miércoles, 30 de mayo de 2012

Shemá Israel...

"Ante la tentación,
ve a una ciudad en la que no seas conocido
y peca allí."
(Moed Kattan 17a)


"No hay peor blasfemia
que la solapada."
(Leo Strauss, On Plato's Symposium 1959) 





¿Ha existido siempre la actual ruptura entre el ser humano y el mundo de lo divino? ¿Hubo alguna vez un tiempo sin abismo, en que todos los seres humanos experimentaran la unidad de todas las cosas que habían sido creadas, la continuidad entre el mundo creado y ordenado conforme a fiables leyes naturales cuantificables, y el artífice-legislador divino?

La ciencia parece haber optado por desenvolverse en la niebla más rentable de lo creado, que por arriesgarse al necesario extravío en la oscuridad del Creador, y no puede decirse que haya sido una elección desacertada.

Aquellos que han optado por restablecer el puente que cruza el abismo, se ha situado involuntariamente en el punto de mira de la psiquiatría oficial. La auténtica espiritualidad se ha vuelto un asunto peligroso, y eso que, de tan íntimo, resulta casi secreto. Quizá para las autoridades que instrumentalizan a las autoridades sanitarias, ese sea el peligro mayor, tal y como ya anticipara George Orwell en “1984”: el verdadero e impune crimen mental.

El iniciado testifica el deseo que el hombre tiene de alcanzar el mundo divino, el paraíso perdido, dentro de su propia forma tradicional y por medio de aquellos símbolos que le son más afines, ya sean estos judíos, cristianos musulmanes, en último término, egipcios.

De esta manera, el esoterismo judío se encuentra inmerso en la forma tradicional correspondiente, según la cual el Dios vivo se manifiesta a sí mismo en toda la creación y se revela al pueblo de Israel, llamado a ser “Luz entre las naciones”, en el Sinaí y en la Toráh.




También el hebreo, como lengua sagrada en el que está escrita la Toráh, constituye uno de los pilares claves del judaís­mo y, por tanto, de vía iniciática judía. Esta lengua constituye la llave maestra para los secretos más profundos del Creador y de la creación y se utiliza también para los arduos amagos de descripción de la experiencia espiritual.

Todos los movimientos en la historia del judaísmo forman en su unidad la tradición judía, como una entidad única. Los iniciados judíos de todos los tiempos, a través de sus actividades espirituales, han intentado restaurar el contacto del hombre con una realidad divina, de tipo eterno, que se encuentra más allá de nuestro mundo finito y humano. Sin embargo, cada corriente lo hizo a su propio estilo, enteramente particular, y que a menudo se distinguía de otros movimientos, anteriores o posteriores, por su forma de acercarse al tema: vamos, el mismo perro, pero con distinto collar…

Uno de los factores que se encuentran en el fondo de las considerables diferencias que se dan a veces entre las diversas modalidades es el hecho de que éstas surgieron en diferentes períodos. Hasta cierto punto, cada movimiento lleva las marcas de su época. Así, muchos judíos experimentaron en propia piel los rigores de la vergonzante (para sus autores) expulsión de su España -donde su cultura había gozado de una edad de oro-, en 1492, como catástrofe insuperable que condujo después a un fuerte resurgimiento mesiánico. Este deseo del Mesías y de la redención se manifestó en la Cábala luriánica, que se encuentra entera­mente influenciada por el mesianismo.




Sin duda alguna, existen puntos de contacto entre los diversos movi­mientos de la tradición judía, ya que, de un modo u otro, todos ellos hablan del desarrollo de la actividad espiritual para alcanzar el gran tabú: una experiencia directa del mundo divino. A pesar de eso, no debemos caer en la equivocación de meter todo en un mismo saco.

Los orígenes del pueblo judío y su acerbo espiritual son oscuros, como los de todos los pueblos y religiones que borraron todos los rastros “idólatras” de la malograda tradición que les precedió, según hoy lo tiene bien claro la Historia de las Religiones, y a la inversa de lo enfatizado por las distintas ramas abrahámicas, que quieren tener la propiedad de la deidad, característico afán de los tres monoteísmos, que consideran a cada una de sus tradiciones como única, hasta tal punto que la Historia nace cuando ellas aparecen o cuando se conocen sus libros sagrados que las unifican, lo que es particularmente válido con respecto al judaísmo y cristianismo, que conservan casi todo el Antiguo Testamento (Tanakh), su Historia Sagrada, en común.

