viernes, 31 de mayo de 2013

Necio temor

“Feliz quien comprende
la causa de todas las cosas.”
(Virgilio)

“No progresa sino quien regresa y comprende.”
(Durante Alighieri, Vita Nuova)




Quienes, llevados por un deseo de beneficiar a la humanidad o por simple infatuación, depositaron toda su fe en la ciencia moderna y sintieron como ésta vaciaba su anhelo de verdad, no debieran renunciar del todo a ella, sino resituarla, en su justa medida, dentro de las limitaciones pueriles de cualquier lenguaje. La ciencia tradicional, que nunca osó desdeñar la realidad autónoma de lo psíquico ni tampoco la fuerza transformadora del símbolo, reaparece ahora como una metodología superior por su carácter integrador, ya que se sabe una ciencia que surge y se reconoce en el alma. Nada más absurdo que partir de la hipótesis –hoy dogma casi inamovible- de que pueda llegar a darse un esfuerzo por conocer “incontaminado” por lo psíquico.

La ciencia moderna se encuentra hipnotizada en el espejismo tecnológico, incapaz de afrontar la sombra del saber tradicional, su contrasentido. La buena noticia radica sólo en la realidad del hecho relatado: “El Reino se encuentra verdaderamente dentro.” Quizá sea por eso que resulte un gran despropósito aspirar a una búsqueda solitaria, allí donde nunca estaremos más y mejor acompañados, lo que en modo alguno significa que todo el proceso resulte fácil ni agradable.



sábado, 25 de mayo de 2013

La copa

“Quien se guía, lo hace siempre a favor de sí mismo.
Quien se extravía, contra sí se extravía.”
(Qorân 17, 15)





¿Cuántos de aquellos rumbos espirituales que toman nuestras vidas no dependen sino de un azaroso y fortuito encuentro, que nos marca para siempre? Ese encuentro se hace presente desde un futuro que termina por justificar (aclarar) el metabolismo de nuestro pasado, nuestro constante ir y venir, nuestros apegos y desapegos, el llanto que se esconde tras nuestra risa, la risa que se abraza al llanto, la perpetua gestación de nudos y tensiones que habrán de ser así libradas, conforme se traza y resuelve el enigma de la propia vida.


Noble tarea la de reconciliarse con el propio destino, recorriendo en primera persona cada uno de los eslabones de su cadena, tejiendo cada nuevo e incierto capítulo, trazando un eficaz diagnóstico a cada nuevo y preciso momento de lo real en nosotros.  ¡Ay, si la herejía terminara con la baya! Surcan el tiempo los fulgores de un respirar tan íntimo, allí donde el recuerdo continuo opera la alquimia que transmuta al corazón liberado y termina así con su sueño.



viernes, 24 de mayo de 2013

Máscara familiar

“La máscara es el puente a la verdad.”
(Abd Ar Rahmán Al Yami)

“El temor te arrojará al Infierno,
el deseo te expulsará del Paraiso.”
(Rabi’a Al-Adawiyya)




Por más que los más se empeñen en lo contrario, para evitar daños innecesarios, por encima de criterios cronológicos, conviene agrupar a los sujetos conforme a su nivel real de comprensión. La virtud se haya menos próxima de la ética que de la ciencia, tiene menos que ver con la felicidad social que con la propia necesidad de integridad. No suele confundir verdad con manipulación, ni estudio con simulacro. Al igual que ocurre con la vida, nadie puede enmascarar ni imitar aquello que se organiza conforme a la virtud.

La aventura del conocer, siempre comienza por la previa llamada al asombro. A día de hoy, muchos se escandalizan o perturban al descubrir que los antiguos griegos, aquellos ignorantes que vivían sin electricidad e Internet, consideraban al héroe el estado natural del ser humano, toda vez que este había recuperado de nuevo la salud, tras lograr reponerse de la peor y más degradante, por inconsciente, de las enfermedades: la autoimportancia.





