miércoles, 17 de octubre de 2012

Mutus silentium

“Sileteque et tacete atque animum advortite…”
(Plauto)
 
“Cuando derramamos agua sobre la tierra desolada,
enseguida rebulle, brota y henchida revive.
Quién otorga la vida, resucita así un corazón zombificado,
como si tal cosa.”
(Qurân 41, 39)

 

 
 

Nada es efímero en la certeza. Quien conoce la belleza de su alma, es capaz de detenerse –siquiera un instante- en los pormenores más delicados y sutiles de su belleza, en cada mínimo escondido detalle de la irisada filigrana de su divino rompecabezas. Quien conoce la belleza de su alma, conoce a su Señor.

 
 
 

Como una fina bruma de quietud en medio de la turbulenta ficción del mundo nos bendice y disipa cualquier duda. El susurro del alma tiene su cadencia, su ritmo. Sabe que en su latir va al encuentro con una muerte tan rauda como silente, y no teme, porque sabe escuchar su mudo silencio. Llega así a la certeza, a la transparencia. Ve.
 
 
 

sábado, 13 de octubre de 2012

Susurro otoñal


“En cada respiración se muestra el camino de regreso.
Protege ese tesoro de distracciones
en la guarida de tu corazón.”
(Ibn Arabí, Al-Futuhatu`l-Makkiyya)

 

 

 

La llegada del suave aliento otoñal supone una ocasión privilegiada para tomar conciencia del sutil Aliento Sagrado que impregna la total provisionalidad de nuestro efímero ser, el pulso vital que entregamos con la misma docilidad que le recibimos en cada respiración. Conviene recordar que el don de la vida –como todo lo demás- no nos pertenece. Tiene propietario.

 
Caminar sobre el crugir de las hojas rendidas al impulso del aliento otoñal es un ejercicio estupendo para contemplar en silencio nuestro reflejo en el espejo del alma, allí donde el paseo interior se entrega dócil a la magia del paseo exterior. Tiene lugar el prodigio del escandallo reflexivo, allí donde se pasa revista a nuestras acciones y omisiones cotidianas, a lo que dijimos o dejamos de decir, a los potentes pensamientos que en vano se esconden tras cada  inhibición o acto. Allí donde sabemos y reconocemos nuestro abandono a la maldad, el olvido siempre transgresor.

 
En ese beso sutil, preciso y precioso, el aliento otoñal se torna don, instante de gratitud. Sabor y presencia. Recuerdo de por qué y para qué seguimos vivos.

 
Germen de luz y temor.
 

Urgencia…



jueves, 11 de octubre de 2012

Élite


“Todo el árbol
ya se encuentra en la semilla.”
(Eliyohu Ben Shlomó Zalman, el Comerciante)

“Una tierra informe, vacía
y en la que una gran oscuridad
cubre el abismo.”
(Génesis 1,2)

 

 
Cada vez son menos las ocasiones en que un texto nos invita a pensar, reflexionar y a poner en duda lo que consideramos cierto. Hoy en día, ya nadie quiere granjearse enemigos, optando por refugiarse en los dogmas de lo populísticamente correcto. Pocos son los que aún cuentan con la sensibilidad suficiente para detectar aquellas palabras que, nacidas desde y para el corazón, gozan así de una libertad exquisita. Logran conectar almas en ausencia de lo sagrado.


La sabiduría primordial es un antídoto eficaz capaz de contrarrestar la locura del mundo actual y evitar que esta empañe la mirada lo menos posible. Allí donde muchos vivencian lo espiritual como la más acomodaticia renuncia a la cordura, pocas cosas hay tan verdaderamente revolucionarias y trasgresoras como el anhelo de trascender las cotas de lo inhumano. Aquel que busca lo espiritual hace frente a las necesarias adversidades con un tesón tan radical y obstinado como salvaje.
 


 
 
Allí donde la máscara globalizadora no puede secuestrar la auténtica búsqueda de lo real, es donde tiene lugar la inmersión vivificadora en la Tradición. Una inmersión que no conoce sucedáneos sociológicos ni cae seducida bajo la potente maquinaria del márketing espiritual. En vocación de minoría, prefiere a los menos, gusta de los pocos, aborrece el tropel de la cantidad frente a la exquisita calidad.