Rainer Albertz en su Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento afirma:

De hecho, ninguna de las religiones conocidas se encontró con una especie de tabula rasa en materia religiosa, sino que se fue construyendo poco a poco sobre categorías ya existentes. Y eso es válido para el cristianismo, para el budismo, para el islam y, naturalmente, también para los del Shemá.[1]

En todo caso, la Toráh, o sea el Pentateuco, obra atribuida a Moisés –aparte de las dos versiones del Génesis y otras numerosas aparentes contradicciones que contiene– ha sido siempre tomada como lo más sagrado y el verdadero centro de su cultura, que ha ido consolidando la Tradición Judía tal cual ha llegado a nosotros, desde los remotos mitos fundacionales, los Patriarcas, su descendencia y la constante del exilio y la persecución, al punto de hacerlos esclavos en ciertos períodos, aunque finalmente se liberan siempre.

Pero posteriormente coincidiendo con el reinado de David y Salomón y la construcción del Templo ésta adquiere así su máximo esplendor y brillo, siendo la “civilización mayor” -en muchos sentidos- de toda el área de Medio Oriente.




La vida de este pueblo es tanto una constante paradoja como una permanente aventura, allí donde quiera que el sagrado Nombre de su divinidad vaya cambiando, hecho este que luego sirvió de excusa a los cabalistas como caldo de cultivo fértil de sus especulaciones, que culminaron en la alta Edad Media, en España, mejor dicho, en Sefarad[2]: “el Jardín” de los orígenes.

Así, este pueblo de pastores seminómadas, o nómadas, se va organizando lentamente, en tribus o clanes con estadías prolongadas en territorios no hostiles de otras civilizaciones, como los de Egipto o Caldea,[3] y enriqueciéndose por estos saberes que siempre supo aprovechar y al mismo tiempo darles su característica propia basada en la Toráh, o ley, que incluye los diez mandamientos (mitzbot), recibidos por Moisés en el Monte Sinaí y que grabará en dos piedras, que, junto con la Toráh escrita y los libros posteriores incluidos en el Antiguo Testamento, constituyen el corazón de la tradición judía.

Y sobre todo la enseñanza oral y aquellos comentarios cripto-esotéricos, metafísicos, que el propio legislador susurró -compartió en secreto- con sus discípulos y éstos con otros hasta nuestro sol, según lo atestigua la Tradición del pueblo de Israel que desde el comienzo se hizo presente y cristalizó lento en el fértil crisol de la Cábala.[4]

Hasta ese momento predomina una visión del mundo era "animista" y la presencia chamánica de lo sagrado se encuentra, epifánicamente expresada[5], en árboles (encinas), rocas (como es el caso de la piedra de Jacob en la que apoyó su cabeza y sintió su tremendo poder),  pozos, o fuentes santas.

Tal cuál ha sucedido con todos los pueblos que se conocen, muchos de los cuales han padecido análogas circunstancias o parecidas experiencias, que también se dan en el microcosmos y en la larguísima iniciación en el Camino del Conocimiento, por la correspondencia entre el hombre y el universo.[6]




Bajo el dominio griego la antigua tradición hebrea florece y produce autores como Filón de Alejandría[7] y el historiador Flavio Josefo; desde entonces el influjo griego ha sido permanente, como lo ha sido para los cristianos y posteriormente para el Islam, de lo cual es buen ejemplo la obra de Ibn Arabí. Finalmente los islámicos introducen en buena parte ese pensamiento que hoy es el propio de los occidentales en toda Europa (luego pasará a América), como lo habían difundido anteriormente los romanos y bizantinos a través de sus Imperios.

Sin embargo para los judíos guiados por hwhy, el Orden, o la Ley, es, como se puede apreciar en el relato bíblico, susceptible de numerosas transgresiones por sus jefes es decir sus conductores elegidos por hwhy mismo, como es el caso de David y otros.[8] Aunque las más graves sin duda son las atinentes a la confusión y suplantación de la magia vulgar o supersticiosa en detrimento de una más aristocrática teúrgia o profética revelación.

