Mostrando entradas con la etiqueta Ibn Arabi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ibn Arabi. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de septiembre de 2012

Hermosa huella

“En su secreto circunvalan los refinados de espíritu,
imparables hacia el amor caminan sus corazones.”
(Ibn Arabí, Tannazzulat al-mawiliyya)
 
“No te asustes cuando te asalte la hostil indiferencia
por calles y avenidas, por cárceles y trampas, por tumbas infinitas.
No temas la vorágine, ni huyas del torbellino, ni cedas al rigor.
Regresa siempre al dulce pálpito del silencio.”
(Omar Khayyam, Rabaiyyat)

 

 

 

Sólo quién verdaderamente ama la belleza eterna, la oculta tras la belleza efímera de las cosas. La belleza que se oculta en la sabiduría, en la destreza, en la soltura, en la vivacidad, en la finura de rasgos, en la gracia de los movimientos, en la ligereza de gestos, en la generosidad y en la valentía, para que el alma noble así las descubra y reconozca. Poderosa es la fuerza del recuerdo.

 

No somos capaces de ver fuera sino la belleza que guardamos dentro del alma, la que en su espejo verdaderamente se conmueve y rinde porque se atesora. Que llega la belleza al alma antes que a los sentidos. Que bien reconoce a su imagen la humilde semejanza, y se muestra agradecido lo que se sabe posible gracias a lo necesario. Bien poderosa es la fuerza del recuerdo.

 

La celosía del alma sabe más de la luz que oculta que de la que la traspasa. Amor que fluye entre el temblor de dos espejos, dejando grácil la huella de su hermosura. Verbo, palabra que fluye hecha acción. ¡Cuán poderosa es la fuerza del recuerdo!
 
 
 
 

sábado, 14 de julio de 2012

La Gran Catástrofe


“Habrás resuelto el enigma de la existencia
cuando descubras la verdadera diferencia
entre continente y contenido.”
(Moshé ben Maimon, El Libro del Conocimiento)

“En la privación silenciosa y vacía
brotan las formas de toda plenitud:
¿Cuáles de los dones de vuestro señor negaréis?”
(Ibn Arabí, Engarces de Sabiduría)





La Tradición Primordial entiende la llegada de La Hora como ese momento único en la vida de todo ser humano en el que se da cuenta de que ya no puede seguir mintiéndose más. Es una suerte de caída ya que uno “cae en la cuenta”, “se cae del guindo”, la realidad entera “cae por su peso”, al fin se entera de qué va todo, adquiere entendimiento de su lugar en el mundo: le llegó su Hora Definitiva. Una auténtica catástrofe para el Ego, que se creía, no sólo más listo que los demás sino sobre todo, separado.



Terminada la fiesta, el gentío desaparece y se queda la plaza vacía. El espacio permanece así intacto, puro, inmaculado, silencioso, haciendo posible la reunión de todos en un mismo lugar que espera. No importa lo cafre que seas, ni siquiera que tu descuido te haya llevado a las más altas cuotas de crueldad y deshumanización. La verdad y la belleza del mundo habrán de resplandecer en tu opaco corazón el día que llegue la Hora. ¿Sientes como se aproxima a ti, vertiginosa? Ya viene…



No te resistas. Esponja tu corazón. Ábrelo sin miedo. Querer ocultar la fuerza de una semilla enterrándola en la tierra, sólo consigue arrancar de ella la vida que encierra. No hay nada que puedas hacer para evitar tu hora. Estás perdido. Sin remedio. Ríndete. Date la vuelta, mira a tu espalda, allí donde reposa el futuro irremediable que tú desconoces. Ya viene.





domingo, 8 de julio de 2012

El hombre imperfecto


“No vivimos sino en un mundo imaginario,
que transcurre dentro de Su imaginación.
Sólo el Ser que imagina imaginar es Real.”
(Abdel Karim Al-Gili)




El hombre dormido, aquel que se sueña despierto, no desea despertar en modo alguno despertar de su sueño, desdeñando aquellos umbrales oníricos que le invitan, a través del símbolo, a despertar a lo Real: el velo, el reflejo de la alberca, el permanente juego de luces y sombras tras la celosía del alma. Distintos órdenes imaginarios que se suceden unos dentro de otros y conviven en simultaneidad, ya que el tiempo no es sino transcurrencia ilusoria.

