jueves, 30 de agosto de 2012

Damasco en llamas

“Gravisque principum amicitias!”
(Horacio a Asinio Polion)
 
“Detenidos en el detalle parcial de vuestra vicisitud,
cesáis así de abandonaros al todo.”
(Juan de la Cruz, Comentarios a la Subida)

 

 

 

Parece que en un mundo que ha perdido su centro y su sentido, una vez más, sea necesario despertar en nosotros la huella de la totalidad, la voluntad íntima de revivir en nuestro corazón la mirada que abraza la unidad del mundo, aquella que devuelve al género humano la huella de su integridad y radical belleza. Regresar así de la trampa de interés propio a la viva llama del amor que todo lo abrasa.
 
 

 

Igual que la belleza de Beatriz supo mostrar a Durante qué se ocultaba tras ella, así como la noche protege en su alma certera y oscura el secreto radiante de la luz, así el mundo esconde el cántico de alabanza a su Creador. Aquí y ahora, la creación es total agradecimiento de lo que se sabe creado por un entendimiento, una voluntad y una imaginación sin medida. Siempre nueva, renovada, permanente itinerario de regreso a Su Fuente. Deseo ardiente. Encuentro real por imaginado.
 
 

 

¿Por qué no el hombre? ¿Por qué no el hombre? Dime tú, si lo sabes, ¿por qué no también el hombre?


 
 
 

Murmullo lejano


“Y verás las montañas,
que tan firmes parecen ahora,
pasar como pasan las nubes.”
(Qurân 27, 88)

 

 

 

La aflicción y desesperación que caracterizan al hombre del nuevo milenio ha venido como consecuencia de haber disfrazado bajo el espejismo tecnológico la realidad, y haberse olvidado del truco, para confundir así disfraz con piel. Su obstinada soberbia le ha hecho perder consciencia del ardid en el que su esencia tuvo origen: la ilusión de separación que facilitaría no sólo el deseo del reencuentro sino, también, su posibilidad, en el conocimiento de sí mismo.

 

Acabamos así confundiendo lo que es con lo que nos parece, incapaces de ir más allá de la burda estadística fenomenológica y otorgamos plenos poderes a lo que no es sino vano delirio. La ilusión de la realidad no destruye la realidad, aunque sí para nosotros. Nos creemos así destructores y constructores, destruidos y construidos por nuestra falsa percepción del mundo, nuestro autoengaño, nuestra autosugestión.

 

La humanidad adolece de ser forma sin contenido, rutina vacía, automatismo vital, desvarío colectivo sin rumbo, agitación sin causa ni fin alguno, infinita sucesión de tópicos y modas que se renuevan conforme se desgastan, como las sombras. Bien mirado, en el fondo, nadie es inocente de su propio desprestigio. Así, lo que un día fue llamado ser humano, ya sólo es un zombi tecnológico tan patético como desvirtuado, ajeno incluso a su propia muerte.




domingo, 26 de agosto de 2012

El Jardín de la Locura


“Non bene pro toto libertas venditur auro.”
(Miguel de Cervantes, DQDLM I. Prólogo)
 
“Y no digáis de ellos que están muertos,
sino que por primera vez viven.”
(Qurân)

 

 
 

A todo lector le cabe hacer juicio prudente de lo leído y hacer depósito de ello en los estantes de su memoria, para así reproducirlo luego a conveniencia o incluso recrearlo y enriquecerlo aún a riesgo de incrementar su grado de locura. Dicen que los locos gozan de mayor proximidad a la inocencia y en ello reside su irresistible peligro de contagio, la causa del temor y miedo que les tenemos. Nadie quiere recuperar su inocencia original y soportar con ello el peso de la acción, de la diferencia y –sobre todo- de la trascendencia que brinda la inocencia desprogramada. Nadie vuelve a ser la misma persona tras el prodigioso enclaustramiento en la cueva de Montesinos, como se deduce de el cambio observado en sus palabras y acciones. Cuando se descubre la fuente del rigor, uno se torna más clemente y misericordioso.

 

Próxima a la locura se encuentra la embriaguez espiritual. Ebriedad que deposita en el temor del recuerdo la llave de la sabiduría. No cabe una lucidez mayor que la de aquel que, permanentemente ebrio del recuerdo, temeroso, nunca olvida. Y así, en la soledad de los campos, se deja acompañar por la virtud trascendente que se intuye en los árboles y arroyos. Y libremente se deja llevar por ella, reencuentra -dentro de sí- al otro, en cada una de aquellas encrucijadas imaginales que pueblan y afirman la vida. Sólo así se entiende aquello de que, para quién se haya conectado a la sensibilidad de otro mundo, “obras SI son amores”.

