domingo, 29 de septiembre de 2013

El lamento de Ovidio

“No cabe en mis palabras sino
el secreto que traspasa mi corazón.”
(Ibn Arabí, Intérprete de los deseos ardientes)
 
 “Diles que he tenido una vida maravillosa.”
(Ludwig Wittgenstein)

 

 

Como semillas que esperaran su luna fértil para darse a conocer, así las palabras verdaderas aguardan un desprevenido lector a quien entregar su oculto sentido. Más allá de respirar y alimentarse, la posibilidad de ser quienes necesitamos ser se revela intrínsecamente ligada a la circunstancia de encontrarnos inmersos en la maravilla de un mínimo entorno intelectual y afectivo. Sin esto, relegatus in perpetuum, la vida no es sino devastación, inercia, amargo exilio en cautiverio y desamparo.


Bendito siempre, audisti de malis nostris, el parental Eterno que nos condujo a las hijas del jethro Raguel y nos otorgó el honor de sentarnos a su mesa, apacentar sus rebaños y recibir el amor de Sephora. Ese amor que permite captar el más leve guiño en una vulgar zarza y descalzarse, tras sentir el intenso pálpito de la completud tras ella. Mientras otros endulzan sus mentiras con vocablos de manipulador prestigio para conmover a pusilánimes, ciegos e indolentes, sin otra certeza que la de no ser, aniquilados en él, noli timeres.
 
 

 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Canciones Horarias


 
La editorial QyDado, con motivo de la necesaria renovación otoñal, ha tenido a bien publicar un nuevo libro, Canciones Horarias, disponible de forma gratuita y a todo color, para todos los seguidores y seguidoras fieles de este blog, pulsando sobre la imagen de la portada. ¿Quién sabe si emplearán bien sus horas, quienes  se dediquen a su atenta lectura?
 

 

Te ofrecemos el texto de su contraportada, para ver si picas.

"Detente. Pero ¿qué haces? No leas ni una palabra más. Desiste. Prosigue el ajetreo de tu propia vida sin más. No necesitas el lastre innecesario de una nueva lectura con la que cansar tus ojos, un texto vano más en el que arrastrar tu mirada buscando acallar inútilmente el anhelo de tu sed. Cierra este libro y huye, pon a salvo los frágiles resortes que aún preservan tu precaria cordura. ¿Por qué osas desoír la cautela de mi insistente ruego y estimas inútiles todas estas advertencias que no buscan sino aumentar las horas de tu bien?
 
 Misterios de la psicología inversa, a menudo solemos caer en la tentación de adentrarnos en la oscura tiniebla de procelosos mares, abandonando la certera protección de la orilla, dando más crédito al súbito delirio de un trastornado corazón frente a los cálculos más razonables del sentido común, que nos garantizan seguridad y sosiego en el previsible cotidiano. Sea pues, y zarpa, allá donde quiera que te lleve la lectura, pues has decidido afrontar la aventura de tu última hora, entre estas páginas. Ten por seguro que no saldrás vivo de este libro. Si no, al tiempo…" (Contraportada)

 

martes, 24 de septiembre de 2013

Levanah


“Oh Fortuna, cambiante Luna!
Siempre creces o menguas.
Odiosa vida, tan pronto dura
como luego favoreces al tahúr.
Pobreza y poder, todo fundes cual hielo.”
(Carmina Burana)
 
“Hasta el más puro de corazón
que en la noche susurra piadoso sus oraciones,
florecido el acónito, radiante la Luna,
puede tornarse destructor Lobo
de todo cuanto ama.”
(Tradicional gitano)

 


Cuando traspasamos nuestra zona de confort y nos adentramos en la de aprendizaje, nunca sabemos lo que vamos a encontrar. Nuestro propósito es deficiente; nuestra intención vaga, a la espera de ilusorias recompensas que nunca llegarán sin el pago de nuestro esfuerzo constante.


Aprendemos así, poco a poco, lentamente, a trompicones, cada vez un poco y otro poco más. Nunca es como al principio habíamos imaginado, por lo que sentimos un miedo tan real como indescriptible, en la certeza de que algo está muriendo –quizá de manera irreparable- en nosotros.

 
 
Cada progreso se transforma así en una trampa, un crucial atolladero, una batalla interminable dentro de nosotros que inmisericorde nos reclama: “Con lo bien que estabas, ¿quién te mandaría adentrarte en semejantes berenjenales? (Con lo bien que estabas)”.

 
El miedo, siempre el miedo, nos enreda el alma a cada paso, zancadillea cada latido, ensombrece cada esperanza. Nos desanima, nos paraliza, nos detiene. Nos asusta, nos derrota e incansable al desaliento termina por  vencernos. Al menos, eso es lo que busca, lo que da sentido a su afán.

 
Podemos estar bañados en el miedo, sin que por ello debamos en ningún caso de finalizar nuestro aprendizaje, aquel que nos conduce a la zona ignota que anhelamos, nos adentra en el misterio. Vencido el miedo nos atenaza aún un enemigo mayor, la ilusión de claridad, el espejismo de apresurarnos tras una certeza irreal. Quien venció su miedo debe ahora desafiar su prisa, esperar con paciencia y medir con discernimiento cada nuevo paso. Quien sabe que no sabe, todo lo puede a su antojo. Su deseo es ley.


Es el poder el mayor enemigo. Así, quien vence su miedo y comienza a dar pasos calculados, termina promulgando leyes. Alguien tan poderoso, que se ha rendido al poder, es más esclavo que dueño de su destino. Y aún queda un enemigo más, quizá el más cruel, ya que, invencible, sólo puede ser ahuyentado un instante: el tiempo.