Este es un tema bien delicado, ya que la distinción entre Magia y Teúrgia es apenas perceptible, aunque la Tradición Hebrea, es decir la Cábala, denosta también a la magia y a sus practicantes –tal cual es evidente en ciertas partes de la Biblia– al igual que posteriormente lo haría José Chiquitilla (o Gikatilla) y otros, que en el siglo XIII en Sefarad repudiaban la magia de los ignorantes y literales al mismo tiempo que realizaban trabajos de trasfondo metafísico que actuaban a todos los niveles, como han sido siempre para la historia de este pueblo los pantáculos, las transposiciones de letras y números, los cuadrados mágicos y talismanes que reclaman la intervención del cosmos, sus misterios y Nombres Divinos irrumpiendo en la humanidad, transfigurándola.

Se debe decir que todos estos elementos son propios de la Tradición Hebrea, aunque pueden rastrearse muchos de otras civilizaciones con las que convivió y que no sólo han dado profetas que veían en sueños –lo que es tan importante en esta Tradición de grandes taumaturgos y augures como hacedores de la lluvia.[9] Puesto que excelsos sabios y rabinos, distantes en el tiempo –pero que existen actualmente en verdad en otro plano de la realidad– están unidos sólidamente por la gran cadena áurea, en la que la misma voz de la deidad se hace presente.

O sea, la permanente presencia divina, ya que es el mismo hwhy quien los ha protegido, pese a que una y otra vez se hayan desviado de la Tradición, por lo que también los castiga y constantemente los somete a esa presión que garantiza una dócil teshubá. El pacto es el pacto. La deuda es la deuda. Nolens volens, nada nuevo bajo los rigores del ardiente “hijo” solar.



[1] Rainer Albertz, Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, Editorial Trotta, Madrid, 1999.
[2] ספרד (Abdías 1, 20), término emparentado con sdrp (paraíso), también con el sareptwn griego , el sarapthan latino y con las no menos legendarias Hespérides. Vamos, un sitio del que, si por un casual te expulsaran en aciaga hora, pasarías tu vida anhelando volver.

[3] El patriarca Abraham, origen genético y espiritual de las tres religiones monoteístas, era oriundo de Ur, en Caldea, tierra de afamados "magos" o “magi”, que era como por aquel entonces se denominaba a los teúrgos y sabios caldeos.
[4] También el Talmud ha contribuido a esta función, aunque mucho más luego, y conformará el diseño de su religión en más de una perspectiva exotérica.

[5] Cf. Areté, Prólogo, QyDado (2012)
[6] La historia sagrada del pueblo de Israel es también la descripción de los avatares del alma en el iniciado, el cual puede conjugar de modo simultáneo así toda su herencia y participar directamente de una modalidad específica, la suya, del Ser Universal.

[7] El cual al abrazar la filosofía griega formula al judaísmo en esa perspectiva transformando el Mito en Logos. Es decir, la elaboración judaica y bíblica en un logos griego.
[8] La poligamia no fue sólo admitida, sino practicada por estas tribus, y aún en la época de los reyes porque la unión estaba ligada a la descendencia física y espiritual. Fueron cientos, si no miles, las esposas y concubinas de Salomón a lo largo de su reinado.
[9] Llamados "trazadores de círculos". Hasta la época del nacimiento de Jesús (Joshua ben Joseph ha Meshiá) había una familia, los hijos y nietos de Honi, a los que venían los sacerdotes a pedirles que hicieran llover. Fue tan grande su poder que incluso mandaban sobre los mismos espíritus, por lo que fueron amonestados por los rabinos que, sin embargo, los necesitaban. El trazado de círculos era imprescindible en sus ritos.


martes, 22 de mayo de 2012

Eco despreciada

"La humanidad se extingue
en todos aquellos que guardan silencio
ante la tiranía"
(Éxodo 14, 13)


"Y cuando todo esto suceda,
erguíos y levantad la cabeza:
se acerca el Reino."
(Lucas 21, 28)






Cuando Hades secuestró a Perséfone en la pradera de Nisia, según nos cuenta la tradición, lo hizo utilizando un señuelo más que inapropiado, pero muy eficaz: la hermosa, aunque maloliente, flor del Narciso. Se aprecia así, cómo lo fingidamente semejante atrae con fuerza a lo semejante, como demuestra la ciencia del camuflaje.   