 

La posesión del genio que inspira, que trae la locura, que exalta nuestra alegría, también nos permite florecer, fructificar y renacer de un modo distinto, a una perspectiva distinta, a una mirada renovada que se aventura a un nuevo mundo y lo transita desde el cíclico forcejeo del corazón, para así transcenderlo en su máximo apogeo y descubrir la Verdad. Locura pues, entreverada, plagada de lúcidos intervalos, allí donde cordura significa conciencia de lo Real. No cabe mayor locura que la que procura al molino gigante de cada ego el sagrado Viento. Esa que se ha ganado regresar de nuevo al jardín del que no debimos salir. Que, como dispuso el Eterno, cada quién sea libre de pensar, creer y establecer sus propias conclusiones, de acuerdo a su propio conocimiento y compresión en el provisional “huerto” de su Alma. Cualquiera es libre así de tener miedos y esperanzas infundadas o frustrarse en el vacío de tomar por real aquello que no lo es, prefiriendo construir molinos y adorar a otros dioses menores.



viernes, 24 de agosto de 2012

Desde donde el mundo es templo


“Siendo pobre en la posibilidad de mi riqueza
¿cómo no habría de serlo en mi actual pobreza?
Ignorante en la posibilidad de mi sabiduría,
¿cómo no habría de serlo en mi actual ignorancia?”
(Ibn Ata-Illah)
 
“Salvo quienes obren y caminen desde la certeza,
salvo quienes se recomienden entre sí verdad y paciencia.
Los demás… perdidos.”
(Qurân 103)

   

 

 

Lo que no parecen sino hechos inconexos, azares fortuitos, plural absurdo de la irredenta multiplicidad, fatalidades que se agotan y encuentran su límite en los respectivos egos infinitos, todo aquello que no parece sino caos, digo, conforma una coherencia tan sutil como la que se aprecia al atravesar el umbral de todo recinto sagrado. Cada cosa está dispuesta en función de un único propósito: nuestra total desaparición. Al igual que durante el periodo comercial de rebajas, se aspira a una liquidación total del stock egoico, así disuelto en la parsimonia coagulante de la unidad.

 

El gesto natural de quién se da cuenta de ello es la de volverse al humus, la de recogerse humilde en la prosternación, la de saberse “polvo y ceniza”, la de reconocerse evanescente reflejo en el espejo del mundo a merced de Su mirada. Dicha humillación es la “experiencia”. Incompatible con las infinitas formas de orgullo espiritual que pueblan logias, sinagogas, basílicas, mezquitas, resorts new age, dojos y ashrams.

 

Por más que estén de moda, no hay eco ni en el simulacro de amor, ni en la espiritualidad impostada, ni en la mal disimulada soberbia. Se requiere el saldo, se hace necesaria la propia rebaja, el total obsequio desinteresado. Es precisa aquí la liquidación total. Quién verdaderamente Te conoce, ni reposa en tu gracia ni desespera de Ti en la adversidad. Ardua es ciencia de la paz. Pero donoso su escrutinio. El aquí y ahora hechos templo, dicen que saborea el que sabe.



Hazlo sagrado


“El vuelo del ave, la sombra del árbol,
el lento brotar de la montaña,
alaban a su Creador.”
(Qurân)
 
"Sólo una correcta y perseverante ejercitación consciente
asentada sobre el verdadero conocimiento, logra cristalizar en Sabiduría.
El resto, raudo, se derrocha por el retrete del Alma."
(Tao Te-Ching)
 
 
 


 

Cualquier acto, por pequeño o insignificante que sea, inclusive el propio silencio, inclusive la propia inmovilidad, cuando aquel es realizado de una forma consciente, se convierte en gesto. Adquiere así un carácter atento, armónico, resonante, atronador, trascendente, ritual, pleno de “significado”, presente y conforme al orden cósmico, valga la redundancia.

 

Purificados por el agua del mikvé, wudú o baño lustral, se despierta en nosotros el recuerdo de nuestra verdadera naturaleza. Postrados desde el recogimiento mineral, vegetando sedentes, erguidos desde la alerta reptiliana, perseverantemente itinerantes atravesando el ciclo sacro de la senda mamífera, parlantes desde la invocación y la plegaria humanas, ígneos y alados cual el fénix que atraviesa el either de lo intangible, recreamos la plenitud sagrada del dinamismo orgánico, sin interferencias severas del ni vigílico ni onírico complejo cognoscitivo.

 
 
 

Acción desde la plena consciencia no mental en la fértil inmovilidad del cuerpo, que despierta el alma y la deja trabajar en nosotros. Torbellino espacio-temporal, apaciguado en la ubicua calma del instante que a cada instante se reconoce –se recuerda, se convierte en, se hace así- sagrado. Lejos de resultar disgregadora, la acción ritual adquiere así una función nuclear, centrípeta, desveladora de la centralidad substancial del alma. En la adoración, en la alabanza, en el recuerdo, regresamos al Ser: y, así, al fin somos por primera vez, esto es, In Principio.