Cuando ya no tienes miedo, tu claridad es paciente y ya todo tu poder se encuentra bajo control, sentirás deseos de descansar y tirar la toalla desde un alma envejecida. ¡Sacude tu cansancio y vive tu misión hasta el último de tus días, hasta el último aliento! Sólo entonces habrás honrado el don de conocer y habrás sabido merecerlo.
 
 
 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Perlas de Indra

“Los dioses que rigen la vida son los metros:
todo se sostiene aquí y ahora gracias a ellos.”
(Rig Veda)
 
“La trama sobre la que todo se teje
(incluso el akásico campo escalar)
es la medida, verdadera sílaba divina.”
(Yajnavalkya, Shatapatha Brahmana)

 


Si la felicidad es tan contagiosa, como ahora dicen, rodearse de personas felices aumentaría considerablemente nuestra probabilidad de contraer tan fatal enfermedad y mostrar así sus perversos síntomas: la sonrisa natural, la perseverancia, la capacidad de encontrar el lado positivo a cada situación y celebrar los pequeños triunfos cotidianos, el gusto por los placeres sencillos, por hacer el bien y ayudar al prójimo desconocido, dejándose llevar por la buena música y las conversaciones de corazón a corazón, donde escuchar al otro significa desconectar del torrente dominante y detenerse a bucear en su mirada con la nuestra, desde un mismo y único espíritu, caminando, riendo y soñando en un sendero de vida compartida.

Ya no sería necesario ver películas tristes, comer carne roja, pelear con nuestros músculos hasta caer rendidos en el gimnasio, viajar en metro o tener que pensar siquiera en nuestra condición mortal nunca más. Si la felicidad fuera tan contagiosa, podríamos tener incluso la alucinación de encontrar un Buddha en el camino y, como señalan los sabios Zen, tendríamos que armarnos de suficiente valor para... matarlo. Después de todo ¿quién quiere ser esclavo de su felicidad?

 

 
 
 
 

El grito de Isfendiar

“Tus garras no pueden hacerme mal alguno,
Ghuleh, aunque amontonases montañas de hierro.
Vuelve a tu forma real y te hablaré con mi espada.”
(Firdusi, Sha Na Meh)

 




 
 
Muerto ya sobre su trono y apoyado aún sobre su cayado, los genios a los que esclavizó la magia de Salomón y que no fueron encerrados en vasijas lacradas con su sello, aunque presumían de conocer lo oculto, siguieron trabajando dóciles y atemorizados. Sólo cuando la carcoma deshizo el cetro real, fueron conscientes del macabro engaño.

La nobleza diabólica de estos príncipes, duques y reyes encadenados por el lazo invisible de su soberbia era, pues, de pacotilla. Qué fácilmente supo ver el Sabio que tras la aparente genialidad se escondía una debilidad cuyo potencial supo aprovechar en la construcción del reino. La fuerza del conjuro no era sino la de, ars goetia, conocer el nombre-lazo.

No importa la camaleónica forma que adopten, si tu oración no extravía su atención e intención. No te distraigas. Velar… velar lo es todo.

 

jueves, 19 de septiembre de 2013

Intención exterior


“El frio nos envuelve en su realidad,
nos atrapa, como a la flor perenne
de nuestro jardín.”
(Nadeem Aslam)
 
“No es fuerte quien agrede,
sino quien sabe mantener a raya su enojo.”
(Al Bukhari)

 

 
 
Conseguir recordar nuestro origen unitario venciendo la propia densidad y el péndulo del extravío exterior es una proeza reservada a unos pocos, bien armados de voluntad, disciplina, paciencia y guía certera para transitar por el laberíntico escenario. Los demás vagabundean a trompicones en el olvido de la intención interior, que no es sino dócil y cómodo autoengaño, prefiriendo ocultar que “yihad” no es guerra, sino esfuerzo y servicio desinteresado.

 
La solución no está en el aislamiento eremítico. Si hemos de hacer caso a Filón, los esenios no vivían retirados en cuevas sino que, muy al contrario, su modo de vida comunitario se desarrollaba en ciudades o poblados rurales, distribuidos en en Thiasoi, Hetairíai y Syssítia, ocupando su vida en todo lo relativo al bien común. Afortunadamente, no hemos inventado nada y la sabia misericordia siempre derrota al rigor, pues nunca actúa bajo el brutal dominio del enojo.
 
 
 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Superbia


 


"El prestigio (temor) ciudadano
es el oxígeno de cualquier Estado."
(Nicolás de Maquiavelo)
 
"Hoy la historia se vive sólo con los ojos,
y ya no existe una verdad que no se revele con una imagen."
(Manuel Vicent)





El viaje de Abraham es la crónica simbólica del periplo de todo ser humano en la búsqueda de sí mismo. Hace once mil años, los cazadores-recolectores del Neolítico encontraron "entre ríos" una gran llanura fértil en la que cómodamente poder asentarse. Aprendieron a secar, salar y prolongar la duración nutritiva de lo cazado. Descubrieron el poder oculto en la semilla y el modo de domesticarlo. No cabe mayor paraiso que el de la abundancia.

La inteligencia que se sabe creada por una Inteligencia creadora, no puede dejar de encontrar los mejores modos (diferentes) de honrarla, en un primer término en arameo, la lengua de Abraham y la de Jesús. La soberbia inteligencia que así desprecia su origen, y se arroga ser centro, ya ha sido arrojada del Edén antes de ser arrojada. Aquel que pretende llegar a ser como Dios no es sino porque desconoce que ya es uno en Él. La serpiente sabe que ha olvidado.

Separar aquello que en origen no está sino unitariamente confundido fue el Origen, el trágico nacer de la soberbia inteligencia, esto es, de la destructiva ignorancia. Si la envidia y la ira son el germen tóxico del humano extravío, ¿dónde encontrar un íntimo sendero de vuelta?