Desde que el egocéntrico Sigmund Freud cuestionara la adecuación a la normalidad del vulgar amor propio[1], ha llovido mucho. Sin duda ese debía ser un rasgo de personalidad que llamaba su atención en la medida en que el padre del psicoanálisis[2] se proyectaba en él, y, ejerciendo la noble tarea de fiscal-terapeuta, (¿Quién vigila a quien vigila al policía?), le cargaba el muerto sus clientes-pacientes.[3]

Conlleva implícito un proceso recursivo: se ama al que se ama a sí mismo. En otras palabras, Narciso no cayó en la trampa de enamorarse de su reflejo en el agua, sino del amor que vio reflejado en el espejo de sus ojos.





El concepto ha sido contaminado por la aristotélica noción de virtud, que entiende ésta como moderación entre excesos. El engaño reside en que quién decide los extremos lo hace bajo un criterio parcial, esto es, aquel que se establece en torno a ciertos intereses propios.

Una vez más, parece cierto el aserto de “quién hace la ley, hace la trampa”, o aquel otro que de igual manera sostiene que “quien parte y reparte, lleva la mejor parte”. Y no digamos, aquel otro de “el primero, capador”. La desconfianza paranoide de que hace gala del refranero popular, resulta proverbial.

Pongamos un ejemplo práctico: ¿Qué crees que iba a ocurrir si otorgamos a una persona muy envidiosa la responsabilidad de evaluar las habilidades de alguien? ¿Coincidiría su calificación con la misma que podría hacer de sí misma la persona interesada? ¿Quién puede juzgar a quién?

En el caso de que nuestro supuesto envidioso evaluador sentenciara: “el sujeto sobreestima sus habilidades y tiene una excesiva necesidad de admiración y afirmación”, ¿cómo podríamos estar seguros de que dicha sentencia está menos movida por su envidia que por su “juicio de objetividad”?



El dilema es irresoluble. Hace mucho tiempo que tomé clara consciencia de que el mejor modo de manipular a alguien consistía en ser el primero en decirle en tono suave pero firme y, lo más importante, ¡en público! la siguiente fórmula mágica: “Mira que eres manipulador”.

Si tenemos en cuenta el diagnóstico oficial, lo que único que separa a la persona narcisista de la psicopática es su carácter neurótico: Narciso sufre cuando los demás no atienden su agudo egoísmo, aunque, al igual que el psicópata, también dé sobradas muestras del desinterés que siente hacia las necesidades y sentimiento ajenos. Al menos el psicópata finge ser encantador con el prójimo, lo que le otorga una mejor consideración social inicial. No tiene la misma suerte, en cambio, la persona narcisista, en una sociedad en los libros de autoayuda han conseguido estafar al imaginario colectivo, consiguiendo que la “moderada autoestima” esté sobrevalorada.

En los agitados tiempos que corren, ¿cuánto narcisismo podría ser considerado como lícito o saludable?

Los antiguos tenían términos muy ricos en significado que no son contemplados desde la etiqueta oficial.[4] Así encontramos términos tan variados como soberbia, vanagloria, altivez, chulería, arrogancia, presunción, orgullo, vanidad, egoísmo, egocentrismo, dominación, beneficio, interés, derecho al abuso…, por lo que se refiere a la banda latina. Grecia, por su parte también nos obsequia con otros, quizá algo menos conocidos, al menos fuera de aquellos ámbitos que consideramos especializados: hybris/némesys, élite…

La sociedad de consumo, que sabe más psicología que muchos especialistas, nos refuerza centrífugos con eslóganes centrípetos: “lo que tú necesitas” (compra). La religión nos reclama antes centrípetos, para condicionar mejor de este modo el desenvolvimiento más benévolo de nuestra centrífuga ética: “ama a tu enemigo” (examina tu conciencia). Por eso la mónada simboliza de un modo certero el continuo vaivén en el que ha de transcurrir la dinámica de nuestra vida.



