lunes, 20 de agosto de 2012

Sinestesia metafísica

“Quién quiera lograr todos sus deseos en este mundo,
sólo tiene que comprender qué significan nombres como
Elijé, Ia, YHVH, Adonai, Él, Elahá, Elohím, Shadai y Tzebaot.”
(José Chiquitilla, Puertas de Luz)



Resulta bien divertida la posibilidad que conservan ciertas personas (ya que todos nacemos con dicha capacidad) de ver sonidos o saborear imágenes. También resulta divertido jugar a pensar que el universo puede llegar a ver, a través de nuestros ojos, oír, por nuestros oídos, palpar a través de nuestras manos o, aún mejor, ser consciente gracias a nuestra consciencia. Funciones y sentidos se intercambian en una amalgama tan fructífera como desconcertante.

Siempre me resultó inquietante el empleo de los tres verbos “divinos” en hicieron posible (y aún hoy hacen) el comienzo (bereshit) del universo del que actualmente formamos parte: Principiar, decir y ver “con bondad”. Antes que cualquier otra función se da un intención creadora, una expresión verbal de dicha intención, cerrando todo el proceso con una mirada que verifica el ajuste entre la intención creadora y lo verbalmente creado. De alguna “forma”, parece como si todo pre-existe en el modelo de esa intención, y es creado a partir de la idea (imagen previa) de dicho modelo. Lo interesante llega cuando te das cuenta que términos como “forma”, “idea”, etc. tienen también su pre-existente. Surgen de una “nada” intencional que primero habla y luego mira lo “formado” tras la palabra.

La palabra tiene un poder evocador. El nombre de la persona que amamos (que no se parece en nada –mera onda sonora o contraste visual- a dicha persona) posee un mágico lazo que nos la trae: evoca su presencia, arrastra con él nuestros actuales sentimientos hacia esa persona, e incluso otros más remotos. Todo cuanto nos podemos representar “tiene nombre” aunque este nombre no siempre está formado por sonidos o palabras. Puede tratarse de un sabor, un aroma, un sentimiento, un cromático atardecer de plenitud… o una delicada amalgama de indescriptibles matices y sensaciones que son el “nombre” de aquel momento que nos ocurrió porque asistimos como sus “benévolos” testigos. De algún curioso modo, parece que se creara para nosotros.



Severa conjuntivitis

 “Tú que ingenuamente pretendes
reducir al Eterno a tu entendimiento
¿con qué Lo piensas comparar?”
(Isaías 40, 18-25)




La realidad es fractal: unos órdenes se suceden a partir de otros previos, copiando la estructura y morfología de estos. ¿A qué modelo inicial entonces se corresponde el diseño y la estructura del fractal humano? ¿De dónde, a imagen y semejanza de qué ¡y por quién! fuimos copiados los seres humanos? Preguntas como estas, levantan un intenso dolor de cabeza a una especie tan antropocéntrica como la nuestra, acostumbrada a sentirse centro y medida de todas las cosas, cuando sólo es parámetro, referencia, de un modelo previo esencial. Sentirnos meras copias quizá hiere de un modo profundo nuestro orgullo, hasta tal punto que, en defensa de nuestra débil cordura, negamos dicha posibilidad. Preferimos sentirnos tan especiales como el que más. Nuestro narcisismo es tan frecuente que termina por abocarnos a la más irredenta vulgaridad. Y así, no conseguimos salirnos del bucle.

Uno de los problemas de la metáfora es la de atrapar la magia de aquello que pretende trascender, convirtiéndose en simple adjetivo calificativo, como ocurre con el protagonismo que adquiere el dedo que señala a luna, frente al astro señalado o como sucede con aquellos carteles al comienzo de una localidad, tan sobradamente distantes de nuestro lugar de destino. Demasiado a menudo, nuestra pereza nos lleva a identificar (confundir) medios y fin. Ya nos advertía (y parece que en vano) Alfred Korzibsky que el mapa NO ES el territorio.

Sea como fuere, la palabra y la idea sólo penetran en el sujeto cuando se adaptan a su nivel real de comprensión. El problema es cómo transformamos (adecuamos al nivel de entendimiento del sujeto) en ideas y palabras algunas realidades que son tan extremadamente remotas y complejas al mismo tiempo que sutiles, como el “inexistente” centro de una gruesa cebolla, que sigue oculto capa tras capa. Usemos, pues, el paso a paso de lo natural: para llegar el núcleo de ciertos frutos, habremos antes de hacer el esfuerzo de despojarlos de toda su resistente cáscara. Dicho de otro modo menos elegante, resulta complicado apreciar la belleza de un paisaje cuando no somos conscientes de las gruesas legañas que impiden llegar el reflejo de la luz a nuestros ojos.



sábado, 18 de agosto de 2012

Lunáticos


“El rezo que espera al sol
es diferente cada mañana.”
(Néfesh Ha’jaim)

“Cuando me levanté para abrir al amado,
ya se había ido.”
(Shir Ha’shirim 5, 6)



Son muchos los que, al considerarla una entelequia, se resisten a creer que alma humana (su alma) cabalga sobre las onduladas olas del tiempo. Así, cuando ésta se halla en la cresta, besa y es besada por el cielo. Más adelante siente, en su descenso, el dolor de la pérdida de su amado. En la base, tocando tierra, sólo queda el consuelo del recuerdo y nostalgia, y un ardiente deseo de volver a remontar. Estos estados descendentes y ascendentes los experimenta el alma de manera recurrente a lo largo del año en momentos muy precisos, tan precisos que podría decirse que poseen una “exactitud lunar”.