No importa el valor de cuanto entregues o hagas llegar a éste tipo de enfermos, verdadera epidemia en nuestros días: ellos se volverán contra ti, al considerarte -no su sanador- su peor enemigo. Complacidos con los meticulosos pormenores de su organizado delirio, se resisten, por todos los medios a su alcance, a enfrentar la verdad. Necesitan de toda la comprensión y amabilidad que puedan proporcionarles aquellos que, sanados de su mal, ya despertaron. Sin ese amor, tan necesario, cualquier cambio sólo es aparente.


Más allá de la propaganda, la repetición y la ansiedad, nada conviene más al verdadero aprendiz que la proximidad vicaria y sanadora del quehacer, sentir, pensar y convivir junto al maestro. La verdadera humildad es la de la apertura. A efectos prácticos, sólo quien realiza el acto de aprender, reconoce al maestro. Por el contrario, nada más absurdo que tratar de racionalizar con excusas la verdad. Cuando la consciencia recupera su lugar, tras su aparente dormición, la vida se revela danza.



miércoles, 22 de mayo de 2013

Sacra disidencia

"Quien mira desde su interior
sabe que todo es nuevo."
(Paracelso)

“Llega un día, sin que haya marcha atrás posible,
en que descubrimos que (lo que creímos) 
nuestras mezquinas vidas subjetivas 
no pertenecen sino a una nueva actualización 
aquí y ahora de lo universal.”
(Carl Gustav Jung)




Intentar conocer el enigma de cualquier ser humano, no desde aquello que aparentemente está siendo, sino en función de lo que puede llegar a ser, constituye el reto que supone un acercamiento metapsíquico focalizado en los pormenores del devenir experiencial y ontológico de lo sagrado, allí donde la sospecha siempre rinde más réditos que la evidencia. Desde las instituciones religiosas y políticas se promueve una espiritualidad espuria y anquilosada, con el fin de evitar por cualquier medio que las personas experimenten –o promover activamente su total alejamiento de- lo verdaderamente sagrado.


Nadie ha de constatar en sus propias carnes, por el bien del orden constituido, que porta en si un poder creador autónomo del que no es consciente y cuyo contacto con él podría transformarlo y liberarlo. Nada más potencialmente peligroso para disolver las rígidas estructuras del stablishment social, más revolucionario y más efectivamente anti sistema que la “mirada interior”. Se ha de impedir a toda costa que aquello que duerme en nuestra inconsciencia, nuestro mito personal, tome la palabra y cobre vida, desenmascarando así el endeble delirio subjetivo cotidiano.


Toda vez que sintonizamos con lo sagrado inconsciente en nosotros, cobramos mayor consciencia del mundo, del prójimo y de la trascendencia de nuestra ocasión vital. Una vez que hemos descubierto que la nuestra es una aventura espiritual, tan ineludible como intransferible, todo adquiere, al fin, sentido. Nuestra vida se convierte así en una respuesta inequívoca a tan profunda llamada.




martes, 21 de mayo de 2013

Disolutoria disociación


“A través del símbolo
el tránsito resulta fácil.”
(Máxima alquímica)

“Somos parte de una sola gran alma,
de un único homo maximus.”
(Emmanuel Swedenborg)




El contagio relativista llevado a confines internaúticos ha conseguido ya lograr la disolución radical de los símbolos ancestrales, y con ello su total reducción a mueca inofensiva, pero también la disociación de lo real en lo virtual. La catástrofe (gr. inversión, destrucción, ruptura) deja desnudo y al descubierto (inánime) cuanto estaba velado (gr. apocalípsis). Cabe a cada héroe de sí mismo alzarse sobre las elocuentes ruinas y reconstruir otra vez el vínculo y realinearse adecuadamente (gr. symboleion), una tarea que, pese a ser personal, compromete al conjunto humano.

¿Cómo reconstruir y levantar en nosotros las columnas del templo simbólico? ¿Cómo neutralizar el tsunami disolutorio y antropofagocitador de la actual titánica (soberbia) modernidad tecnocrática, que se presume a todas luces omnipotente por omnisciente? ¿Cómo librar con éxito, una vez más la necesaria batalla contra el dragón deshumanizador?