El devenir de los tiempos ha ido intencionalmente encaminado a potenciar nuestro individualismo hasta niveles que hace unas décadas hubieran escandalizado a nuestros padres. Desde las más variopintas áreas de investigación se ha recomendado a los gestores la necesidad de aislar al sujeto, no en orden a fomentar su autonomía, sino su dependencia y, con ello, su total sometimiento y docilidad.

Comenzaron suscitando la desconfianza por el grupo comunitario, luego el objetivo a batir fue la familia y por último, la pareja a sucumbido al embate. Ansioso, desasistido, solitario, el individuo busca compensar a toda costa su angustia vital y la pérdida de cualquier clase de lazo afectivos consumiendo. Aceptará las condiciones degradadoras más extremas, incluso la esclavitud laboral, con tal de tener acceso al consumo: Tanto tienes, tanto vales. El mercado no necesita ya seres humanos, en cuanto estos no supongan, de forma directa o indirecta, flujo económico. Hoy sólo hacen falta los clientes.

Cualquier umbral de narcisismo es admisible, en la medida en que te lo puedas costear. De lo contrario más vale que te  busques un terapeuta o psiquiatra que no sea muy caro. Nadie estará dispuesto a aguantar tu egoísmo gratis. Malos tiempos para la lírica.

Mandan los mercados. Proporciónate una apariencia adecuada, disfraza tu olor nauseabundo con un aroma de moda, construye tu autoestima a golpe de Visa. Eres el Narciso que estamos buscando. “¿Quería alguna cosa más? Tenemos en promoción…”




Podríamos seguir nuestra enumeración hablando, por ejemplo, de colectivos narcisistas, que exhiben sin pudor su orgullo, países narcisistas que sienten natural su derecho a colonizar a otros “inferiores”, especies narcisistas que confunden el término medioambiental con “a la medida de mis necesidades”, religiones que, en su narcisismo se sienten “elegidas” por el mismo Dios, razas narcisistas, etc., etc.

La postmodernidad tiene muy a gala el ser narcisista y proclama enardecida el “todo vale” en la medida en que rinda culto al “YO”. La hamartia de Narciso supone una salutífera y necesaria catarsis en el corazón de los más dóciles espectadores del mito. La lucidez, en cambio, habrá de conformarse con extinguirse poco a poco, en los abismos de la general sordera de los tiempos, casi imperceptible, condenada a la inútil reverberación del eco.  

Preguntado Tiresias sobre la esperanza de vida del fruto de la violación de Liriope por Céfiro, aquel ciego clarividente sentenció la clave del asunto: “Sí, siempre y cuando nunca se conozca a sí mismo”. Pocas veces se ha dejado algo de suma importancia tan claro: el módico precio del autoconocimiento es la propia muerte. ¿Te animas?




Extracto de nuestro libro: Cónócete. (Próxima aparición)





[1] Introducción al narcisismo (1914), WW 14,2, Amorrortu
[2] Técnica psicoterapéutica que basa parcialmente en la clásica incubatio, aunque su autor no reconoció esta deuda ni con el mundo clásico ni con la cábala. Iba de “inventor”.
[3] Un párrafo tan hostil ¿podría llegar a ser considerado Edipo profesional? Nunca se sabe.
[4] NPD, DSM IV

domingo, 20 de mayo de 2012

¿Qué significa Conocer?

"διεσκόρπισεν ὑπερηφάνους διανοίᾳ καρδίας αὐτῶν·
καθεῖλεν δυνάστας ἀπὸ θρόνων
καὶ ὕψωσεν ταπεινούς,
πεινῶντας ἐνέπλησεν ἀγαθῶν
καὶ πλουτοῦντας ἐξαπέστειλεν κενούς."
(Lucas 1, 53-54)


"Nuestra vida es un constante proceso
de autoengendramiento."
(Eric Fromm, Miedo a la libertad)




Siempre me llamó la atención el poderoso efecto ejercido por las técnicas de biofeedback sobre el comportamiento del sujeto. Cuando los indicadores de tipo fisiológico son medidos y representados mediante diferentes dispositivos frente a la conciencia de su inconsciente "productor", estos son ahora modificados "a su voluntad" con mayor facilidad. Loada sea la memoria de Norbert Wiener, padre fundacional de la cibernética moderna.

