Mostrando entradas con la etiqueta recuerdo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdo. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de enero de 2013

Todavía no

"¿Fui yo algo o en alguna parte?"
(San Agustín, Confesiones I, 6-9)






En y desde su misma esencia, todo proceso -también nuestro fluir vital- suele resultar efímero en cada uno de sus transformadores instantes. Cada suspiro, cada latido es a un tiempo irrecuperable y caduco: ser desde el no-ser.

Sin embargo, todo cuanto dejamos atrás, cuanto postergamos con la intención de ultimar, cuanto condenamos a ser un pasado rescatable dentro de un posible futuro, han sido realizadas ya, simultáneamente.

La pura conciencia de Penélope teje y desteje incansable el sudario de Laertes sabiendo que la memoria es génesis poético, placentera impermanencia, tan real como transitoria, discurso huero, palabra vana.

Recordar siempre es crear, desde el olvido de lo real.





domingo, 23 de septiembre de 2012

El gusano de la duda


“No dudes:
tan sólo por la senda de la Verdad
te encontrarás.”
(Javad Nurbakhsh)

 




La experiencia del Amor a la Verdad es inmediata, no pasa por la distorsión del filtro Intelectual. A diario, el ser humano se haya dominado por los miedos y deseos de su ego, impulsos que le mantienen aparentemente alejado de la Armonía Natural, ocasionando primero sufrimiento, luego enfermedad.

 

Este delirio de separación, este engaño auto-construido, le incapacita para percibir lo real. Sólo la transmutación de estos miedos y deseos egocéntricos, devolverán la mirada correcta, la que percibe sin distorsión la Armonía Natural que gobierna lo real. Allí donde hay un yo, no puede haber nada más. El trabajo, consiste en recordar de modo permanente nuestra inclinación al miedo y al deseo, esto es, al sabotaje del auto-engaño.

 

Alma de lo existente, de ti me llega el amor con el que amo todo cuanto existe. Una vez más, trataré –quizá- de recordar no volver a olvidarlo.
 
 
 
 
 

sábado, 15 de septiembre de 2012

Espejo olvidado

“Nuestro ser más íntimo aspira elevarse a lo universal,
obtener la gracia espiritual de la iluminación interior,
actuar así bajo su encantamiento.”
(Rene Guenon, Apreciaciones sobre la iniciación )

“...perch’io la veggio nel verace speglio
che fa di sé pareglio all’altre cose,
e nulla face lui di sé pareglio.”
(Durante, Paraíso XXVI, 106)

 

 


 

El ser humano contemporáneo rehúsa quedarse a solas, ya que tiene la incómoda certeza de que en ese estado de total aislamiento, está de todas las formas posibles ¡menos sólo!. Busca así, de manera compulsiva, lograr huir de la sobrecogedora presencia que presiente en soledad, buscando en vano refugio en el mundo efímero y evanescente de las apariencias, distraído, entretenido, disperso, extraviado, en olvido. Dando la espalda –como si fuera siquiera posible- a lo Eterno. Tememos el retiro que propicia el necesario encuentro más que a la muerte. Nada nos aterra más que la certeza de sabernos -a solas y oscuras- luminoso y concurrido espejo.
 
 
Un acceso –quizá accidental- al ámbito supra-racional de las ideas no-cautivas genera ya una huella indeleble de anhelo espiritual que ya nunca –por más que se intente- seremos capaces de olvidar. Quién saborea así tal grado de libertad está irremediablemente perdido, aprisionado en el psiquismo convencional. Descubre en la razón la más ensoberbecida forma de la locura. Su conciencia ordinaria se ha convulsionado, como la tierra por el rayo, por el irrefrenable estertor de quien acaricia siquiera la arquetípica piel del símbolo.
 
 
Nada vuelve a ser lo que era. O, mejor aún, todo comienza a cobrar su ser por primera vez, en la medida en que por vez primera se imagina sin impurezas ni herrumbre. El corazón envenado por las aguas del Leteo, deja dócil actuar el antídoto que le devuelve la mirada y, con ella, el recuerdo. ¿Qué importa que –debidamente pulido- permanezca escondido el espejo? El reflejo limpio devuelve fiel –ego, corazón y espíritu- cada cosa a su sitio. La luz a su origen. No se queda con nada. Quién ve lo reflejado, permanece ajeno al espejo.
 
 
Y Dios es el espejo en el que nos sabemos espejos. Encuentro.
 
 
 
 

domingo, 2 de septiembre de 2012

Hermosa huella

“En su secreto circunvalan los refinados de espíritu,
imparables hacia el amor caminan sus corazones.”
(Ibn Arabí, Tannazzulat al-mawiliyya)
 
“No te asustes cuando te asalte la hostil indiferencia
por calles y avenidas, por cárceles y trampas, por tumbas infinitas.
No temas la vorágine, ni huyas del torbellino, ni cedas al rigor.
Regresa siempre al dulce pálpito del silencio.”
(Omar Khayyam, Rabaiyyat)

 

 

 

Sólo quién verdaderamente ama la belleza eterna, la oculta tras la belleza efímera de las cosas. La belleza que se oculta en la sabiduría, en la destreza, en la soltura, en la vivacidad, en la finura de rasgos, en la gracia de los movimientos, en la ligereza de gestos, en la generosidad y en la valentía, para que el alma noble así las descubra y reconozca. Poderosa es la fuerza del recuerdo.

 

No somos capaces de ver fuera sino la belleza que guardamos dentro del alma, la que en su espejo verdaderamente se conmueve y rinde porque se atesora. Que llega la belleza al alma antes que a los sentidos. Que bien reconoce a su imagen la humilde semejanza, y se muestra agradecido lo que se sabe posible gracias a lo necesario. Bien poderosa es la fuerza del recuerdo.

 

La celosía del alma sabe más de la luz que oculta que de la que la traspasa. Amor que fluye entre el temblor de dos espejos, dejando grácil la huella de su hermosura. Verbo, palabra que fluye hecha acción. ¡Cuán poderosa es la fuerza del recuerdo!