Mostrando entradas con la etiqueta paciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta paciencia. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de septiembre de 2013

Intención exterior


“El frio nos envuelve en su realidad,
nos atrapa, como a la flor perenne
de nuestro jardín.”
(Nadeem Aslam)
 
“No es fuerte quien agrede,
sino quien sabe mantener a raya su enojo.”
(Al Bukhari)

 

 
 
Conseguir recordar nuestro origen unitario venciendo la propia densidad y el péndulo del extravío exterior es una proeza reservada a unos pocos, bien armados de voluntad, disciplina, paciencia y guía certera para transitar por el laberíntico escenario. Los demás vagabundean a trompicones en el olvido de la intención interior, que no es sino dócil y cómodo autoengaño, prefiriendo ocultar que “yihad” no es guerra, sino esfuerzo y servicio desinteresado.

 
La solución no está en el aislamiento eremítico. Si hemos de hacer caso a Filón, los esenios no vivían retirados en cuevas sino que, muy al contrario, su modo de vida comunitario se desarrollaba en ciudades o poblados rurales, distribuidos en en Thiasoi, Hetairíai y Syssítia, ocupando su vida en todo lo relativo al bien común. Afortunadamente, no hemos inventado nada y la sabia misericordia siempre derrota al rigor, pues nunca actúa bajo el brutal dominio del enojo.
 
 
 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Veneno apacible

“Así como nunca se arrebata la oscuridad a los dos mundos,
la oscuridad del alma iniciada, a caballo entre ambos,
majestuosa, silente y sabia, es la oscuridad suprema.”
(Mahmud Shabistari)
 
“Rester soi-même.”
(Michel de Montaigne)

 



 
Quiere nuestro hiperactivo siglo XXI impedirnos seguir siendo nosotros mismos tras la usura de la cronometración vital, allí donde ya no queda tiempo ni para la reflexión sedente ni para la itinerante, aquellas donde se rumian y caminan los pensamientos. En el estrecho lapso de una serie, de una partida de Angry Birds, de un apresurado vistazo por los titulares digitales, el timeline del Twiter o el muro del Facebok, pocos frutos magistrales cabe esperar de esta deslumbrante, vertiginosa y aciaga época. Sin espacio para la reflexión y el silencio, estamos pues abocados a un mundo sin aristas ni artistas.

 
 

Señalaba el maestro Manuel Vicent nuestro actual desinterés por el amanecer que se extiende centelleante sobre el mar, el oro cegador sobre los rastrojos que nos regala la siega de agosto, el que madura en los membrillos por el temido San Martín porcino, el que relumbra al viento en la podredumbre de la hojarasca otoñal, en el sillar románico que enciende el sol a media tarde, el las obras de Klimt y Matisse, en las letras capitulares de los códices de vitela, aquel oro que nos envuelve como una dádiva, al cero por ciento de interés,  en el mosto que fluye al final de la vendimia y que sabe dorar el crepúsculo en la copa que llevamos, ya sabios,  de la mano a nuestros impacientes labios, mientras aguardamos la promesa del brillo solar, que reestrena la vida para nosotros, cada mañana.

 
 

El oro esencial que entrega la mirada serena sobre las “Oras” no es el oro por el que se afanan y pleitean los voraces mercados. Una mirada que verá trocar en nosotros deseos y necesidades artificiosamente construidas por otras quizá más genuinas por las que sí merecerá la pena tu batallar, por las que tendrá sentido y será necesario derrochar el efímero caudal de una vida, agotar el propio camino que crearon, en su solitario andar, tus pasos. Bien mirado ¿cabe mayor codicia que la de marcarse y seguir el propio rumbo, en ese estado de consciencia crepuscular donde las cosas no son sólo posibles o simplemente probables, sino inevitables, necesarias? Aún puedes rescatar tu tiempo de la cadena de la prisa, de la impostura impuesta. Festina lente.
 
 
 

¿Te acuerdas?


“El mirto y el acanto me engañaron,
me engañó el corazón de la granada.”
(Antonio Gala, Soneto de la Zubia)
 
“Quien no pagó el precio de su felicidad
así se condenó a ser y morir infeliz.”
(Yevgeny Yevtushenko, Mentiras)

 




 
El precio de todo suele ser su contrario: trae vida la muerte, sinsentido la normalidad consentida, amor el aciago desamor. La urdimbre lunar que teje el tapiz del otoño sobre la predecible trama solar, nos dibuja ya el ala diestra de Miguel, aquella que sombría se cierne sobre su amenazadora espada, tal y como suele hacerlo siempre el macrocosmos sobre el microcosmos.

Nuestra soberbia que suele admirarse con la parte, desprecia la paciencia que sabe aguardar al todo, espejo mágico en el que se refleja y renueva, holón anidado y anidador, el instante de cada universo. La paciencia que sabe quitarse de en medio, para no estorbar ni interferir la fidelidad del trabajo especular. Todo lo creado parece un todo, si se mira desde dentro, pero, ya desde fuera de sí, se reconoce parte de un todo mayor. Ambos (el todo ascendente y sus descendientes partes a imagen y semejanza) trabajan como unidad. La más insignificante de las partes tiene una esencial tarea que realizar, quizá la más decisiva y fundamental para contribuir al éxito del soberano conjunto. No puede haber ningún fallo. El campo escalar garantiza que no haya partícula que se salga del guión, ni siquiera aquellas destinadas a improvisar.