 

El gesto real hace mucho más por desplegar el sutil y portentoso entramado de nuestra conciencia que los cientos de miles de millones de automatismos cotidianos, entre los que se incluyen –por qué no- el ser masón, presidente de gobierno, sumo pontífice o vegetariano. Nada sirve (tú no sirves) si no lo haces sagrado. Distracción es extravío. Atenta. Atento. Si tú estás allí, no hay atención que valga. Nadie asiste al rito. Carente de sujeto es la acción ritual. Estar "presente" es así estar ausente.



lunes, 20 de agosto de 2012

Entresijos del campo escalar.


“No vemos aquella luz
que nos hace ver.”
(Rabí Iosef Albo)





Así como la denostada alma permea el cuerpo entero y lo sostiene, ve sin ser vista, mora sola y pura en los resquicios más íntimos (sin lugar), no come ni bebe… así, decimos, para calmar al oído, que también permea todo el universo un único campo escalar. A diferencia del alma, el campo escalar puede llegar a conmover (materializar) todo, precisamente porque, en sí mismo, es algo que posee una naturaleza totalmente inconmovible (inmaterial). Nuestra alma, en cambio, fuente misteriosa de nuestro cuerpo, aunque no se mezcla nunca con él, sí se conmueve. El campo escalar, mal que les pese a los ciegos empíricos, retiene “a voluntad” la masa y la luz.

¿Cómo consigue una fuente de masa y luz ser, sin embargo, intangible e invisible? Muy sencillo: con inteligencia. ¿Y qué es la inteligencia? Muy sencillo también: lo que no cambia, pero genera la posibilidad espacio-temporal en la que son posible los cambios. La imposibilidad adimensional que hace posible el encadenamiento interdimensional, es decir, el oculto sendero entre dimensiones, cuya indiferencia hace posible cualquier diferencia. Unidad que, sin dejar de ser una -o precisamente por el mero hecho de serlo-, consigue aparecer múltiple. Inteligentes entresijos del campo escalar. Ahora ya “sabemos” al fin de qué esta lleno el vacío, para poder ser así llenado. Lo que no sabíamos es que el “campo escalar” ya estaba inventado, sólo que con otro nombre técnico un poco más antiguo: Ein Sof.




Sinestesia metafísica

“Quién quiera lograr todos sus deseos en este mundo,
sólo tiene que comprender qué significan nombres como
Elijé, Ia, YHVH, Adonai, Él, Elahá, Elohím, Shadai y Tzebaot.”
(José Chiquitilla, Puertas de Luz)



Resulta bien divertida la posibilidad que conservan ciertas personas (ya que todos nacemos con dicha capacidad) de ver sonidos o saborear imágenes. También resulta divertido jugar a pensar que el universo puede llegar a ver, a través de nuestros ojos, oír, por nuestros oídos, palpar a través de nuestras manos o, aún mejor, ser consciente gracias a nuestra consciencia. Funciones y sentidos se intercambian en una amalgama tan fructífera como desconcertante.

Siempre me resultó inquietante el empleo de los tres verbos “divinos” en hicieron posible (y aún hoy hacen) el comienzo (bereshit) del universo del que actualmente formamos parte: Principiar, decir y ver “con bondad”. Antes que cualquier otra función se da un intención creadora, una expresión verbal de dicha intención, cerrando todo el proceso con una mirada que verifica el ajuste entre la intención creadora y lo verbalmente creado. De alguna “forma”, parece como si todo pre-existe en el modelo de esa intención, y es creado a partir de la idea (imagen previa) de dicho modelo. Lo interesante llega cuando te das cuenta que términos como “forma”, “idea”, etc. tienen también su pre-existente. Surgen de una “nada” intencional que primero habla y luego mira lo “formado” tras la palabra.

La palabra tiene un poder evocador. El nombre de la persona que amamos (que no se parece en nada –mera onda sonora o contraste visual- a dicha persona) posee un mágico lazo que nos la trae: evoca su presencia, arrastra con él nuestros actuales sentimientos hacia esa persona, e incluso otros más remotos. Todo cuanto nos podemos representar “tiene nombre” aunque este nombre no siempre está formado por sonidos o palabras. Puede tratarse de un sabor, un aroma, un sentimiento, un cromático atardecer de plenitud… o una delicada amalgama de indescriptibles matices y sensaciones que son el “nombre” de aquel momento que nos ocurrió porque asistimos como sus “benévolos” testigos. De algún curioso modo, parece que se creara para nosotros.