 
Tiempos informes, vacíos en su multiplicidad, confusos y oscuros pese a los esfuerzos ingentes del brillar profano, incapaces de mitigar el abismo del alma separada de su fuente, proclives a la convivencia del puritano exacerbado con el degenerado, satánica mezcla en la que todo cabe puesto que nada vale, toda vez que hábilmente se deconstruye su artificio: impostura de la moderna postmodernidad. Lo auténtico resiste, incardinado al espíritu. Que no caben distracciones con las que enmascarar la fractura del abismo sino construyendo puentes. Un arte al que se atreven pocos y triunfan menos, atrapados en el magma incandescente de los intereses propios. El creciente lunar augura el desarrollo pleno de lo aquello que, vía recta, obedece al peregrinar certero de su propia naturaleza. Sólo el peregrino sabe lo que busca.




domingo, 7 de octubre de 2012

Imaginero enamorado


“Allí donde no me abarcan cielos ni tierra
lo consigue un corazón.”
(Hadiz qudsi)
 
“Sólo el amor conduce a Él,
no la sabiduría.”
(Ibn Arabí)

 

 

 

Todo aquello en lo que confías posee un carácter divino para ti. Es importante y diferente del resto de cosas y personas en las que no confías. Aquello que consigue destacar de la oscura ambigüedad del horizonte de las cosas y producir en ti la poderosa fascinación de la confianza: enamorarte. Capta tu atención y hace que creas en su eficacia y la aceptes. Lo consideras, de algún modo, lo más verdadero, lo único real. Algo a lo que otorgas incondicionalmente estatuto de ser frente a lo difuso y relativo de todo lo demás. Haces, consigues, que sea especial para ti. De algún modo que sólo tú sabes, posee virtud, te satisface.

 
Espejismo. Autoengaño. Apariencia. Disfraz. Posible.
 

¿Qué hay por debajo? ¿Qué se esconde detrás? ¿Qué se oculta en todo ello? ¿Qué se resiste, una y otra vez, a ser atrapado? ¿Quién juega incesante? ¿Qué quién? Como siempre, ya se fue. Permanente escamoteo que no cesa. Que no cesa. Es como intentar abarcar lo impensable. Y en ese imposible desafío estamos. Enganchados. Se fue otra vez. ¿Quién sabe tras qué esta vez? ¿Quién sabe escondido tras qué nuevo dónde? ¿Quién sabe?
 

Delante, sutil peregrinar inacabable, siempre camino por recorrer. Otra vez.
 
 
 
 

sábado, 6 de octubre de 2012

Subjetividad usurpada


 
A Ramesh Balsekar, in memoriam.
 
Lo cotidiano, la humanidad, nuestra familia, nuestra memoria, la memoria de lo bello y de lo amargo que vivimos tienen un secreto sentido. Las cosas más simples, más sencillas obedecen a un plan fuera de escena, al que nada en la escena escapa. Nacer y morir, la ciencia y la tecnología, los pormenores del mapa universal –incluidos nosotros- obedecen una única voluntad. El bien y el mal se entrelazan en un sutil diseño, no evidente a la mirada perezosa, que permanece ajena a esa intimidad. Vivir no es ser actor, sino instrumento, límite en el que sucede una mirada que no nos pertenece, porque es única. Devenir eterno.

 
El principio básico de la ausencia de dualidad sostiene cada ser, proceso auto-generado que se manifiesta en nuestro universo aparente, simplemente ocurre. La intelección de nuestras sensaciones hacen de nosotros unos objetos animados peculiares. Ese mismo intelecto es capaz de crear la ilusión de separación y otorgarle visos de realidad. Es necesario por tanto crear en dicho intelecto una ilusión antagonista, la ilusión de liberación. El intelecto se focaliza en liberarse en aquello mismo que el ha creado y le hace sentirse atrapado en su propia ilusión. Todos somos objetos de un único sujeto.
 
