jueves, 10 de octubre de 2013

Contaba el abuelo...

“A menudo la senda que desciende
es el mayor atajo para elevarse.”
(Juan Matus a Castaneda)




Según aprendí de Gurdjieff, nadie puede rezar a Dios hasta que, primero, encuentre su propia alma y, luego, Le descubra en ella. Es un asunto de experiencia y certeza. Todos los dioses mentales, mal que le pese a la escolástica tomista no son sino vacuos ídolos. Pensar sobre Dios no puede traer más que desgracias o, peor aún, religiones.

Muy al contrario de lo que solemos (o nos hacen) creer, el ser humano es manejado por sus pensamientos y se encuentra a merced de ellos, ya que gozan de una mayor autonomía que la de cualquier ser vivo. Sólo quién descubre el modo de acallar los pensamientos que, a diario, le poseen y zarandean, descubre en el silencio interior la Palabra encarnada.


Sólo quién se ha ejercitado y adquirido maestría en el dominio de sus anárquicos y tiránicos pensamientos, “voraces inmortales”, ha descubierto, al fin, su facultad divina. Franqueado el puente hacia la vida, nada vuelve a ser como antes. Ni para quien supo franquearlo, ni para nadie.




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