Nuestro corazón se asoma asombrado a esta prodigiosa danza siempre en permanente y meticulosa transformación, fuego incombustible, conciencia, certeza del efímero crepitar que exhausto se extingue tan pronto como surge. Y ese asombro, al saberse tránsito, purifica de manera extraordinaria en cada renacer la precaria mirada.


 

sábado, 22 de septiembre de 2012

Otoño tradicional


“¿De qué sirve una oración
pronunciada por un corazón alejado de Dios?”
(Abu Ata al-Iskandari)
 
“Algunos llaman vitalidad en los zombis
a lo que sólo es inercia.”
(Renè Guènon, Carta a R. Schneider)
 
 

 

 

Cualquier acto realizado con el corazón puesto a disposición del Eterno, posee contenido ritual, más allá de cuál sea su forma. Cualquier forma ritual realizada desde el ego es mera impostura, farsa vana. En la intención de la atención reside (anida o no) la Tradición. Lo espiritual no se finge, se vehicula. Tiene lugar en y desde la intimidad con la Inmensidad de la Realidad Única que otorga raíz y da sentido a lo creado.

 
Ha de haber, pues, un compromiso anegoico antes con el contenido que con la forma, incluso allende las formas. Eso significa quizá la quietud silente: un compromiso que, por ser anegoico, no es menor. Muy al contrario, bien puede decirse que sólo esa clase de compromiso es Real, por ser esfuerzo y servicio en Verdad desinteresado. Vaciado de sí. Puro.

 
No cabe pues Tradición impostada. Allí donde se transmite lo que se recibe, no cabe un ápice posible de “metal”, que no es sino “otro nombre” para definir y delimitar las múltiples y extendidas formas que adopta el disfraz de la impostura. Compromiso anegoico entre almas vaciadas que se hacen una: comunidad. Nada que ver con el interés individual en lo grupal, que, por conveniencia y en su delirio pseudo-espiritual, adoptan una máscara tradicional y “pasan el rato”. Allí donde lo “eso” de lo “exo” se convierte en mueca, perversa impostura mal disimulada bajo el torpe disfraz, negocio. 
 
 
El árbol bien atado a la fértil raíz, se libra indolente de la innecesaria hoja caduca. La hoja perenne aún soporta estoica los crudos rigores del invierno. Todo en la naturaleza, también el otoño, posee un carácter tradicional, esto es, antes que nada, oculto y activo, radical, rito. Un libro bien rebelde que, en la medida que se nos revela, habla, se muestra incapaz de callar y así nos deja enSimismados y desegotizados, ad maiorem Dei Gloria.
 
 
 
 
 

jueves, 21 de junio de 2012

Reiteración y Calidad Humana


“El asunto de rectificar las malas cualidades (midot raot)
es aún más grave que las mismas transgresiones de los preceptos.”
(Rab Jaim Vital, Shalei Kadusha 1, 2º portal)


“No se entiende (Binah) al maestro
sino hasta el cuadragésimo año.”
(Maimónides, Guía de Perplejos)









El talón es la zona más baja de nuestro cuerpo. Allí es donde se acumula, sin que nos demos casi cuenta, un alto porcentaje de piel muerta. Descuidados, de un modo autocomplaciente, solemos prestar casi ninguna atención primaria (sensorial) a nuestros usos y vicios cotidianos, minimizándoles, restándoles importancia. Asumimos como “natural” nuestra propia falta total de modales. Creemos que no cabe gravedad en nuestra facilidad de enojo, en nuestra recurrente insolencia, soberbia, altanería, envidia, maledicencia… Que no es para tanto. Vasijas resquebrajadas, devaluados en lo humano, hemos perdido toda sensibilidad, verdadero talón de Aquiles, a nuestras malas cualidades.  No damos el mínimo. Sordos para escuchar, ciegos para ver, paralíticos para actuar: muertos, sin calidad.


¿Qué necesidad existe de volver a repetir lo dicho? Los cuarenta años de travesía del desierto no fueron en vano. Fueron necesarios para preparar al pueblo para recibir ¡por primera vez! la enseñanza. La vasija necesita madurar, restaurar sus fisuras, vaciarse, para ser adecuada. Se riega un árbol con la toda la paciencia requerida, hasta que llega el ansiado día en que la fruta cae “a punto” y por su propio peso. Implorar en justicia, agotadas las fuerzas, cuando todo mérito está perdido, lo que no es sino gratuito.  Israel sediento, ¿cabe mayor recompensa? Ya ves que te traje el agua de la que te hablé. ¿Qué esperas tú para beber hoy? ¿No ves ahora mismo el Sinaí ardiendo?


Solsticio de Verano. Alza su inquieto vuelo la abubilla. Salomón, ¿acaso sabes tú si volverá? Disfruta hoy la bendición de cumplir la responsabilidad de vivir (cumplir) hoy tu propia vida, si no quieres ahogarte en la maldición de dilapidarla hoy en la ebriedad y el entusiasmo de vanos espejismos ajenos, encendiendo fuegos extraños. Eterno significa también ahora, ahora, ahora…