Podría incluso establecerse una equiparación entre la “cresta” y el plenilunio, la “caída” y el cuarto menguante, la “nostalgia” y el periodo “sin luna” (luna nueva), y finalmente, entre el anhelo del reencuentro y la “creciente”. Esta montaña rusa anual presenta trece hitos que siempre comienzan en la “primera luna llena de primavera”. Somos, pues, almas lunáticas, atrapadas la cárcel de un trayecto solar. Cárcel que, una vez que se conoce bien, inmediatamente (ipso facto) deja de serlo.



Pese a lo que muchos piensan, el alma humana no es uniforme. Posee cualidades, matices diferenciados. Todos estos matices están sujetos a la triple recurrencia lunar. Es necesario pues un reseteo inicial de estos cuatro matices (en distintos momentos del año): fase mutable. Es necesario que aparezca una clara intencionalidad en cada uno de ellos (también en distintos momentos del año): fase cardinal. Y es necesario (una vez más, en momentos del año distintos) que se intensifique dicha intencionalidad de manera focalizada: fase fija. Sólo resta por desvelar cuáles son esos cuatro matices del alma humana: su bios terrestre, su pathos acuático, su thymos ígneo y su pneuma aéreo.



La clave está en hacer trabajar -a cada instante (ya que cada instante requiere su trabajo específico)- todos estos matices como una sola unidad, y luego juntarse (ser uno) con otros capaces de hacer lo mismo en un solo pulso. Las mismas palabras tendrán mañana un efecto completamente nuevo. El instante no es mero escenario pasivo sino, muy al contrario, nuestro más valioso capital; nuestra vida misma. Vamos, todo es cuestión de relajarse primero (agua lustral), y luego sólo poner un poquito de atención e intención perseverante. Si no eres alguien desalmado, no pierdas la oportunidad… ¿Hace falta decirte más?




La escalera al trono y el azufaifo


 “Si doy un paso más,
me abrasaré en el Eterno
más tú, tú estás invitado, prosigue.”
(Qurân 53, 14)

"Que el Señor reconozca al Señor en el Señor."
(Ibn Arabí, Tratado de la Unidad)






Quienes vivieron para contarlo a su regreso, confirman que no es posible el ascenso a la divinidad sin que haya amalgama o sin que se dé fusión. La única metáfora que puede ser capaz de entender el ser mezquino y egoísta, para hacerse una mínima idea de este proceso disolutorio, es la de “renuncia a sus deseos”. El viaje espiritual conlleva una suerte de turismo disolvente que, a la postre, dicen que termina por resultar edificante. Arribar la cima solar significa traspasar los ardiente rigores de su corona y penetrar hasta su centro. Superado el límite, arriba es adentro. La realeza es acción, nunca mera pose.


El verano toca a su fin. Purificados, limpios y anhelantes, disfrutamos estos últimos instantes estivales plenos de esperanzas, ideas y proyectos. Sentimos alegría de haber acompañado en su plenitud la marcha solar, y nos disponemos a permanecer también fieles en su necesario declive, recompensados en nuestro esfuerzo por múltiples bendiciones. Semillas que germinarán e irán creciendo en nuestro corazón el resto del ciclo, para entregar en el solsticio de invierno la mayor o menor calidad de sus frutos, o nada.




Devueltos al próximo otoño, a la costumbre y al deseo, recordamos que fuimos creados plenamente sedientos para poder ser así también colmados desde la inagotable plenitud. Sufre sólo quien olvida. La distancia muestra el valor de lo que amamos, la tensión necesaria que hace ese amor posible. Un año más significa todo el refinamiento, toda la apertura, toda la sensibilidad, toda la cercanía que hayas sido capaz de conquistar. A cada instante, si estamos atentos y vigilantes, recobramos la vida para vivirla renovados en cada rostro. No te distraigas en señuelos y atrocidades.


Sigue con precisión tu camino. Así quien escucha tus palabras, observará luego tus pasos y vigilará tus manos, para comprobar cómo retribuyes la confianza y qué guardas realmente dentro. Recuerda siempre en quién eres y lo pactado. Allí donde los ángeles dan un paso atrás, tú aún debes seguir. Prosigue. Prosigue… allí hasta donde tu anhelo alcance.




viernes, 17 de agosto de 2012

Huelga de hambre


“Quien duerma sobre una tumba…
despertará poeta ¡o loco!”
(Filidh, Tratado de Imbás Forosnai)

“En otro tiempo, los sabios se enterraban vivos
e incubaban en su ataúd silvestre, sellado desde dentro,
con la cabeza al este, una noche, dos días,
o todo el tiempo que necesitaran.”
(Juan Matus)







El ayuno previo es uno de los métodos más eficaces que tradicionalmente son utilizados para reacondicionar, purificar y curar el cuerpo, accediendo a traspasar el umbral de otros estados de conciencia –llamémosles- “no ordinarios”. La posterior ingesta de los huesos y la carne de los dioses, procura una asimilación que se entiende sagrada por tener lugar en un terreno más apropiado: el del des-ayuno. La espera de mortal inanición (prayopavesana hindú) prefigura así un re-nacimiento de lo más espectacular.






