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jueves, 11 de octubre de 2012

Élite


“Todo el árbol
ya se encuentra en la semilla.”
(Eliyohu Ben Shlomó Zalman, el Comerciante)

“Una tierra informe, vacía
y en la que una gran oscuridad
cubre el abismo.”
(Génesis 1,2)

 

 
Cada vez son menos las ocasiones en que un texto nos invita a pensar, reflexionar y a poner en duda lo que consideramos cierto. Hoy en día, ya nadie quiere granjearse enemigos, optando por refugiarse en los dogmas de lo populísticamente correcto. Pocos son los que aún cuentan con la sensibilidad suficiente para detectar aquellas palabras que, nacidas desde y para el corazón, gozan así de una libertad exquisita. Logran conectar almas en ausencia de lo sagrado.


La sabiduría primordial es un antídoto eficaz capaz de contrarrestar la locura del mundo actual y evitar que esta empañe la mirada lo menos posible. Allí donde muchos vivencian lo espiritual como la más acomodaticia renuncia a la cordura, pocas cosas hay tan verdaderamente revolucionarias y trasgresoras como el anhelo de trascender las cotas de lo inhumano. Aquel que busca lo espiritual hace frente a las necesarias adversidades con un tesón tan radical y obstinado como salvaje.
 


 
 
Allí donde la máscara globalizadora no puede secuestrar la auténtica búsqueda de lo real, es donde tiene lugar la inmersión vivificadora en la Tradición. Una inmersión que no conoce sucedáneos sociológicos ni cae seducida bajo la potente maquinaria del márketing espiritual. En vocación de minoría, prefiere a los menos, gusta de los pocos, aborrece el tropel de la cantidad frente a la exquisita calidad.

 
Tiempos informes, vacíos en su multiplicidad, confusos y oscuros pese a los esfuerzos ingentes del brillar profano, incapaces de mitigar el abismo del alma separada de su fuente, proclives a la convivencia del puritano exacerbado con el degenerado, satánica mezcla en la que todo cabe puesto que nada vale, toda vez que hábilmente se deconstruye su artificio: impostura de la moderna postmodernidad. Lo auténtico resiste, incardinado al espíritu. Que no caben distracciones con las que enmascarar la fractura del abismo sino construyendo puentes. Un arte al que se atreven pocos y triunfan menos, atrapados en el magma incandescente de los intereses propios. El creciente lunar augura el desarrollo pleno de lo aquello que, vía recta, obedece al peregrinar certero de su propia naturaleza. Sólo el peregrino sabe lo que busca.




sábado, 1 de septiembre de 2012

Mussafir odassi

“Sorprende la hospitalidad oriental.
No hay aldea cuyas casas no dispongan de habitación del huésped,
en donde todo peregrino encuentra su abrigo gratuito,
sin decir quién es o cuáles son sus opiniones.”
(Vicente Blasco Ibáñez, Oriente, 1907)
 
“El paraíso está a la sombra de las espadas.”
(Hadiz islámico)

 

 

 

La memoria sucumbe a la pereza intelectual. Allí donde uno cree haber llegado a algún sitio, ni siquiera ha comenzado a empezar. No ha habido “inicio” alguno. Por más pasos que se hayan dado, ninguno de ellos ha conseguido traspasar el umbral. Creyendo que avanzamos, damos vueltas y vueltas sobre el mismo punto, sin llegar a ningún lugar, inmovilizados en un interminable espejismo de progreso.
 

La palabra elocuente, abre el entendimiento, zarandea el alma, corta sus ataduras como una espada y la libera. Heredera del relámpago, hiende las tinieblas. Discrimina entre la verdad y la mentira, cercenando así la existencia atrapada en lo ilusorio.

 
Adentrarse en lo nuevo comporta desterrar viejos hábitos, cuestionar normas rígidas, retar y desafiar por propia iniciativa las mordazas, el sometimiento y atadura a falsos ídolos, por bellos que aparenten ser: la virtud siempre elige el camino interior de la verdad y a él siempre permanece fiel. En la fidelidad a la verdad reside la verdadera liberación, aquella capaz de desvanecer el perpetuo velo del autoengaño. De ahí su peligro. Ninguna otra luz, ningún otro cielo como el de septiembre: Balanza que libra, eje axial que aúna así a la comunidad en torno a la verdadera justicia y la devuelve a casa.