Mostrando entradas con la etiqueta mirra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mirra. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de octubre de 2012

Los difuntos y los santos

“El drama de nuestro mundo
surge de nuestro Espíritu
y en él vuelve a hundirse.”
(Milarepa)

“No os entreguéis a vuestra imaginación.”
(Nagarjuna)


“Nuestras huellas llegaron hasta la misma orilla.
Más allá, desaparece todo rastro.”
(Rumi)



Por lo general, llamamos "vida" a la experiencia anímica (del alma) de regreso a su Fuente, a través de un vehículo corporal de obsolescencia programada, por expreso deseo de ésta. Lo eterno desea ser re-encontrado, la Realidad quiere ser conocida. Somos viajeros trasportados en un cuerpo mortal por una angosta senda repleta de claroscuros, cuya meta es la luz, una luz que nos atraviesa y que, extraviados tanto de nuestro destino como de nuestro origen, atravesamos casi sin darnos cuenta. Este grado de auto-conciencia anímica (del alma) es el que verdaderamente nos diferencia.

La calidad (auto-conciencia) del alma se mantiene a través de un denodado esfuerzo de vigilancia sostenida. Lo contrario es alienación, transitar sumido en la ilusoria burbuja de una pseudo-realidad tan distorsionada como aparente que atrapa al alma, cuando sólo el sueño nos permite sobrevolar y escapar de las garras distractoras del sueño. Poner cada cosa en su sitio, desde el centro anímico (del alma) nos torna amables. Amable es aquel que verdaderamente saborea el tránsito entre zombis –profana compaña- porque verdaderamente sabe. ¿Quiénes son, pues, los santos, entre tanto muerto ambulante?


martes, 7 de febrero de 2012

Las arenas de Pancaya

“Totaque thuriferis Panchaia pinguis arenis”
(Virgilio, Geórgicas, Libro II)




Benito Jerónimo Feijoo, en su celebérrima obra[1], dejo constancia de la existencia de una tierra peculiar, en la que crecían y sangraban libres la Boswellia Sacra y el Commiphora Myrrha: la mítica Pancaya.
Como ocurre en cualquier lugar “carente de sitio” real (utopos), esto es, imaginario, no existe un acuerdo unánime sobre su precisa localización. Según nos cuenta el ensayista y polígrafo benedictino, Plinio la sitúa próxima a Heliópolis, Pomponio Mela y Borges en territorio de los inmortales trogloditas, Servio en la Eudaimon Arabia, Diodoro Sículo la describe ínsula del actual y “caliente” mar arábigo, aromática encrucijada de civilizaciones desde hace más de treinta siglos.



Pero el primero que nos dió cuenta de su importancia crucial fue Evémero quien, en los fragmentos que nos han llegado de su “Re-escritura Sagrada”, nos menciona la lápida en la que aparecían escritos los nombres de sus tres primeros reyes fundadores.
Dos grandes portentos fueron los que alumbró esta privilegiada extensión: el Anka, Bennu o Ave Phoenix, símbolo de triunfal renacimiento tras la destrucción, y la primera sonrisa de Balkis, aquella capaz de hacer perder la cabeza y el corazón al mismo Salomón, años más tarde, la sabia y hermosa reina de Shai´ba. No sé a  cual de los dos se ha de otorgar mayor importancia.


Dicen que esta prodigiosa ave instructora renace cada 500 años para enseñar a los hombres el secreto de su inmortalidad, para así librarlos de su humano exilio. Primero a Adan y luego a Set, Enoc, Matusalén, Lamec, Noé, Sem… hasta llegar a Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, David, y su hijo, Salomón. En este rey, justo por sabio, como Noé, se reúnen dos ramas distanciadas de la misma enseñanza ignea: La semítica y la yemení.
Dicen que el grupo que más fielmente aún guarda las enseñanzas del Phoenix es el de los Shabeos, descendientes de la reina de Shai`ba, que en la región esenia conocemos como mandeos, pero que ellos así mismo se denominan nasoreos o nazareos. Ellos fueron quienes acompañaron a Jesús, durante su retiro en las arenas del Mar Muerto, instruyéndole como soberano de los tres reinos[2]. El mismo Bennu fue su examinador y quien le impuso el kirqa, tras las pruebas. Gracias a ellos, conocemos completo uno de los primeros códigos de normativa comunitaria de nuestra especie que aún se conserva, los “doce mandamientos”: Respetar al Maestro interior, proteger la vida, respetar la Salud propia y la ajena, decir verdad sobre lo que se piensa y siente, decir verdad cuando se testifica, moderar los instintos, no servirse de los espíritus extraviados, honrar el cuerpo y respetarlo, no abusar de sustancias sagradas, practicar el desinterés, celebrar la muerte natural, sacrificar los animales ingeridos con el respeto que merecen cuantos donan su vida por otros, proteger así la libertad e independencia de la comunidad.
Quizá habremos de tener en cuenta este código de convivencia que hoy yace casi olvidado bajo las cálidas arenas de Pancaya, sepuntado por los rigores del implacable “cuarto vacío”[3], para volver a empezar. Una tierra nueva donde hombres y mujeres nuevamente libres se organicen social y sexualmente desde la plena igualdad y el respeto mutuo. Una tierra nueva en la que un nuevo cielo tenga al fin un “topos” real. Esa será la heroica tarea de los supervivientes.










[1] Teatro Crítico Universal, Tomo IV, Discurso X, epígrafe VI
[2] Mateo 4, 1-11; Lucas 4, 1-14
[3] Rub al-Jali