He aquí las “clavis” que nuestro lector habrá de descubrir y comprender, en la medida que quiera enfrentar en sí la heroica tarea que da sentido al efímero acontecer de todo ser humano, conquistar una libertad digna: aquella que es la que corresponde a un vero Dios, su autosanación. No admitas fórmulas, confusiones, síntesis simplificadoras ni guiones. Únicamente la propia experiencia de quien sabe porque saborea. Hubo un tiempo en el que virtual significaba poderoso… ¡manos a la Obra!



Símbolos del instinto


“Para lograr suplantar aquel Dios,
creado a nuestra inflada imagen y semejanza,
hubimos previamente de matarlo en nosotros.”
(Carl Gustav Jung)




En estos tiempos, en los que aceleración y enajenación tecnológica van a la par, resulta muy complicado asumir de manera consciente que el mal que presumimos objetivo -cuando en realidad es proyectado- en los demás, radica en el fondo arcaico e ignoto de nuestra propia alma. Son muy pocos los que se atreven a descender al oscuro ámbito de su fondo primitivo, asumir las propias tinieblas y vivir el temor primordial, con la exigua esperanza de alcanzar siquiera una tenue y promisoria luz.

Nuestra alma parece constituida por una delicada urdimbre de fuerzas y potencias lo suficientemente poderosas, y tan peligrosas o útiles para ser tenidas en respetuosa consideración, lo suficientemente grandes, bellas y razonables para contemplarlas y amarlas. Quien renuncia a enfrentar su propia responsabilidad y desoye su propia voz interior, resuelve ser así disuelto y arrastrado en el magma impersonal y doctrinal del egrégor colectivo.

Lo social entonces sólo podrá ser así sanado mediante una radical acción terapéutica sobre nosotros mismos. No somos meros pacientes de la época. El monstruo se gesta, eón tras eón, desde cada uno de nosotros. Cabe luego al poder político y mediático lo de transformar la inconsciencia del propio mal en devastadora epidemia. No vemos fuera sino la proyección de cuando gestamos dentro. Nuestra inconsciencia fue y sigue siendo la raíz que nutre y da forma al mal.



lunes, 20 de mayo de 2013

Un renacer inexplicable


“Cuando un secreto es verdadero,
resulta imposible revelarlo.”
(Carl Gustav Jung)

“Es tu intento de arreglar las cosas
lo que acaba por empeorarlas.”
(Alan Watts)



Cada uno de nosotros ha de aceptar –sean buenas o malas- sus experiencias vitales, procurando por todos los medios a su alcance no identificarse con ninguna de ellas. La plenipotencialidad del alma, al igual que le “ocurre” al no ser, en su genuina vacuidad, todos los posibles pares de opuestos imaginados e imaginables dócilmente en sí abraza y reúne. Tal es la dulce recompensa que le cabe a toda aquella persona que descubre la lana áurea del Vellocino de Oro, espejo inasible y cambiante, en su más central, profundo e íntimo seno.

Sólo a quién descubre y conoce así su alma, le cabe entender por qué tuvo alguna vez, en alguna parte, la necesaria ocasión de haber vivido. Saborear el precioso don del incesante dynamis arquetípico, tan arrolladora y sutil potencia transformadora y creadora, del propio e inexplicable escrutinio donde todo se descubre prueba, guía, tentación, destino que ha de ser rendido e integrado en una suerte consciencia cada vez más amplia.

Aventura fascinante y tremenda la de atreverse a internarse en la oscuridad e incertidumbre de la propia tiniebla, enfrentar lo numinoso para lograr al fin, tras ser incubados, renacer sin dejar de reconocernos. Quizá el mayor pecado –si no el único- sea la inconsciencia de la propia inconsciencia, aquella que convierte la posibilidad real de redención heroica y apoteosis en el sórdido, consentido, predecible y superficial simulacro del cotidiano autoengaño, tan propio de nuestros tecnocráticos tiempos.