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sábado, 3 de agosto de 2013

Torre de Vilafamés

“Conocer el mundo sin salir de casa
y al Tao del Cielo sin asomarse a la ventana.”
(Lao Tsé, TTK 47)

“Para sosegar mi alma, me serví de la naturaleza.
Incapaz de hallar silencio interior en mi corazón,
busque deleite reparador en cada horizonte.
Así de extraños fueron mis viajes.”
(T’u Lung, Los viajes de Mingliaotsé)




Hubo un tiempo, por estas fechas, en que solía acariciarme el corazón visitando rumbo a Oriente a aquellos que me acogieron, y entre los que me sentí, hermano. Era un viaje efímero, mas tan indeleble su huella que aún se deja atrapar entre los laberintos del alma.

Aún recuerdo las nocturnas caminatas a la espera de otra lágrima de San Lorenzo, en silencio, entre tropezón y tropezón, parecía que la tierra, celosa quizá del estrellado cielo, reclamase nuestra atención. Recuerdo el dulzor de la generosa higuera junto al umbral del mas, al rayar la mañana, las sonrisas cómplices bajo las arcadas del mikvé, la procesión de diosas al caer mágica la noche sobre el unísono respirar de las almas, el susurrar de chascarrillos iniciáticos al calor del ágape fraternal.

Han pasado ya algunos años. No supe destilar en mí la esencia divina, palpar el tuétano de las rocas y paladear el fruto de la vida eterna. Fui incapaz de nutrir mi virtud con dulzura ni logré abandonar mis deseos al viento y proseguir viaje. Pero aún recuerdo cómo entre aquellos muros amables y gracias al embrujo de aquellos polvorientos caminos, recobré para siempre la fe en la belleza.




domingo, 5 de agosto de 2012

El ayuno de San Lorenzo


“Por el ayuno, mi Alma busca tu Gracia incansable,
aquella que purifica todos mis actos de mí mismo sin agua,
sabe ser sutil sin aire, luz sin fuego
y océano espiritual sin cuerpo.”
(Ibn al-Farid, Camino de pureza)

“Proviene el verdadero ayuno de Quién procura todo alimento.”
(Ibn Arabí, Tesoro de los amantes)







Las obras del verdadero iniciado, recogidos sus sentidos externos e internos, son realizadas a salvo de toda mirada profana, en lo recóndito de un corazón abstinente. No hay juicio, por pequeño que sea, que tenga cabida en tal grado de ausencia. No cabe distracción alguna, que no sea tenida por amenaza, ni siquiera una mosca o una mota de polvo del camino, cuando la contemplación se pretende pura. Saciado está aquel que sabe por qué ayuna.



Una sola aguja vela el paso de aquel que se distrae. Reúne al mundo y su circunstancia y sácalo fuera. Bendita sea la parrilla que asa por ambos lados. Aquella que permite ver por doquier Su mirada. Aquella que a cada paso nos devuelve la sonrisa de Su Rostro. Por ello debemos ser tan raudos en romper el ayuno, como celosos de una total puntualidad en su comienzo. Todo lo demás, estar ciegos, aprisionados en la palabra vana. Ignorantes de que dos se hacen uno por el pacto. No hay dos, cuando es verdadero el encuentro.