De un modo similar, los tecnócratas que gestionan los recursos (materiales y humanos, valga la redundancia) de este mundo, conforme a unos intereses que, por ser particulares, son necesariamente oscuros, pretenden controlar, también a "su voluntad", la dinámica global mediante un mecanismo similar, utilizando una serie de indicadores "fisiológicos" (Dow-Jones, NASDAQ, Ibex...) y elaboran estímulos, más o menos alarmistas, através de la "pantalla" de los medios de comunicación. Padecen, de esta manera, un espejismo de control que, de modo inconsciente, continuamente se realimenta. Ellos se sienten "la voluntad". La realidad es su feedback.





Fue quizá Nicolás de Maquiavelo el primero en dejar constancia escrita a cerca de la necesidad de quien aspira a liderar la instauración de un nuevo orden de dar la vuelta a todo. A la manera de un dios caprichoso, este nuevo lider habría de llevar a la ruina a los que antes fueron ricos, y elevar ahora a ricos a los antaño menesterosos, para que -unos y otros- todos supieran quién es "ahora" quien manda. Un nuevo orden mundial. Un nuevo sistema de dominación.

Desde finales del siglo XIX disponemos de datos de cómo funciona la economía bursátil, pretendido termómetro de la economía real. Así sabemos que en el periodo de una vida humana media (81,5 años para Tarsis), más o menos cada 35 años, nos veremos "sometidos" a los rigores de una crisis. Es decir, dos te pillarán seguro, aunque según el periodo vital, quizá la "sufran más" tus padres o tus hijos", segun te toque la crisis en la plena infancia o post jubilación. 

Este criterio "economicista" de ver el mundo, que explica todo bajo el parámetro de máximos de endeudamiento que "no se pagan", desestabilizando así la rueda de la usura, justifica -hace necesario- un nuevo "shock" que devuelva las cosas a su ser "normal", como el dios de la usura manda.


  

Si bien este planteamiento puede llegar a estar en completa consonancia con la insignificante perspectiva de una vida humana (con lo cuál tendremos que esperar a finales de 2017 o principios de 2018 para ver asomar la luz de una nueva prosperidad), desde la macroperspectiva cósmica las cosas son de un modo diferente. Brahma sabe que cada 6000 (seis mil) años, año arriba o abajo, las condiciones de vida en la tercera bolita próxima a una enana blanca, situada en los confines marginales (¿suburbios?) de nuestra remota galaxia, se ven bruscamente afectadas, independientemente de la cotización del Dow-Jones.

Los supervivientes, mal que bien, asumen la responsabilidad de volver a poner en marcha el "invento humano", dejando constancia del "shock divino" a las generaciones venideras. Durante ese periodo de tiempo (que los economistas llamarían ciclo) en el que dejan de funcionar las "excel", da tiempo a inventar 3 o 4 "historias de la humanidad", 3 o 4 "religiones", 3 o 4 "justificaciones de los microsistemas de dominación y esclavización del semejante". Al perderse el lenguaje (la más de las veces intencionadamente) se destruye la memoria de la humanidad precedente. Surge así el "mito del cronovisor": el deseo infantil de que Brahma, que está a sus cosas, "guarde memoria de todo lo ocurrido" y, juez implacable, haga justicia, al final de los tiempos.

Allé donde la verdad debiera ser memoria, no se escatiman esfuerzos para que esta última no prevalezca. Pandemias, terremotos y tsunamis colosales para los grandes ciclos, guerras, cambios de "lengua oficial" y "oficial religión" para los menores. Las supersticiones terminan resultando irrelevantes. El olvido total así garantizado, permanece debidamente codificado en los textos sagrados madre.

Esto ocurre una y otra vez, una y otra vez. Aunque, qué duda cabe", a cada generación nos gusta sentirnos "los modernos", transitamos, desde la edad de oro (reseteo) a la de edad de excel correspondiente,  deambulando de revolución en revolución.

  
A los que, como le ocurre a Félix Rodrigo Mora, nos gustaría mantener a los seres humanos en una "permanente edad de oro", sin estado ni capitalismo, sin sistemas de dominación, a veces se nos olvida que es una voluntad maligna la que mueve, en la sombra, las cosas. La que determina como fue que en el pasado evolucionaron, hoy evolucionan y mañana evolucionarán todas nuestras tentativas revolucionarias. A nosotros sólo nos corresponde luchar.

