lunes, 13 de febrero de 2012

Memorias de Isla Tortuga

“La Historia es una construcción política
cuya meta no es tanto mostrar la Verdad de lo ocurrido
como suscitar ideas útiles al poder constituido.”
(Marco Tulio Cicerón, De re pública) 

“Mi barco, mi tesoro.
Mi Dios, la libertad.
Mi ley, la fuerza y el viento.
Mi única patria, la mar.”
(José de Espronceda, Canción del pirata)

 “Comparte todo lo que tienes,
excepto los labios de quien amas”
(Sheij Bedreddin, 1416)



Una de las más bellas descripciones de la sociedad ideal la encontramos en Ovidio, cuando señala:

“El hombre de la Edad de Oro honraba la fidelidad y la rectitud de forma espontánea, sin ley que le obligase. Castigos y miedos no influían en su conducta. En ese siglo feliz no había que prestar atención a amenazadores edictos, ni la turba miraba con temor suplicante la fisionamía del juez, sino que sin jueces se sentían seguros. Intacto en los montes, el pino aún no había descendido a las líquidas ondas en forma de barco para visitar un orbe extraño […] No rodeaban todavía las ciudades fosos profundos, y no había clarines y trompas de metal, ni curvos cuernos, ni cascos ni esadas. Sin ejercicios militares, la gente disfrutaba segura, de ocios apacibles. La propia fuerza de la tierra daba toda suerte de frutos líbremente, sin necesidad de que el rastrillo la tocase o el arado la hiriese. Sin cultivo alguno, había alimento para todos. Se recogían los frutos del madroño, fresas silvestres, cerezas, moras criadas en los espinos y bellotas que caían de la ramosa encina  consagrada a Jove. La primavera era eterna. Plácidos céfiros acariciaban con tibias auras flores nacidas sin semilla. De continuo la tierra aportaba trigo y legumbres sin necesidad del arado. Y junto a ríos de nectar corrían ríos de leche”.[1]

Esa sociedad quizá sólo soñada, se niega siempre a ser realizada, desea permanecer utópica, imposible, futura e inalcanzable. Creemos rozarla en su materialización, pero se escabulle antes de nuestras manos que de nuestros corazones.

De algún modo, quizá nunca confesado, pervive en cada uno de nosotros, Arcadia evanescente y efímera, como una posibilidad latente de realización en lo individual y desde lo comunitario, al margen (y a salvo) de aquellas otras estructuras de poder que áun esclavizan al ser humano y, de un modo más habil, le encadenan.

Una espiritualidad sin “religiones”, una vida en común sin necesidad de Estado, una comunión con la realidad sin intermediaciones, un modo de ser distintos y tan diferentes sin dejarnos por ello a nadie de lado. Donde tengan cabida incluso los que reniegan de Lennon y su Imagine, dorada como nos la dibujó Ovidio y dichosa como la recordó don Quijote ante los cabreros.

Donde nuestra autoxigencia ética sea máxima, desde el imperativo categórico, y las leyes escritas mínimas, como la reflexionó Kant. La vida una experiencia radical de entrega y servicio consciente al prójimo, de la que dieron ejemplos tantos y tantos otros.

¿Qué hacer, mientras tanto? ¿Por qué no existió timón en el diseño original del Arca de Noé? ¿Cuáles han de ser los pasos y los plazos? Yo tampoco lo sé.




Quizá sirviera de poco cambiarse el nombre a Samuel, como hiciera Umar ibn Hafsūn ibn Ya`far ibn Sālim en el 899 y tratar de encontrar un nuevo Bobastro. O mostrar una abierta oposición a la animalidad de cualquier forma de poder constituido, como hizo el premarxista Ibn Jaldún[2], contraponiendo el ideal ético de la ayuda mutua y la cooperación entre los que se reconocen miembros de una comunidad en el desierto, frente a la cómoda obediencia urbana hacia el Estado, verdadero conflicto central, ahora que nos hallamos tan febrilmente indignados.

