lo hace posible: rebosa.



Cortejo de átomos ensimismados que danzan dóciles en medio de la nada, arrastrados por una voluntad que los conmueve desde dentro, que los domina con una caricia suave y perfumada. Con la misma suerte de sortilegio con que el sacrificio culinario de la cebolla otorga el don de lágrimas. Medusa fiera, algoritmo que predice el continuo suceder de formas, trasiego del trigo y la espada al son de la Palabra.

Pobre del corazón que recuerda y se reconoce atado a lo indiviso, latiendo entre el cenit y el nadir sin ninguna esperanza, sosegado, en rítmica calma, aguardando ser cercenado por la misericordia infinita de Su espada, para mejor ser repartido. Odio liberador que al fin, lo que un cruel amor ató sin reparos, después Él, lleno de infinita ternura, libera, desata:

“Perro ingrato, llegó tu hora.
¿Acaso llegaste a pensar que ibas a vivir
eternamente?”


jueves, 31 de mayo de 2012

Disidencia programada

“Son innumerables las sociedades animales
que progresan a través de la cooperación y la solidaridad.
Muy por el contrario, la competición feroz, el individualismo
y el egoismo descarnado son pruebas inequívocas
 de nuestra progresiva e irrevocable deshumanización.”
(Piotr Kropotkin, Ayuda mutua, 1902) 

“Tranquilos… ya os curará el espanto.”
(Shadow power, Market Logic, 2012)





Usurpada la viña, hace tiempo que los maestros de la estafa descubrieron que en la actual “chorizocracia” no existe herramienta más util y poderosa que el miedo para salvaguardar a un tiempo su impunidad y, lo más importante, el constante botín de racimos que aquella otorga a cada vendimia.
Los brutales recortes con que nos amenazaron si “no nos portábamos bien”, esto es, con docilidad a los insaciables mercados y a los lucrantes mercachifles parapetados tras ellos, ya han llegado, precisamente “por habernos portado bien”. Lacerado un bienestar que no era gratuito, sino condicionado a la rentable obediencia, ha llegado la hora de sentir en carne propia quién manda, como dejaba explícito William Shakespeare en el “Mercader de Venecia”, al reclamar el “justo” pago de su deuda.
Inoculado el chantaje del miedo, eficazmente amedrentada la ciudadanía, el triunfo de la sumisión ha sido –y está siendo- aplastante, una bota invisible que pesa infinita sobre nuestras conciencias: “Bendita sea la mano que, generosa, nos da de comer.”


Inexcusablemente tenemos que ser capaces de encontrar el modo de generar, aquí y ahora, espacios de autonomía real, en los que imperen nuestras propias reglas o, de lo contrario, aceptar a pies juntillas todas las imposiciones de la tiranía. Una vez más, tendremos lo que nos merezcamos, únicamente lo que conquistemos con “nuestras manos”. Ni una pizca más.
Buenos tiempos para examinar verdaderamente qué tienes en tu corazón, para medir tu grado de resistencia a ingerir “ruedas de molino”, a pasar por el “aro” de los mercados, para preservar la autogestión de tu esfínter anal, para poner a prueba la pasta de la que estás hecho, para ganarte un hueco entre los seres que aún se resisten a ser deshumanizados.
La multiplicación de los problemas irá pareja a nuestra incapacidad para resolverlos con eficacia. El colapso es ya inminente. Si tienes un diccionario a mano, corre raudo a buscar el significado de un vocablo que quizá salve tu vida: “revolución”.  Después, lucha con todas tus armas y todas tus fuerzas, haz lo que debas, que esta vez no te lo van a dar hecho…

¿Sumisión o amor propio? ¡Elige amo!


miércoles, 14 de marzo de 2012

La mirada del chamán

“Sea cual sea el camino que emprendas
no hallarás los límites del Alma andando,
tan insondable es su logos.
(Heráclito de Éfeso)

“Asistimos a la maravilla cuando observamos
cómo el Espíritu da forma al cuerpo.
Pero cuando es el cuerpo quién engendra en sí
el Espíritu, maravilla de las maravillas.”
(Jesús de Nazareth)





