lunes, 4 de junio de 2012

Kanphots ha'arets



”La aurora sujeta la tierra desde su polos
y sacude de ella a los malvados”
(Job 38, 12)
 
“Congregará a sus elegidos dispersos,
desde los confines del orbe”
(Isaías 11, 12)






Quien  aparenta ir por libre, siempre resulta -a ojos de los demás- singular y heterodoxo, y ello pese a que dicha posición es metafísicamente imposible. Cualquier fuerza en el universo está firmemente sometida a un orden intrínseco que la hace prevalecer. Podría decirse que el cosmos visible e invisible, la materia y la energía tanto luminosa como oscura, posee un devenir propio del sometimiento musulmán.

¿Y la libertad? La libertad solo es una posibilidad a la que estamos condenados, una suerte de capacidad de giro necesario, un limitado umbral de necesidad. Nadie es libre de no serlo: ese es el fundamento de la teshubá.

Quienes –de algún modo- sintonizan con el orden que subyace bajo el aparente caos de la existencia, reciben una información supraesencial que no se deja engañar por la dinámica fluctuación de los sentidos. Tienen un acceso privilegiado no al guión, sino a cada posible fotograma de la a película, desechado o no del montaje final. Pueden llegar a anticipar el más leve modificación de cada pixel de la realidad.  Precisamente de ellos nos habla la Cábala.



¿Cómo diferenciar este estado de recepción gratuita del delirio constructivo que caracteriza la mayor parte de las “canalizaciones” actuales. Muy sencillo: su poder predictor. Aquellos sujetos que ocupan los principales quehaceres del cabalista tendrían serios problemas ante la dirección de un casino de juegos, toda vez que hicieran repetidos alardes de su don. Esos sujetos son la prueba, el anhelo largamente perseguido por los afanes de la ciencia y el complejo industrial-militar, valga la redundancia. Son el más codiciado científico perfecto. El objetivo a ordeñar o exterminar.[1] O una quizá una quimera que, por la cuenta que le trae, se niega a existir y prefiere permanecer oculta tras el mundo. Un fiel modelo a imagen y semejanza de lo real, que desea –lejos del hostigamiento y la persecución- permanecer al margen, pero en estrecho contacto con el lenguaje sagrado, la palabra divina, el verbo creador que crea y recrea el universo y cada instante, a cada instante. También ahora, ahora, ahora…

Esta idea del mundo como fractal autoconsciente no es en modo alguno nueva. La compartieron los grandes sabios de la antigüedad, aquellos que se encontraban en el secreto cálculo del mundo: la gnosis. Una vez que participas de dicho cálculo, comprendes como actúa la teúrgia divina, la verdadera Obra de Dios.

Tu vida adquiere así una perspectiva quizá de lo más interesante, o tal vez muy tediosa y aburrida. No sé. ¿Se imaginan lo que tiene que ser la cosa? ¿Se aburre Dios? Va a ser cuestión de preguntárselo a Michel de Notredame.




[1] De ellos y de su peculiar problemática se ocupó la película “Corazones en Atlántida”, basada en la novela de Stephen King (1999) y también la película “P”, basada en el guión de Darren Aronofsky y Sean Gullette, proyectada un año antes.

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