La aspiración a una vida libre de cadenas , sin estar sometida a ninguna relación de poder, sin sumisión ni dominación, rechazando cualquier autoridad exterior al ser humano, es un anhelo lárgamente perseguido, aún en sociedades como las nuestras, brutalmente interferidas e intervenidas por la feroz regulación del Estado con el apoyo de sus poderosos tentáculos: los mass media, el show bussines, la casino society, virtual hi-tech relations y, en fin, todo lo que abarca ese viscoso conglomerado jurídico-político-económico y militar que conforma la red de secuestro dentro de la cual discurre nuestra existencia[3].

Cada día que pasa, la población está más convencida de que la autoridad de Estado solo sirve para garantizar que el oportunismo egoista de unos pocos prevalezca sobre el bien común de la mayoría, tenga la forma y el color que tenga, éstos sólo son una práctica fachada disfrazada de alternancia pactada.

Bajo la carta de Estado blando como mal menor, y el indudable miedo mayor a los tanques, nos así hacen tragar el veneno del “Estado necesario”.

Naturaleza frente artificio ¿serán capaces los seres humanos de organizarse alguna vez, sin depredarse los unos a los otros?




Hasta que llegue ese momento, reflexionemos sobre alguno de los conceptos que nos brinda el genial Hakim Bey[4]:

TONG[5]

Lo que empieza siendo un apoyo mutuo secreto y puntual para evitar alguna clase de “marrón” oficial, puede terminar desembocando en una relación estable de ayuda mutua, una red social clandestina, una red de redes, un movimiento revolucionario para despertar la conciencia ciudadana aletargada, quizá el núcleo de la nueva sociedad, dándose a luz a si misma dentro de la corrompida cáscara de la antigua. Para todos estos pro-pósitos la sociedad secreta promete proporcionar un útil marco de clandestinidad protectora -un manto de invisibilidad que tendrá que dejarse caer sólo en el caso de una confrontación final con la BEM[6]

ISLA TORTUGA

Minisociedades o comunidades intencionales que se sitúan y organizan con meticulosa planificación fuera del control del Estado, hasta donde y cuando les es posible. No aparecen en ninguna clase de mapas.

POTLATCH

Esfuerzo y servicio desinteresado que se brinda a y se recibe de otros. Una sociedad sin dinero. Peligroso, alta toxicidad revolucionaria. Extirpar.

PALIMPSESTO

Difusión libre del conocimiento, sin cobrar ni pagar derechos de autor. Un ejemplo podría ser Wikipedia.

ZAT[7] (TAZ en inglés)

Forma de colaboración sin compromiso ni búsqueda de permanencia o reconocimiento. Haz bien y no mires a quién.  Dura lo justo para no ser intervenida, detectada o aplastada, aprovechando huecos, grietas y fisuras del propio sistema. Su mayor fuerza reside en la total invisibilidad. Tan pronto como la ZAT es representada, nombrada o mediatizada, desaparece.

ZAP[8]

Germen humano de la sociedad futura. Personas que han decidido contruirse y construir con lo mejor de sí mismas un mundo mejor, que se organizan mediante asambleas, comparten recursos y estructuras de forma comunitaria, elaboran sus normas de convivencia de manera consuetudinaria, conviven bajo las premisas de amor fraterno y ayuda mutua, otorgan una prevalencia de los bienes, metas y valores espirituales frente a los materiales, en ausencia de sexismos de cualquier clase, repudiando la posesividad, el egoismo y el dinero, y cultivando de manera integral la propia virtud y buscando una convivencia razonable con la Naturaleza. Está ocurriendo, más cerca de lo que crees.

INMEDIATISMO

Si no es aquí, dónde. Si no es ahora, cuándo. Si no eres tú, quién. Deja atrás la culpa pasada y no cargues con los miedos que promete el futuro. Aunque tengas la absoluta certeza de que alguien se opondrá a ello con todas las fuerzas a su alcance[9], vive ahora como siempre has soñado. Hazlo real inmediatamente.

DESEAR UN MUNDO SIN ESTADO ES NATURAL

Lo que te parece enfermedad, es curación.