Una de las ventajas certeras que son atribuibles a casi todas las grandes crisis es la de permitir al ciudadano replantearse la adecuación real de la sociedad en la que vive, la fiabilidad del orden establecido que ante él se resquebraja, al tiempo que le permiten descubrir, con dolor y de primera mano, que existen pocas cosas tan inexpoliables como la propia virtud.
El ser humano actual no necesita conocer la verdad, sino únicamente disponer de un conjunto confortable de creencias, de las que no pueda dudar y –por ello mismo- a las que pueda llamar “verdaderas”.
Ese es el artificio que le permite llegar a vivir y agotar el transcurso de su vida sin volverse demasiado loco, aunque para ello tenga que pagar el alto precio de tener que vivir permanentemente esclavizado por una creciente cadena de errores. A esa cadena nos hemos referido en otras ocasiones bajo el término realidad-tunel, cuyos eslabones permanecen tan alejados de la tradicional Aura Catena.
Aquellos que la antropología y la etnopsicología actual estudia como chamanes, meros residuos caricaturescos del chamanismo primordial, son ahora los herederos de aquellos hombres y mujeres que disponían del don de la visión, la llave que capacita para atravesar el umbral de lo mágico, allí donde la dynamis del Espíritu conforma la materia y la anima, los fieles depositarios del secreto de la oscura continuidad entre la vida y la muerte, que luego habrían de dar forma a las actuales formas religiosas supervivientes y a todas las que ya están prácticamente extintas, ausentes de la memoria.
Allí donde hogaño tanto se estiman los réditos de la extracción y refinamiento del aceite de piedra, en otro tiempo se custodió con mayor celo la pasada, presente y futura sabiduría, en las que ahora son llamadas escuelas de misterios, ilustres predecesoras de los tecnificados servicios de inteligencia de las grandes superpotencias político-económicas supra-nacionales actuales. Nada nuevo bajo el sol.
Aquellos centros celosos colectores y protectores del antiguo saber de Palestina, Siria, Libia, Egipto, Líbano, Irak -y bien pronto Irán-, conforme a la agenda previamente diseñada y siguiendo directrices muy precisas, ahora han caído en desgracia.



Sentenciadas por una guerra anunciada, como ahora lo es Grecia por la implacable deuda económica a la que ha sido abocada de antemano, el vértigo de su glorioso pasado se desvanece en las sombras, sin que quede ya piedra alguna sobre piedra. La puerta de los dioses ha sido expoliada. El ánfora de Pandora rompió su sello y fuimos incapaces de retener tantos dones como aquella contenía, salvo quizá la esperanza. Los genios del mal han tomado el relevo y campan ahora por sus fueros. Nada nuevo bajo el sol.
Sirva este nuevo vano esfuerzo literario para recordar aquella mirada chamánica, capaz de desentrañar lo real oculto tras el velo aparente de las circunstancias y las cosas. Era William James quien recordaba que las diáfanas puertas de la percepción nos muestran la realidad, tal cual es, infinita, y nos advertía de cómo aquellos deseos no tranformados en actos, se volvían el veneno más corrosivo para el Alma humana.[1]
Aquél que ha permitido que tú abuses de él, ¡bien te conoce! Así como la oruga elige las hojas más hermosas para depositar sus huevos, el vil sacerdote deposita su maldita intermediación sobre aquellos mejores goces. Demasiado pronto los hombres han olvidado que toda divinidad reside en el corazón.
Así como el arado no obedece a las palabras, tampoco Dios pierde el tiempo recompensando plegarias. Por más que la secta editorial de la autoayuda quiera tomar el pelo a los ingenuos aspirantes a felices, y que hoy en día sean tomados por sabios y norma toda clase de necios, ya sean éstos egoistas y sonrientes, o se trate en su caso de aquellos más tristes y ceñudos, sólo el dolor engendra lo que el placer fecunda.
Por más que se empeñe, la burda mirada necia no habrá de observar lo mismo que advierten en sutil designio los ojos del chamán. El mundo muestra cuanto se oculta tras sus umbrales recónditos a aquel que lo abraza con la mirada serena. El humo del incienso no se revela menos elocuente que los destellos del vitrum esférico o las sombras sobre el negro espejo del agua.
La dulce parsimonia del gesto ritual indescifrable ha de resultar necesariamente luminosa para quien la traza desde el centro enigmático del Alma, allí donde ya no tienen más cabida los pormenores cotidianos, allí donde al chamán real le nace la mirada atenta, tan cuidadosa como amable. Esa mirada es la que habrá de tejer a su vez el lector con la sabia perseverancia con la que construye el pájaro su nido en la rama, dibuja la araña su tela en el aire y gesta el hombre la amistad en su corazón.



