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domingo, 29 de septiembre de 2013

El lamento de Ovidio

“No cabe en mis palabras sino
el secreto que traspasa mi corazón.”
(Ibn Arabí, Intérprete de los deseos ardientes)
 
 “Diles que he tenido una vida maravillosa.”
(Ludwig Wittgenstein)

 

 

Como semillas que esperaran su luna fértil para darse a conocer, así las palabras verdaderas aguardan un desprevenido lector a quien entregar su oculto sentido. Más allá de respirar y alimentarse, la posibilidad de ser quienes necesitamos ser se revela intrínsecamente ligada a la circunstancia de encontrarnos inmersos en la maravilla de un mínimo entorno intelectual y afectivo. Sin esto, relegatus in perpetuum, la vida no es sino devastación, inercia, amargo exilio en cautiverio y desamparo.


Bendito siempre, audisti de malis nostris, el parental Eterno que nos condujo a las hijas del jethro Raguel y nos otorgó el honor de sentarnos a su mesa, apacentar sus rebaños y recibir el amor de Sephora. Ese amor que permite captar el más leve guiño en una vulgar zarza y descalzarse, tras sentir el intenso pálpito de la completud tras ella. Mientras otros endulzan sus mentiras con vocablos de manipulador prestigio para conmover a pusilánimes, ciegos e indolentes, sin otra certeza que la de no ser, aniquilados en él, noli timeres.
 
 

 

jueves, 8 de noviembre de 2012

Confusión de lenguas


“Inexpresable es todo aquello
que se muestra a sí mismo.”
(Ludwig Wittgenstein, TLF 6.522)
 
Quien quiera controlar a un ser humano,
deberá controlar antes su pensamiento.
Quien quiera controla el pensamiento,
deberá controlar el lenguaje.
Sobran las palabras.
(George Orwell, 1984)

 

 
 

La estrategia disuasoria de confundir lenguas y atropellar la riqueza semántica de los vocablos -desde los tiempos idílicos babilónicos hasta nuestros aciagos días- ha cobrado un diabólico énfasis eufemístico inusitado, deformándolos, invirtiéndolos o desplazándolos de la forma más perversa y tanto como sea posible.

Términos como “espíritu”, “metafísica”, “esotérico” o “intuición” han caído de lleno en el campo semántico de la psicopatología moderna, como formas más o menos disfrazadas del delirio. Otros, como el de “iniciación”, han sido muy convenientemente desplazados desde el ámbito de la psicología religiosa al de la psicología social o grupal, como pauta descriptiva de comportamientos mafiosos o sectarios.

La tiranía del lenguaje también ha desechado términos como "inefable", dado que la modernidad entiende que no existe nada de lo que no se pueda hablar, si no es como fase previa a su confirmación o posterior desecho como hipótesis de trabajo empírico. Wittgenstein tenía, quizá a su pesar, razón al concluir ¡con palabras! la esencia de su mítico Tractatus. No queda otra: Silencio metódico, ergo, tradicional. Así pues, no haga ningún caso a lo leído y, por lo que más quiera, no se le ocurra tirar la escalera, después de haber ascendido por su atenta lectura (no vaya a ser que luego prefiera volverse a bajar y no encuentre cómo).