ZONA PROHIBIDA

Todas aquellas en la que en un intento desesperado por sobrevivir, el Estado agónico ejercerá intensas formas de estorsión y violencia, a niveles que, aunque ya no sorprenden a casi nadie, mucho menos agradan a quien las sufre sobre sí y los suyos. Ponte a salvo.

La “vida pirata” nunca ha resultado fácil, pero, como reconocía Espronceda, resplandecen en ella tesoros, leyes, patrias y dioses inefables:


"En mi se ha reencarnado el alma de un gaucho matrero,
como la de Calandria, el errabundo aquél,
que amaba la espesura, igual que el puma fiero,
y que amplió las leyendas del bravío Montiel"[10]




[1] Ovidio, Las metamorfosis, I, fábula V. Ahora ya sabemos en dónde se inspiró Ieronimus Bosch para su panel central del Jardín de las Delicias.
[2] Muqaddima, 1464.
[3] Michael Focault, La verdad y las formas jurídicas, Gedisa, 2003.
[4] Pseudónimo de Peter Lamborn Wilson, padre de la Anarquía Ontológica y del Terrorismo Poético, 1991.
[5] Término apropiado de las sociedades mafiosas chinas.
[6] Babilonia Estatal de la Mediación
[7] Zona Autónoma Temporal
[8] Zona Autónoma Permanente
[9] Todo lo que ahora vampiriza tus energías…
[10] Martiniano Leguizamón. Calandria. Solar/Hachette (1961)

La muerte de Hilerno

“Parva urbs,
sed bene munita.”
(Tito Livio, Anales XXXV) 

δ πεκρίνατο ατος
πατήρ μου ως ρτι ργάζεται
καγ ργάζομαι
(Juan 5,17)

“Delante del juez no se larga,
pocas palabras y mirada a tierra.
Al que se va de la lengua se le desgarra
y sin demasiado cuidado se la entierra”
(Honorable sociedad, 1412)








A los que soportamos y sobrellevamos de mala gana la sociedad actual, que somos bastantes más de los que nos atrevemos a confesarlo públicamente, no nos queda otra alternativa disponible. Habremos pues de inventarla. A todos cuántos contribuyan al diseño de una nueva sociedad humana y se sumen a tan alta causa, habremos de bien retribuirles  con trigo y podrán tener el grande honor de saborear el vino del concejo en la centenaria copa de plata.
No son muchas ni fiables las fuentes clásicas de las que disponemos a la hora de reconstruir el pasado de los pobladores de la península y para así poder justificar las evidentes variantes que presenta nuestra histórica idiosincrasia, con respecto al conjunto europeo. Así, por ejemplo, nuestra férrea resistencia a la oferta de dominación de Roma, por entender nuestra forma de organización previa mucho más civilizada.
Hemos de recurrir a los autores grecolatinos[1] que se tomaron la molestia de describir nuestras costumbres y a la corroboración arqueológica de las necrópolis[2] para tratar de entender –paso previo al de amar- cómo y por qué somos como somos.


