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jueves, 15 de noviembre de 2012

Órfica resonancia


“Se requieren voluntarios
para cambiar la memoria-partitura
de la subyugada especie.
Abstenerse pusilánimes y cobardes
(que ya vamos sobrados).”
(ACHE, Oferta dominical)

 

 

 
Muchos no me creerán si les digo que la práctica habitual del ayuno, la respiración consciente y la meditación no sólo modifica, si no que aún mejora, el genoma de la especie. No sólo de quienes son afectos a tales absurdas prácticas. No, no, leíste bien, de toda la especie. Para desesperación de eugenesias de todo a cien, que andan trasteando con lo que no saben. La ciencia básica, frente a la aplicada, ni tiene dueño ni atiende a subvenciones, básicamente por que responde a una verdad más allá de espurios intereses bastardos y rentabilidades de ocho al cuarto. Responde, sobre todo, a lo que no se aplica (ni debe nunca aplicarse). La mutación es imparable.
 
 
 

miércoles, 17 de octubre de 2012

Mutus silentium

“Sileteque et tacete atque animum advortite…”
(Plauto)
 
“Cuando derramamos agua sobre la tierra desolada,
enseguida rebulle, brota y henchida revive.
Quién otorga la vida, resucita así un corazón zombificado,
como si tal cosa.”
(Qurân 41, 39)

 

 
 

Nada es efímero en la certeza. Quien conoce la belleza de su alma, es capaz de detenerse –siquiera un instante- en los pormenores más delicados y sutiles de su belleza, en cada mínimo escondido detalle de la irisada filigrana de su divino rompecabezas. Quien conoce la belleza de su alma, conoce a su Señor.

 
 
 

Como una fina bruma de quietud en medio de la turbulenta ficción del mundo nos bendice y disipa cualquier duda. El susurro del alma tiene su cadencia, su ritmo. Sabe que en su latir va al encuentro con una muerte tan rauda como silente, y no teme, porque sabe escuchar su mudo silencio. Llega así a la certeza, a la transparencia. Ve.
 
 
 

domingo, 5 de agosto de 2012

El ayuno de San Lorenzo


“Por el ayuno, mi Alma busca tu Gracia incansable,
aquella que purifica todos mis actos de mí mismo sin agua,
sabe ser sutil sin aire, luz sin fuego
y océano espiritual sin cuerpo.”
(Ibn al-Farid, Camino de pureza)

“Proviene el verdadero ayuno de Quién procura todo alimento.”
(Ibn Arabí, Tesoro de los amantes)







Las obras del verdadero iniciado, recogidos sus sentidos externos e internos, son realizadas a salvo de toda mirada profana, en lo recóndito de un corazón abstinente. No hay juicio, por pequeño que sea, que tenga cabida en tal grado de ausencia. No cabe distracción alguna, que no sea tenida por amenaza, ni siquiera una mosca o una mota de polvo del camino, cuando la contemplación se pretende pura. Saciado está aquel que sabe por qué ayuna.



Una sola aguja vela el paso de aquel que se distrae. Reúne al mundo y su circunstancia y sácalo fuera. Bendita sea la parrilla que asa por ambos lados. Aquella que permite ver por doquier Su mirada. Aquella que a cada paso nos devuelve la sonrisa de Su Rostro. Por ello debemos ser tan raudos en romper el ayuno, como celosos de una total puntualidad en su comienzo. Todo lo demás, estar ciegos, aprisionados en la palabra vana. Ignorantes de que dos se hacen uno por el pacto. No hay dos, cuando es verdadero el encuentro.