Estamos de acuerdo en que poco puede esperarse de los millones de "seres nada" que vejetan dóciles, obedientes, crédulos y atemorizados. Se necesita formar un ejército de hombres y mujeres nuevos que pongan por delante de los intereses mezquinos que durante más de trece décadas han alimentado los títeres tiranos a la cabeza de la fachada de gobiernos, recordando las genuinas necesidades inmateriales que nos hacen ser humanos: vivir en la verdad, saber convivir desde el apoyo mutuo con otros, desde valores como el afecto sincero, la empatía, la esperanza, el sentido, la acción común no jerarquizada, buscar el bien común en orden a materializarlo, hacer de cada existencia testimonio vivo del milagro de la autoconstrucción... insha'a Allah.






Quiera Dios que se imponga un ciclo donde prevalezca lo mejor que tenemos los seres humanos, siempre que miremos cara a cara nuestra sombra, y se haga, una vez más, nuestra voluntad, que fuimos diseñados a Su imagen y semejanza y como ELLA/ÉL, estamos hechos 50%/50% de sombra y luz. Un nuevo ciclo. La lucha comienza. Independientemente del resultado, ella es nuestro "verdadero" triunfo... insha'a Allah.






miércoles, 16 de mayo de 2012

Alma, conócete a ti misma

"Si se debe, se puede"
(Celestino)


"Detrás de cualquier forma de violencia
está el Mal"
(Malcom X)





La vida correcta de cualquier ser humano puede resumirse en dos fases sencillas pero fundamentales. Descubre quién eres (propósito) y haz lo que debes (virtud). Cada una de ellas compromete un tiempo variable para cada trayecto vital, incluso puede llevarte más de una vida la primera de ellas, e incluso agotarlas todas sin haber descubierto tu esencia. En ese caso, como ocurrió tantas vidas anteriores a la tuya y ocurrirá a las que todavía quedar por atravesar el trámite de lo existencial, puede decirse que has vivido en vano.

Alquien puede llegar a pensar que la expresión "conócete a tí mismo", "conócete a ti misma" resulta reduntante. Hubierta bastado quizá un simple "conócete", ahorrándonos además los problemas relativos al género. Nada más equivocado. La clave de la expresión precísamente está en el "a tí mismo" o en el "a tí misma", indicando la responsabilidad ineludible de asumir el propio porceso de conocimiento. El conocerse no es algo que se pueda delegar en ningún otro ser humano (amante, gurú, psicoterapeuta, coaching espiritual), no es algo que pueda ser resuelto mediante un libro (sagrado, de autoayuda, diario personal) o buceando en Internet, ni nada que pueda ser adquirido previo pago en el abarrotado mercado espiritual. Mala suerte.




Es un trabajo que sólo tú puedes hacer. No es delegable, ni transferible, ni subcontratable. Como acertadamente señala el Génesis, texto original donde los haya, el pan del autoconocimiento sólo se alcanza con el sudor de la "propia" frente. Hasta que no tengas certeza de quién eres realmente, no tendrás la más mínima idea de qué "demonios" pintas aquí. La mentira de vida que has fabricado en torno a ti puede ser todo lo coherente que quieras, pero estará vacía. En el mejor de los casos la vida que otros te han consentido llevar, pero no tienes ninguna garantía, por placentera que sea, de que es aquella que a ti más te corresponde.

Bienvenido a la asignatura más importante de tu currículum vitae: tú. Pocos temas a los que dediques suficiente estudio y reflexión rendirán mayores créditos que éste. Además, si apruebas tu propio exámen con honestidad, sin hacer trampas (autoengaño) tendrás asegurado el mejor trabajo que uno puede desempeñar en su vida: cumplir con "su deber", el único dignamente retribuido y no sometido a "reformas salariales": la felicidad. Tienes ante ti el desafío más elevado que le cabe alcanzar a un ser humano. Algunos pueden pensar que se trata de otra cosa, cuando descubran -quizá desilusionados- que se trata de un verdadero -el más alto- ejercicio espiritual. ¿Por dónde empezar?