Nuestra organización ha sido siempre antes horizontal que vertical, y sólo por motivos de estricta necesidad o crisis, la asamblea delegaba el liderazgo aglutinador de la defensa comunitaria en los puntuales caudillos o en los designados por el conjunto como jefes.
Dicen que, cada año y en Concejo abierto, dividíamos los campos a suertes y estos se trabajaban según lo hubiera decidido el sorteo. La cosecha era comunal y se hacía de ella reparto según las necesidades de cada cual. La mentira y el engaño se castigaban con la muerte o, peor aún, con el ostracismo.
Dicen de nosotros que preferimos autogobernarnos libres que sufrir el yugo de ser gobernados a la fuerza por otros[3], por entender que la libertad es un don mayor que el de la vida. Que somos capaces de agotar al Orden establecido con nuestros caóticos[4] fuegos incendiarios- Que creemos que sólo hay progreso real cuando se pasa de una sociedad de jefatura a otra mucho más igualitaria, y no a la inversa, como entienden muchos. Y que la vejez –tanto en trasuntos angélicos como diabólicos- es casi siempre un grado.
Que nos gusta hacer sentir como héroes a quienes se juegan la vida por la comunidad y parten con la feliz consigna espartana de “vuelve con el escudo –pelta- o sobre él” pero “nunca sin él”.
Como ocurrió allá por año 193 a. C. con Ilernus o Hilerno, designado por la asamblea como legado para establecer alianza entre vacceos, vettones, orcades, carpetanos y celtíberos, y sumar así fuerzas contra el imperial invasor que alteraba la paz previa, para imponer nueva la suya y siempre por el convincente argumento de las armas. Y luego con Olonico u Olindico, en 170 a. C. que sobre estimó la voluntad de los dioses de estar de su lado y lo pagó muy caro. Y al venerable Caro o Cacido, como portavoz de los segedenses en 133 a.C., en la pugna por ampliar la muralla frente a la desautorización del Imperio, que costó a posteriori la pervivencia de la gloriosa resistencia de los héroes de Numancia.
Sea como fuere, en los asuntos de la vida, ya fuera en tiempos de guerra o de paz, cuando hay que tomar decisiones que afectan los intereses comunes es el pueblo reunido en asamblea quien soberano las toma. Nunca necesitaron los celtíberos para poder dirimir y esclarecer todas sus cuestiones de orden práctico y convivencial, de ningún rey o Estado. No concebían otra autoridad que la pública asamblea en la que primero se escucha a los que se sabe más sabios, los ancianos.
Y portavoz no es el que manda, sino el que habla por todos, el que da la cara, aunque se la partan. No hay más honor que el que viene de la mano del valor y del esfuerzo por la causa común. Iguales en la vida, en la muerte e, incluso, en el descanso eterno, odiaban la falsedad y la mentira, por encima de todo.

Así éramos nosotros, antes de ser moldeados a gusto y necesidad de imperio impuesto, antes de estar sujetos a reyes ni reinados. Prontos a dejar la vida cuando se nos hacia enojosa, prefiriendo el suicidio a las penalidades de una vejez precaria, acostumbrados a la agilidad y resistencia, luchando con los rigores del clima y prontos para la pelea, sabios protectores de la naturaleza en la que se protegen y subsisten, tan respetuosos con la muerte, como amantes de la vida, el solaz, el recreo y la fiesta, como aquellas tan machistas que eran las doncellas las que perseguían a los mozos con ramos y tirsos. Saltando hogueras. O presumiendo a caballo, de agilidad y destreza.  Así éramos nosotros.
Lejos del calor del hogar, que hacía más llevadero el oscuro y frío manto de la noche invernal, Hilerno cayó prisionero a manos de las legiones de  Marco Fulvio, en las proximidades de aquel pequeño núcleo carpetano en el que dieciséis siglos más tarde, en  1412, se fundó la honorable sociedad de la Garduña, aún vigente. Aceptó así el destino que le había previsto el imperio de un dios tan innominado como poderoso.


[1] Diodoro de Sicilia y Floro están entre los que mejor nos reconocemos.


[2] Mª Paz García-Gelabert, Marco socio-político de celtiberia, Lvcentum IX-X, 1990.


[3] Los ejemplos se suceden in extenso a lo largo de nuestra tribal historia: Cántabros, numantinos, guanches…


[4] Y habría que añadir “estratégicos”.

sábado, 11 de febrero de 2012

Los Terapeutas


“La perfección siempre llega de modo inesperado.
Por ello es preciso estar abiertos,
preparados para cuando la ocasión
haga aparecer el nunc aeternum,
lo indecible.”
(Francesco Alberoni) 
“Quien se ha hecho esclavo de los hombres
se ha hecho antes esclavo de las cosas”
(Epicteto de Frigia, s. I)





Pocos psicólogos y profesionales de la salud actuales conocen que, en origen, el término griego terapeuta significa “servidor de Dios”. Ese era el término por el que querían ser conocidos una comunidad de judíos egipcios contemplativos que se establecieron durante el siglo I de nuestra era en las proximidades del lago Mareotis, próximo a la ciudad de Alejandría.