La realidad se desplegará ante sus ojos deslumbrante y silenciosa, con todos sus matices y relaciones, toda vez sea capaz de suspender en él aquellos juicios y suposiciones que conforman el grillete mental de su constreñida y limitante programación previa. Vaciarse para disponer de la capacidad de poder recibir.
Para quien descubre esta nueva mirada ni el rugir del león, ni el aullido del lobo, ni la bravura agitada de los océanos, ni la precisión de la espada son porciones de Infinito demasiado grandes. Todo cuanto se describa desde la  valentía encendida de estos renovados ojos alejará de tu lado a aquellos hombres ruines, incapaces de hacerse con un alma ni tan siquiera simularla. En la colmena laboriosa no hay lugar para la tristeza. El cántaro guarda para sí lo que el manantial rebosa.
Deseo que estas palabras te ayuden a descubrir toda la magia del mundo, aquella que permite a la Eternidad enamorarse de las obras del tiempo, sin por ello devorarlas, como muestra la imagen explícita que las encierra. Si ello es posible, daré por bien agradecido el modesto regalo.
Actúa. Así como los calabozos fueron construidos con ladrillos legales,  y los prostíbulos mediante concilios teológicos,  para ser entendida, la verdad ha de ser antes creída. Quien ama el agua se sumerge raudo en la corriente del río: nunca perdió tanto tiempo el águila como cuando escuchó los consejos de caza del cuervo.

Actúa. No caigas en asumir la dócil consigna del que nació esclavo: “No fui yo. No fue a mi”. Recuerda que sólo una sociedad que sea razonablemente libre y cuyos individuos, moralmente fuertes y de gran calidad humana, no estén sometidos a controles excesivos será la que sea de por sí viable económicamente.

Recuerda también la sabia advertencia que nos hacía certera Pheminoe, la sibila Líbica que fue madre del hexámetro griego, y cuyo célebre final fue inscrito a golpe de cincel en el pronaos del ya derrumbado templo de Apolo, en Delfos:

"Te advierto, quienquiera que fueres, hombre que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. Conócete a ti mismo y conocerás el universo y los dioses".

Actúa. Sé programada y sistemáticamente ascético o heroico en cuestiones mínimas e innecesarias; haz a diario alguna cosa, lo que sea, por la sencilla razón de que preferirías no hacerla, de modo que cuando se aproxime la hora de la más nefasta necesidad no te sorprenda con nerviosismo, sin preparación para afrontar con dignidad la prueba.




Lee y actúa. El amor a la verdad constituye, al mismo tiempo, la más sublime y la más trivial de las indagaciones humanas. Ahonda en los más pequeños resquicios, pero también abre las perspectivas más amplias. No da de comer, se suele decir, pero puede inspirar valor a nuestras almas. Y aunque sus modos de expresión, sus dudas y cuestionamientos, sus sutilezas y su dialéctica, repugnen tan a menudo al mediocre, ninguno de nosotros podríamos apañárnoslas sin los lejanos e intermitentes destellos de luz que el rostro del verdadero amante arroja sobre aquellos horizontes aparentes del mundo. Comprender significa, después de todo, abarcar con la mirada.

Antes de atreverte a adentrarte más allá y emprender así la pertinente masticación, deglución y posterior digestión definitiva de esta humilde obra, permítaseme una última recomendación que debemos al polímata Abdul Latif, fiel heredero de las Escuelas de Misterios babilónicas, que en su “Llave de Oriente” nos dejó la siguiente recomendación:

«Al leer un libro, esforzáos todo lo posible para comprenderlo de memoria y asimilar su sentido. Imaginad que el libro desapareció y que podéis prescindir de él, sin que os afecte su pérdida... Uno debe leer relatos, estudiar biografías y conocer las experiencias de las naciones. De este modo, será como si en el breve lapso de su vida él hubiese vivido contemporáneamente con los pueblos del pasado, mantuviese con ellos una relación íntima y conociera las virtudes y los defectos de cada uno... Quien no ha soportado el esfuerzo del estudio no podrá saborear la alegría del conocimiento... Cuando hayáis completado vuestro estudio y vuestra reflexión, ocupad vuestra lengua con la mención del nombre de Dios, y elevad sus alabanzas... No os quejéis si el mundo os da la espalda, pues os distraerá de la adquisición de excelentes cualidades... Sabed que el conocimiento deja una huella y un perfume que aclama a su poseedor; un rayo de luz y brillo que lo envuelve y lo destaca»[2]

Únicamente si te muestras a un tiempo osado y digno de aprovechar la dicha de mirar a tu alrededor desde la conciencia que eres, con absoluta honestidad, cabe esperar la posibilidad de que estas palabras, que ya quieren dar en ti comienzo, no se te atraganten.



[1] La voluntad de creer, Encuentro (2004).
[2] Abdul Latif al-Bagdadi (1162-1231), Kitab al-ifadah wa-l-i'tibar