 
Al creernos así sujetos separados, quizá estamos usurpando “ilusoriamente” aquella subjetividad de lo inmanifestado que nos creó. El dios extraviado en la identificación queda así liberado cuando, debidamente desidentificado, regresa a la conciencia impersonal. Ese proceso de desidentificación siempre es del todo algo impersonal. No puede ser realizado por ningún yo. Terminada la obra, desaparece con ella el actor. El ser inmanifestado es.Tú que crees que ahora lees ¿Qué buscas? ¿Encontraste al fin –fuera de ti- un espejo? ¿Halló la conciencia impersonal reposo? La mirada que se asomaba al ojo, desapareció. Un Amor sin nombre que no descansa propicia el descanso, preciso, ocurra lo que ocurra.

viernes, 5 de octubre de 2012

¿Insufrible exilio?


“Trabajando en el campo, el verso llegó a mi boca.
Ahora sé que un río es luz, que hay una nueva primavera
y aún un nuevo modo de conocer.”
(Simón Bar Yojai)
 
“En cada letra encontrarás
numerosos mundos.”
(Hayim Vital)

 

 

 

Uno puede soportar la invasión y el exilio babilónico, 200 años de cruzadas, incluso las atrocidades del exterminio. Lo que resulta de todo punto insoportable es una realidad alejada de su fuente primigenia. Una separación abismal que requiere para su disolución del concurso colectivo de fuerzas sobre humanas, capaces de reunir amada con amado, amado con amada.

 

Esta crisis parece no tener fin, nos exige que asumamos eterno su tormento, nos paraliza instalándonos en una impotente irredención ante la que nada hay que podamos hacer, salvo un sordo agitarse y patalear. Un complejo y dinámico proceso sin sentido ni propósito. ¿Cabe mayor crueldad? ¿Cómo superar esta extensión infranqueable entre creador y creatura? ¿Qué teme la divinidad al refugiarse en los recovecos del infinito, tan lejos y ausente de su obra finita?

 



 
La inmanencia requiere un salto a otro mundo cuya separación del nuestro agónico hace posible la dialéctica interacción. La relación y el encuentro sólo son posibles desde la separación que se reconoce. Esta separación es creadora de permanente reunión: Creación.

 
 
Lo eternamente ausente así se encuentra en todas partes, en todas se reconoce, es posible -desde la mirada oportuna- en cada pensamiento, en cada palabra, en cada gesto, en todo tiempo y lugar. Ningún intersticio subatómico se halla libre de su gloria. Bendito sea en su omnipresente ausencia, el campo escalar, del que somos –lo queramos o no- necesaria vicisitud. Imaginaria posibilidad que, bien mirada, lleva la marca de la santidad.
 
 
 
 

martes, 2 de octubre de 2012

Dócil impostura

“Si no hay actos en la tierra,
no los escribirá el Eterno desde arriba.”
(Yamil Al-Mansur Haddad)
 
“Sin más, el Eterno anula o confirma
a Voluntad lo que quiere.”
(Qurân 13, 39)

 

 
Más allá de nuestras ínfulas, pretensiones y ridiculeces, la existencia simplemente ocurre. Nos ocurre. La disolución de la materia, su irrevocable muerte, sólo anuncia la enésima de sus transformaciones. Este devenir es utilizado como excusa para justificar la propia inmoralidad, la arrogancia y el fatalismo, ante tal ausencia de libertad. Sin embargo el ser humano no puede desligarse de su condición de constructor de su propio destino. Simplemente ocurre. Su acción representa su modo de estar en el mundo. Esconde así una voluntad más grande que su propia voluntad. ¿Cómo encontrarla, aquí y ahora?

 

Eliminar la hipocresía y el disimulo de forma completa, actuar con sinceridad y sin miedo a la verdad, no es algo que todos deseen llevar a cabo. Presos de las trampas del yo, atrapados en la auto indulgencia, en el calor de las propias concesiones, en los múltiples recovecos del irredento egoísmo, dejamos que nuestras vidas se malogren. Es nuestro actuar un activo dejar de actuar. Así tienen que ser las cosas. Así son, porque así tienen que ser. Hasta el hipócrita, sin saberlo, actúa de acuerdo con la realidad y la verdad. A un mismo tiempo, resulta posible esforzarse en aceptar y transformar lo real.