Si hoy conocemos las hazañas de este significativo antecedente del monacato cristiano, es gracias al relato de primera mano de Filón, que los conoció en persona y nos hizo llegar la descripción[1] de su modo comunitario de organización.
La vida contemplativa o de los suplicantes contiene los pormenores y el encomio de un grupo dúplice de ascetas judíos, hombres y mujeres, que viven separados de la gran urbe, con un proyecto de contemplación, que incluye la lectura, el estudio y la interpretación de las Escrituras, la vida en común durante las comidas y liturgias y la búsqueda del ideal filosófico y de renuncia a los bienes exteriores.



Aún proviniendo de sitios diversos, los miembros de esta comunidad convergen en un objetivo común, un esfuerzo por mejorarse (ascesis) para entregar el fruto de ese tesón al grupo. De este modo, los “terapeutas” mantienen una alternancia entre vida independiente y vida comunitaria. Viven aislados seis dias a la semana, dedicados a la contemplación y al estudio de sus textos sagrados.

El séptimo día estaba dedicado a la comunidad, donde en congregación se realizaba una exégesis simbólica y comentario de la escritura por parte de los miembros más ancianos.

Cada siete semanas, se celebraba un ágape comunitario frugal extraordinario, acompañado de la lectura y comentario de textos. Tras la comida, la asamblea cantaba salmos en estilo antifonal. Esta celebración llega a su culmen con un representación coral con el que se conmemoraba el paso del Mar Rojo que se narra en el Éxodo. Tras el rezo comunitario, los terapeútas se recogen en su vivienda particular.

¿Qué motivaciones puede llevar a unos individuos a desear mantenerse alejados del “estado de bienestar” que procura la urbe?

No son muy extremistas en su aislamiento, como los anacoretas del desierto, que malviven escasos de agua y provisiones en grutas o enterramientos saqueados por los necromercaderes. No buscan evadirse de un mundo en las postrimerías, en una oscuridad y silencio que sea permanente. Buscan, por encima de todo, alcanzar un equilibrio entre la autonomía individual y la vida en sociedad, entre la satisfacción frugal de las necesidades básicas y la celebración ritual, entre los dones de la reflexión interior y los del diálogo fructífero.

No desdeñan en modo alguno compatibilizar fuentes griegas y judías, tratando de armonizar la pluralidad y diversidad doctrinal entorno a la idea conciliadora de una misma Voluntad Eterna que se pone de manifiesto en la riqueza y variedad de la multipicidad. Encontrar en las ideas y modelos de explicación que encuentran los hombres, el escondido guiño de lo divino. De Dios.

En la república “independiente” de los y las terapeutas, pues se trataba de comunidades dúplices o mixtas[2], los diálogos y las discusiones son siempre amenizadas por banquetes que forman parte del encuentro ritual de convivencia y favorecen el diálogo y la voluntad de salir de uno mismo, después de los seis días de concentración contemplativa. En ellos se sirven con fraternidad unos a otros, pues consideran que entre ellos “nadie es más que otro”.

Invocan himnos, cantan y bailan, cuidan los huertos y recogen las frutas y las flores que amenizarán los encuentros semanales, se entregan con pasión al estudio de las “artes que les liberan”: matemáticas, filosofía, medicina, astronomía y teología mística. Y todo ello como una forma de servicio y entrega desinteresada a la comunidad, rostro visible de Dios en la tierra. Encuentran su salud en una idea central: llegar a ser dignos “Servidores de Dios”.

Para Filón, esta “medicina” que ejercen y profesan en la vida comunitaria es mucho mejor que la que se practica en las ciudades ya que, sin descuidar tampoco los cuerpos, da preferencia al cultivo y liberación de las almas, afectas a males tan graves como los que son infringidos por los placeres y las concupiscencias, los miedos, las codicias, por la locura y la injusticia, y por un número infinito de disturbios mentales y vicios.

La disciplina a la que libremente se someten les otorga la virtud de la profecía y de la curación espiritual y corporal, pues tales son los dones con los que se suele recompersar al que practica un esfuerzo desinteresado por la comunidad. Esa significación es la que ha calado en el término que utilizamos en nuestros días, lo que no se reconoce es su fuente, que excede con creces el mero entrenamiento académico e instrumental.

El terapeuta no cura tanto por lo que sabe, como por lo que sirve. Es decir, sirve porque verdaderamente sabe y entiende la importancia y responsabilidad de tal servicio.