La céltica Ley de Brehon diferencia con claridad entre el ayuno "troscad", para lograr dañar a terceros y el "cealacha", mucho más de moda en ámbitos carcelarios, para conmover el favor de la ciega justicia por hambre, que se suele asociar al malogrado Mohandas Gandhi. El hambre del “Aíne Frithaire” chantajea y conmueve con eficacia a los dioses, los ata a nuestra voluntad. Igual que el arcoíris servía de “ancla” recordatorio al Eterno del pacto vinculante con los hombres, a través de la tormentosa gesta náutica de Noé, tras siete meses inolvidables.







Privar al estómago y a los sentidos de su habitual alimento, supone atravesar el contraparto, natural pero anticipado, del paso entre la vida y la muerte. La poción de muérdago e hidromiel posibilita, a posteriori, el tránsito -más arduo- que supone rítmico parto que lleva de la muerte prematura a la renovada vida, acompasado por el “llanto y latir de la tierra” que trota desde el “eje que une los mundos” y los encanta con su arrullo. Ayuno tras ayuno, parece que la única forma de elevarse sobre las tinieblas es aceptarlas. El regreso desde esa alcoba, ya no muestra un mundo hostil e imperfecto, sino pleno de oportunidades para amar y dejarse amar. Un verdadero don que transforma para siempre la mirada. Per aspera ad fontes.



Tarbh Feis


“En ese día, parecerá evidente que la verdadera soberanía
pertenece al Más Misericordioso.”
(Qurân 25, 25)

“Quién anhela el verdadero conocimiento,
ya está ubicado en la senda intangible que conduce al Paraíso.
Sólo le resta Caminar. Caminar. Caminar.”
(Abu Hurayra)





La familiaridad con el pozo de la propia tiniebla interior que trae el cotidiano meditar, nos permite vislumbrar la irrealidad del mundo, su inconsistencia, su inhóspito reflejo. Comienza así la necesaria locura y desvarío, las ambiguas tinieblas de la ignorancia, la vivencia del exilio, el abismo que se oculta tras las ruinas del espejismo, allí donde fructifican, cobran forma y color imaginales, por primera vez, las temibles sombras.

Aquellos oscuros impulsos que antaño nos trajeron la compulsión al olvido y la inconsciente negrura son entonces compañeros y testigos en nuestro solitario camino hacia la cifra de nuestro destino, al fin, revelada. Surge así un espacio interior, pleno de belleza y colorido, capaz de fascinar al alma, en el que aparearse con atenta intención de unidad, como pertinente dote y testigo. Fertilidad creadora, equilibrio de contrarios. Cuando se entiende bien, nada tan cosmológico como lo sexual. Por desgracia, para la gran mayoría, la memorización, el estudio, la lectura, la escritura, la reflexión, la comprensión y la contemplación, son previos al ansiado coito sagrado.




miércoles, 15 de agosto de 2012

Alacena del corazón

“Algunas almas se muestran cuál pura luz de luna.
Otras, más irisadas, ofrecen ofídicos rasguños pálidos.”
(Plutarco, De sera Numidis Vindicta, XXII)






La metafísica de la luz siempre distingue entre la mirada divina, la mirada sagrada y la ceguera. Así la luz y las tinieblas pueden ser consideradas bajo esta triple perspectiva tan ajena a convenciones y consensos, inmersa en la fértil elocuencia transformadora en la que se estructuran los distintos órdenes  simbólicos, la que garantiza la reflexión paradójica, aquella que resplandece luminosa para el alma.

De algún modo que aún no comprendemos bien, el alma sabe que toda luz proviene del interior. Sin esa luz, el mundo enmudece en la sombra, se torna huella. Desde ella, en cambio, la total oscuridad se revela fuente luminosa. Esa forma de estremecer el lenguaje y torcerlo más allá de toda posible polisemia fatiga y agota cualquier clase de lógica, sobre todo para quienes aún confunden alma y retina.

La mirada divina construye la necesidad. La mirada sagrada revela la arbitraria posibilidad del azar. La ignota ceguera nos oculta nuestra total falta de libertad y nos inventa responsables. ¡Como si fuera posible escoger la mirada o el alma de la música se agotase en la partitura! Sabiduría ensoberbecida que confunde cifra y descifra, hermenéutica con coleccionar diccionarios de símbolos, el 1,3 y el 1,6, palpando a tientas, tropezando con las sombras, sin ochema ni auge, incapaz de encontrar, caleidoscópica luz sobre luz, la alacena del corazón.