martes, 1 de octubre de 2013

Entertaiment... and beyond


“En aquel tiempo que os tocare transitar
habréis de ser Santos.”
(Levítico 19,2)
 
“No hay cielo, reino o infierno
en el que no resplandezca Su Gloria.”
(Moisés de León, Sefer Harimmon)

 

 

 
 
En la convaleciente Europa relativista, ya sin identidad cultural ni política, el agónico baluarte del Arte Real ya no es ni de lejos una sociedad unitaria, ni en su estructura de múltiples obediencias rivales (6 o 7 redes de logias que aceptan una autoridad común, las cuales, desdiciendo el mito de una “fraternidad” que ya no es sino “complicidad”, andan cada dos por tres a la greña), ni en su polimorfa doctrina, dispersada y confundida en innumerables y variopintos ritos laicos de vigor descafeinado y simbolismo un tanto deslucido, espacios que, a duras penas, alcanzan la categoría de think-tank.

A día de hoy, se mantiene el mismo “pastiche” ideológico que, en siglos pasados, otorgó prevalencia a la burguesía mercantil frente a la aristocracia de sangre: arribistas a la búsqueda de entablar “buenos contactos”, hacer “mejores negocios” y, desde una miopía intelectual y mediocridad cultural hoy tan generalizadas, lograr tocar el ansiado cielo del “stablishment”, sin aportar nada de valor a cambio. Un proyecto, pues, donde todos restan y nadie suma, resulta inviable a corto plazo y rezuma más mezquina modernidad que  “aroma de misterio”.


 
 
Muy por encima de la degenerada sodalidad burguesa de capa caída, la aristocracia económica se organiza desde hace más de medio siglo en sociedades elitistas que son las que deciden el futuro político, económico y cultural global, diseñando y planificando al detalle cómo se establecerán los nuevos equilibrios geopolíticos, cuál será la ubicación de las plantas de producción y las amañadas reglas del juego especulativo y económico, así como las próximas modalidades de “entertainment” a promover. Mientras tanto, por debajo, las ONGs, ocupan la máscara del espacio caritativo de manera igualmente inefectiva, pero que, al carecer de lastres sectarios o prejuicios conspiratorios, resultan mucho más prestigiosa para las masas.

El resultado es que la inercia de los Maestros de Obra influye poco o nada en el orden mundial, pues carecen de iniciativa y les resulta muy complicado tener que superar su propia crisis estructural y de valores, mientras la aristocracia de sangre, mucho más cohesionada, resiste mejor que nunca tras las bambalinas digitales de la deep web, y ha descubierto y testeado las bondades de los indecapitables mercados globales de la mundialización. ¿Quién sabe si, en ese limo actual de inerme desolación, “tinieblas y cenizas”, reverdecerá con ímpetu renovado, la verdadera Acacia, fraternal -por espiritual- de antaño frente al demoledor business? Mucho me temo que los pragmáticos gurús actuales del Club Bilderberg, poco dados al romanticismo, han relegado a la antaño escuela de virtud a un tolerado y distractor “entertainment”.
 
 
 

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