A los terapeutas lo que ciertamente les interesa es el afán por ver claro, por elevarse sobre las nubes y el sol sensible, en un entorno convivencial que favorezca la felicidad perfecta: sano el cuerpo, sana el alma, sano el espíritu y fecunda y amena la naturaleza y el paisaje.



La situación geográfica de los terapeutas, frente a la proximidad del lago Mareotis, es óptima, tanto por la seguridad del lugar en el que se asientan como por la temperatura de la atmósfera. Las aldeas y las casas garantizan esta seguridad. Las continuas brisas que suben del lago, que desemboca en el mar, y la continuidad del oleaje otorgan alta salubridad a la  composición del aire. Las casas son notablemente sencillas y fueron diseñadas para garantizar una doble protección indispensable: contra las quemaduras del sol y contra el hedor del aire.

El ideal terapeuta resulta difícil de practicar en el mundo moderno; hoy no hay lugar para la introversión radical, el primer objetivo de los terapeutas. Los fugitivos del mundo no tienen hoy otro recurso que la locura, el cuidado de un huerto ecológico, o la soledad y el silencio que exigen la práctica y la dedicación al arte, a la poesía, a la reflexión, al paro laboral o al retiro forzoso.

Este modo filosófico de vida plena, capaz de colmar la existencia y llevar a cada ser humano a su plenitud, justifica la presencia de los Terapeutas en nuestra obra, como ejemplo práctico e iluminador de lo cerca que pueden llegar a encontrarse futuro y pasado, y también como llamada a recuperar lo esencial de una memoria que pretenden hurtarnos los asépticos discos duros. Su gran capacidad de renuncia a las propiedades mundanas y se celo comunitario, no dejan de sorprendernos, abducidos como estamos por la comodidad material y sensorial. Ellos, a diferencia de Orfeo, o la mujer de Lot, supieron construir un presente sin caer en la tentación de mirar hacia atrás.

Algunos autores[3] enfatizan, como un claro argumento en su contra,  el carácter contemplativo que ofrecen los terapeutas frente a una vida más activa, como la que caracterizaba a las comunidades esenias de Qumrán, que también repudiaban la esclavitud y vivían cerca de los cultivos que los alimentaban.

Quizá también heredaron del quehacer de los Esenios[4] la consideración de la oración como el modo más adecuado de honrar a la inteligencia creadora del universo a través de su creación natural.

Al igual que luego hicieron los Terapeutas, los esenios también eran pacientes y meticulosos eruditos, que registraban y documentaban sus tradiciones para unas generaciones futuras que sólo podían imaginar. Puede que el mejor ejemplo de su obra se encuentre en las bibliotecas ocultas que dejaron por todo el mundo. Al igual que cápsulas del tiempo metódicamente situadas, sus manuscritos proporcionan instantáneas del pensamiento de un pueblo antiguo y de una sabiduría olvidada.

Otros rasgos también nos hacen apreciar con claridad la huella esenia en el proyecto terapeútico. Así, si alguien deseaba ser miembro de la comunidad (Yahad) debía ser instruido, aceptado y luego pasar dos años de prueba para ingresar definitivamente.

A los que hacían el juramento y entraban en la comunidad se les exigía una vida entera de estudio de la Ley, humildad y disciplina. No volvían a jurar pues estaban obligados a decir siempre la verdad. Sus bienes pasaban a ser parte de toda la comunidad y, al igual que los frutos del trabajo personal, se distribuían según las necesidades de cada uno, dejando una parte para auxiliar a pobres, viudas, huérfanos, mujeres solteras de edad, desempleados, forasteros y esclavos fugitivos que, sin ser integrantes de la comunidad, requirieran de esta ayuda. Se imponía también la observancia de un estricto código de disciplina, cuya base era la corrección fraterna mutua. La comunidad de Qumrán, se autosostenía con los trabajos agrícolas. En las ruinas es notable el número de depósitos de agua. Estos eran imprescindibles para las necesidades físicas de la comunidad en medio del desierto, pero también desempeñaban una parte importante de su ritual, que incluía numerosos lavados.



