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martes, 10 de septiembre de 2013

Shekhiná

“Buscando refugio
se encarnó la palabra.”
(Juan 1, 14)
 
“Teteléstai"... Parédoken to pneûma.
(Juan 19, 30)

 

 
En el camino inicial de auto perfeccionamiento, retruécanos aparte, se requieren y son necesarios, como el tránsito por cualquier otro sendero, planteamientos previos a la plasmación definitiva de la intención, técnicas con las que implementar la estrategia amatoria, pues no se consigue culminar aquel sin el concurso transmutatorio del amor.

La práctica sacramental de la amatoria reunión, hito que eleva en nosotros el Espíritu, palanca que rasga el velo de lo aparente, peldaño que obra el prodigio de la la transformación, constituye la llave maestra para abrir, desde una renovada y renacida consciencia, la mirada. Mirada y consciencia que, no podría ser de otra manera, son así despreciadas y quizá hasta ridiculizadas por la severa inopia de cuantos y cuantas las ignoran.
 
Por encima de vanos voluntarismos, sólo el amor nos despierta y abre a la verdadera experiencia del amor, allí donde hasta el menor gesto, hasta el más aparentemente insignificante, incluso el más escatológico, se haya así siempre inmerso en el más imperceptible escenario del campo escalar, y allí se descubre necesario vehículo de la Presencia: sagrado. Plenamente vigilantes, humildes y abatidos, no es posible superar y sublimar el mundo en Reino sino a su través.
 
 
 

sábado, 3 de agosto de 2013

Llanto del Sol Laureado

“Al ver rebosar sus lágrimas como perlas,
las oculta enseguida por miedo al delator.”
(Casida de Al-Yawhar)




Este mes lunar estaba consagrado por los pueblos que se organizaron bajo la tradición celta al astro solar, bajo la advocación ibera de Lugus (cuervo), "aquel que ve más allá de las puertas del tiempo", próximo al Ianus etrusco, para regresar así al pasado y/o adelantarse al futuro. La necesaria hierogamia entre el sol y la tierra sacralizaba así el lecho de encuentro: el ara solis, convocando, al comienzo del -luego usurpado como- mes del emperador Augusto, a la asamblea congregada en torno al Concejo.

Para garantizar la productividad que requiere el imperio en tiempos de paz (oro, bórax, minie), aquellos que residían en el abrigo de los montes agrestes, fueron obligados a habitar en la planicie asolada y sometidos a transitar las pavimentadas calles de la urbe romana, desprovistos así del contacto directo con la tierra, jefes leales y domesticados bajo sagrado juramento.

Gobernados por el invisible yugo del sacramento al que juraron obediencia y lealtad, bajo la atenta presencia de los dioses por testigos, al Máximo Pontífice de Roma. El culto al laureado astro solar (Sun Laurentius), señor del camino y el umbral, únicamente fue tolerado a través de su dominador intermediario. 




Suele el imperio usurpar la simbología ancestral para asegurarse así la cúspide en la jerarquía sagrada, garantizada dicha suplantación por el celo y la estrecha vigilancia de los Collegia Fabrorum, aún vigentes en nuestros modernos días, así en la Tierra como en los Cielos.

Cabe a la inteligencia militar, allende los siglos, la pertinente sumisión de las masas a través de la propagandística manipulación de los símbolos. Las ciudades son parrillas meticulosamente programadas para el sacrificio cotidiano de los súbditos y contento de los dioses, mediante lazos tan invisibles como inexpugnables. En Gallecia, se sigue aún celebrando el 25 de Julio (una semana previa al Lughnasad) pero ya se ha olvidado el porqué.


Triunfó Augusto, sepultando bajo los adoquines la memoria. Debajo aguarda Gaia, anhelando encontrarse y fundirse con Lugus,  su luminoso amante. Lo que antaño fue un lecho donde se amaban los dioses, hoy es el grillete con el que las instituciones del imperio encadenan a los súbditos, profanando con total impunidad el santísimo sacramento de Lugh. Quizá por eso aún lloran la Perseidas.




viernes, 7 de junio de 2013

Poimên

“Saldremos a la viña, casi al amanecer
y, si brotó ya la vid y floreció el granado,
tendrás entonces mis amores.
La mandrágora exhala su dulce cautivador aroma.
Bajo nuestro dintel, hermosa resplandece
la fruta joven y la madura que para ti, 
amado mío, con tanto celo he guardado.”
(Shir Hashirim 7, 12-13)

“Al respirar, pon atención.”
(Terence McKenna)




Todo sacramento, siempre y cuando no albergue en sí el señuelo de la inerte impostura, ofrece, a quienes -osados- participan virginalmente de él, una ampliación de conciencia tal que muestra límpido el cielo y hace resplandecer a las diminutas estrellas como soles brutales.  Esta ampliación de conciencia resulta tan vital y necesaria para la entera humanidad que todas las culturas, sin excepción, conocen su cultivo, recolecta y meticulosa preparación. Sin los sacramentos, cada ser humano permanecerá así disminuido, atrofiado, aborregado, a merced de otros tóxicos subyugadores y, por ende, mucho más rentables al vigente sistema de dominación, que termina pues manejando (administrando) todo aquello que, lejos de liberar, "engancha".

La sabia maniobra del siglo quiere así destruir, a toda costa, el campo semántico del entheógeno, para que dichas sustancias, de origen animal, vegetal y mineral, queden ahora reducidas únicamente al ámbito químico y farmacológico de la mera alucinación recreacional, debidamente incentivado y promovido, eso sí, al encontrarse -por ley- fuera de ella. Perversa confusión… perversa intoxicación. Perversa estrategia.




Nada como salir en pos del trébole, arropado por los tuyos, allí donde la naturaleza aún se abre generosa a cuantos hombres y mujeres perciben el poder y la sabiduría que se esconde tras cada detalle aparentemente insignificante, para quienes, conocedores que desaparecen en lo conocido, se aúnan en un impersonal conocer, en un proceso interactuante sin dueño ni esclavo, llovizna suave y salutífera que tiernamente hace posible -y prosperar- el oro de una vida vivida desde lo real: la atención.


¿Conseguí tu atención? Ya puedes seguir, entonces, dilapidándola a raudales en tu compulsivo y adictivo zapping preferido: ¿Qué será lo siguiente? ¿Qué será lo siguiente? ¿Qué será lo siguiente? Vivimos en el vértigo, el tiempo de la supercomputación cuántica. Un tiempo en el que todas las cosas, también tú, también yo, suceden (sucedemos) simultáneamente. Si aún no crees lo que te digo, tan sólo presta atención. (¡Y no te distraigas!)