El encuentro entre lo imaginado (nosotros) y Quien imagina, únicamente tiene lugar en la posibilidad que antecede al instante. En ese encuentro, que no es sino autoconciencia, reflejo, suceden todos los universos. Todo cabe.

Dios se sabe así, Imaginador Imaginado, por primera vez, cada vez que ello ocurre. Y es en aquel entonces soñado donde aquel hombre dormido, sueña que despierta. Y se sabe al fin sueño soñado. Y todo, por vez primera, una y otra vez comienza. Perfecto. Exacto. Simbólico. Como en un sueño.



lunes, 11 de junio de 2012

Qtub


 “Guarda silencio sobre el camino, sepas lo que sepas.
Deja que la sabiduría brote en su corazón
del roce con la vida, del sacrificio cotidiano.
A los que fueron puestos a tu lado por la divinidad,
nada enseñará mejor a andar a tientas
que el lento caminar de tus sabios pasos.”
(Virgilio a Durante, en el Infierno)

"El día que ya no quede un ser humano con Aliento,
se quebrará el Cielo entonces, de tan frágil."
(Qurân 69, 16)






El Shaykh al-akbar nunca reconoció la autoría de ni una sola línea de obras tales como sus “Revelaciones de  la Meca”, sus “Engarces de Sabiduría” ni tampoco de su “Morada Polar”, dado que él los considera totalmente inspirados por entidades sobrehumanas que le habían elegido como su fiel y humilde transmisor.

Al Polo (Qtub) le cabe tradicionalmente la custodia de la integridad del mundo. Preside el gobierno en la sombra (Diwan al-Awliya) que ejerce sobre nosotros el influjo de su soberanía espiritual (at-tasarrufbi-l-himma) controlando su devenir mediante lo que se denominan “acciones y reacciones concordantes” con la Voluntad divina. Son su brazo ejecutor sobre humano: la fuerza de la Ley Eterna Natural, Sanathâna Dharma.


El Qtub, Enoch (Idris), Señor del Instante, se asienta sobre tres inmortales “Pilares” o “Columnas” (awtâd) de la tradición islámica, dos imám o nuncios laterales, Elías/Jakim (Ilyâs), Jesús/Boaz (‘Isa) y en el intersticio central “el Verde” (Khidr). Todos ellos actúan como soporte vivificador de los centros espirituales terrestres “secundarios”. Esta idea de “centro” trascendente la encontramos presente a su vez en otras distintas formas adscritas, como la islámica, al núcleo de la Tradición Unánime, también llamada Primordial.





Así encontramos lugares que fueron preservados de la caída humana y custodian celosos las vías de su regreso a la Fuente: La Tule hiperbórea, el Airyamem Vaêja mesopotámico, el Paradêsha o Agartthi hindú, la Tierra de Luz de los vivientes e inmortales del taoísmo. Formas que no pueden ser vindicadas por ninguna confesión institucional o patente espiritual, pertenecen al género humano, son patrimonio exclusivo esencial de la entera humanidad: su necesario atributo.

Los largos caminos que preceden a la meta requieren hacerse por etapas, recalando en aquellos benévolos lugares más propicios para la “parada y fonda”, pero transitorios siempre, aunque de paso necesario. No hay en ellos nada dispuesto al azar, todo responde a la más estricta funcionalidad para garantizar el pronto restablecimiento de fuerzas y la consiguiente reanudación del viaje. Tal eficaz disposición hace de ellos providencial etapa, en ellos se resume todo el fatigoso bagaje previo y las vicisitudes acumuladas durante el tránsito, aquellas que nos califican como experimentados o, en su defecto, nóveles viajeros. Pues es la función de viajero la que importa, y no tanto el grado alcanzado.


Lo que hace cumplir a la perfección su función al recipiente, no es tanto la forma estética que tenga, como su total capacidad -sin fisuras ni grietas- de previo llenado y posterior vaciado. Así custodia la jarra de alabastro todas las sutiles esencias del embriagador nardo. Es allí donde se guarda y protege su arrebatador perfume, es allí -en ese recipiente prodigioso- donde será necesario buscarlo. El arte de la escucha, la ardiente llama de la atención en el corazón.




"En mi cama en la noche,
eché a faltar al amor de mi Alma:
lo busqué y no lo encontré.
Me levanté, recorri sin éxito la ciudad
deambulando por calles y plazas,
 en vano interrogué a los guardias...
Más, apenas los pasé, ¡vaya si le encontré!"
(Shir Ha Shirim 3, 1-4)