Otros autores[5], ven en ellos, un antecedente claro del monacato cristiano egipcio de San Antonio Abad (251-356), San Menas Kalliquelados[6] (285-309), San Pacomio de Egipto (287-346) y el clan familiar de Santa Macrina la Joven (324-379) San Basilio de Cesarea (330-379) y San Gregorio de Nisa (335-400), donde quizá no habría que ver sino una normal y natural continuidad.

Para esto grandes padres y madres, precursores del cristianismo revolucionario, el bien se encuentra siempre en la vida en común del cenobio.[7]

Este proyecto de vida en común se materializa en la consentida sujeción a una Regla de Convivencia, a la que se profesa voluntaria obediencia y fidelidad, y en la que el trabajo, medio fundamental de subsistencia, no puede ser separado de la oración, instrumento de elevación y desarrollo de lo humano hacia su plena sublimación espiritual.[8]

Sería este tesón comunitario el que luego fecundaría el monacato celta de Santa Brígida de Irlanda[9], en Kildare (470) apartir del siglo VII, durante el periodo luminoso de la Alta Edad Media hasta su finalización, con la reforma gregoriana de los siglos XI y XII, que terminó por socabar y contaminar la idea original con la intromisión del patrocinio de una nobleza que no iba a permitir que su control se le escapara de las manos.

A la manera de Cicerón, también nosotros miramos hacia el pasado para extraer las excelentes lecciones de vida que esconde[10], la experiencia de unas acciones humanas que trataron de hacer frente a los problemas que les acuciaban.

Nos resistimos, por un lado, a los sesgados modelos historiográficos oficiales y a todas las tendenciosas explicaciones totalizantes, y por otro a la simplicidad wikipédica de nuestra actual comodidad intelectual.

Nos preocupa el sentido de la intrahistoria orteguiano, o, como sostiene con acierto Feliz Rodríguez Mora, la letra pequeña de la historia, esa que tanto necesita ser atendida como entendida, estudiada con cuidado y con todo el amor y la grandeza de ánimo que requiere el donoso escrutinio del estudio de nuestro pasado.

Los Terapeutas, como muchos hoy,  repudiaron la vida de la ciudad, elijieron vivir en comunidad de bienes, no admitiendo la propiedad privada dentro del ámbito colectivo,  valoraron tanto la oración interior como el exfuerzo productivo exterior. Quizá puedan ser un referente, siempre cuestionable y mejorable, para los que anhelan un proyecto de transformación social, con que llenar las úlceras sagrantes tras el derrumbe del actual Imperio.

Ellos demostraron que se podía elegir, y ellos fueron y son historia precisamente por ello. Nos une un vínculo de gratitud y admiración hacia aquellos hombres y mujeres que, a su manera, trataron de dar la mejor respuesta a su alcance, a los problemas que también a ellos les acuciaron. Su ejemplo, como el de tantos otros, marcha sustantivo por delante, como indicador certero de por dónde se hallan las claves verdaderas del progreso y cuán real puede llegar a resultar lo que un día tan sólo fue imaginario.






[1] Filón de Alejandría, De Vita Contemplativa, Trotta (2009)
[2] De donde habrían de surgir los denominados monasteria duplicia, también denominados monasterios dobles o también  cohospitae.
 
[3] Plinio el Viejo, Flavio Josefo, Dion Crisóstomo, Hipólito de Ostia y Epifanio de Constancia. También Filón de Alejandría sostiene esta misma tesis.
[4] Término que puede provenir del hebreo assanya, esto es, sanador, epíteto que el pueblo aplicaba a estos bautistas matutinos, tovilé shahrit, según el Talmud.

[5] Entre los que destacan Eusebio de Cesarea, Epifanio de Salamis y Pseudo-dionisio.

[6] Enterrado, tras su decapitación en el año 300, junto al lago Mareotis.

[7] Koinos (común) y biós (vida).

[8] Antecedente del “Ora y Labora” benedictino.

[9] También dúplice.

[10] Felix Rodrigo Mora, Crisis y utopía en el siglo XXI, Maldecap (2010)